Día del migrante: las luchas de los venezolanos en Arauca

Noticias destacadas de El Mundo

Muchos de los migrantes que han llegado a este departamento fronterizo colombiano cuentan historias de múltiples privaciones. Dificultades para acceder a un techo, a un trabajo y a servicios de salud son el pan de cada día para estas poblaciones.

Antes de que todo esto pasara, el fin de año se celebraba en Venezuela con varios rituales: uvas y lentejas, para la abundancia; ropa interior amarilla, para la suerte; algo de dinero en la mano y, pasada la medianoche, una maleta para dar una vuelta a la manzana y así atraer viajes. Pero los venezolanos ya no celebran el fin de año con maletas: ahora son un símbolo de tristeza y ruptura familiar para los que se han quedado en el país y una dolorosa realidad para los muchos a los que la crisis ha expulsado de Venezuela. 

Dolorosa por dejar atrás familia, casa y trabajo, pero también por el abandono al que se ven expuestos por la hostilidad que reciben en los países de acogida. En Colombia, donde se estima que hay más de 1.6 millones de venezolanos (de los más de 4,7 que han abandonado su país), las necesidades básicas son enormes: comida, agua, protección, acceso adecuado a salud, alojamiento o trabajo. Los que llegan a zonas más rurales en las que todavía arrecia el conflicto, como Arauca o Norte de Santander, con altos índices de pobreza y presencia de grupos armados activos, la ayuda humanitaria es todavía más escasa.

Ver más: La paradoja de los recursos para la migración

Elías* tiene 51 años. Unas gafas oscuras protegen sus ojos, afectados por retinopatía producto de una diabetes que le impide la visión. Llegó a Tame (Arauca) hace quince días con su maleta y con una voluntad: reunirse con sus hijas y poder asegurarse la diálisis que necesita para mantener activos sus riñones. “En Venezuela los exámenes son costosos, todo está dolarizado, faltan insumos, las máquinas no funcionan, se estropean y ya no se reparan, falta el personal médico y el personal técnico”, explica. 

El sistema público de salud en Colombia solo atiende a los venezolanos en caso de emergencia, vacunación o partos, por lo que por esta vía no podrá acceder a su tratamiento. Su única solución, según le han informado en la clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Tame, a donde asiste para un control rutinario, sería solicitar refugio por discapacidad. Y eso va a suponer tiempo. “Por lo menos aquí en MSF me han reconocido y me han dicho que estoy estable”, dice Elías, que fue un comerciante próspero en su país, pero que ahora vive de lo que consigue su hija mayor con la venta de café en las calles de la ciudad. 

La venta ambulante de café, de helados, de frutas; trabajos en el campo o en la construcción; rebuscar en la basura para vender cartón, hierro, vidrio o latas son las escasas y mal retribuidas ocupaciones a las que se dedican buena parte de los venezolanos en Tame. Muchos de ellos viven en la calle porque no tienen dinero para pagar un alojamiento. Cuando consiguen techo, en la mayoría de los casos deben compartirlo con varias familias más para compartir los gastos. 

Ver más: Previniendo la xenofobia y la aporofobia

Aun así, Colombia era la única opción: “En Venezuela mi hija se me iba muriendo de hambre. Entonces yo antes de dejar que a mi niña me le pasara eso, mil veces me la traigo para acá y al menos alguien le da una galletica, para que pueda comer”, dice Juan Marcos*, un joven padre de tres hijos que en Yaracuy era mecánico de baterías y que en Tame recicla en las basuras. Su niña está mejor, aunque ha tenido que llevarla a la clínica de MSF por unos sarpullidos en la piel ocasionados por dormir en la calle. 

La falta de empleo y la necesidad fuerza a muchas mujeres a dedicarse al sexo por supervivencia. Comparado con lo que pueden obtener sus compatriotas, (y lo que pueden enviar a sus familiares en Venezuela), el dinero obtenido es mayor. El impacto en su salud física y mental, también.  Victoria* es de Valencia, tiene 21 años y 2 hijos. La convencieron para dejar Venezuela y dedicarse a la prostitución en Colombia, “me dijeron que aquí se podía vivir bien, comer bien, que podría enviar dinero; pero no supe lo difícil que era esto”, explica.

De su sueldo en La Carrampla  -o zona de tolerancia, con locales de prostitución-  de Saravena, dependían ocho personas en Venezuela: sus padres, sus dos hermanos y cuatro pequeños, entre ellos sus hijos.  Victoria enfermó, “abusan de una, te agarran de los senos, son violentos”. Con fiebre y vómitos pasó de pesar 70 kilos a 45, “ahora me estoy recuperando”. Dejó La Carrampla y de momento no trabaja, vive con su compañero y se angustia porque ya no puede enviar el mismo dinero a su familia. Victoria acudió a MSF por su situación física y ahora está recibiendo atención en salud mental, “por todo lo que he pasado”.

Ver más: La migración venezolana es un problema colombiano

“Uno se pregunta si ayuda más a su familia en Venezuela que viniéndose acá, porque la situación está muy difícil aquí, no hay apenas trabajo”, dice Gregory, de 22 años, cocinero de Barquisimeto. “Aunque en Venezuela la familia apenas comía y eso que yo comía en el restaurante. Pero con tres salarios, ni con eso daba para comer algo más que grano”. Gregory compró su boleto de bus con la liquidación que le dieron en el restaurante. Llega a la clínica móvil de MSF en Saravena con su primo, Carlos, de 16 años. “Estuve muy resfriado y creo que ya ha pasado, pero vine para que me reconocieran, hace mucho que no veo al médico”. 

Ambos están bajos de peso y Carlos un poco anémico, “la preocupación por el trabajo, por todo lo que nos ha pasado”, explica Gregory, y agrega: “al menos aquí hay comida, allá en Venezuela también la hay pero inalcanzable, todo en dólares”. Ahora que se acerca el final del año, ambos recuerdan esas épocas donde toda la familia se reunía alrededor de una mesa repleta de alimentos. “En ese tiempo nos juntábamos 20 o 30, fácil. Ahora, por mucho serán cinco los que se reúnan a celebrar esta navidad”. 

* Alianza informativa con Médicos sin Fronteras

Comparte en redes: