Ecos de la dependencia

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El caso de India sugiere justamente que las brechas de conocimiento y la falta de control sobre los insumos tecnológicos son formas vigentes de dependencia.

Con más de 400,000 nuevos casos y 3,600 muertes en un solo día, y en medio del colapso hospitalario, escasez de oxígeno, fatalidades crecientes entre las personas jóvenes e incontables parques y otros espacios públicos convertidos en crematorios, el desastre humanitario en la India ha sobrepasado las peores pesadillas apocalípticas. El hecho de que la primera ola de contagio pandémico no fue tan grave como muchos temían, considerando el tamaño de la población, su hacinamiento, los niveles de pobreza extrema y la deficiente infraestructura sanitaria y de salud, ambientó un triunfalismo prematuro por parte del gobierno de Modi que se tradujo en oportunismo electoral y laxitud a la hora de adoptar medidas adecuadas de bioseguridad.

La precariedad institucional y la miopía política que están en la raíz de esta tragedia prevenible ofrecen un contraste chocante con el protagonismo global de India en la exportación de medicamentos. Como la tercera industria farmacéutica más grande del mundo en volumen y la onceava en valor, el país satisface 50% de la demanda internacional de vacunas de todo tipo y 20% de la de medicinas genéricas. En el caso específico de la producción de vacunas contra el Covid-19 representa alrededor del 60% de esta, la cual se refleja en sus compromisos con 64 países de bajos recursos inscritos en el programa Covax de la ONU y con Gran Bretaña.

Pese a ser una industria lucrativa que constituye una fuente crucial de recursos y de crecimiento económico, y un símbolo de las aspiraciones de liderazgo de India como estado emergente, el modelo de desarrollo basado en la exportación farmacéutica tiene múltiples lunares. Adicional al más obvio, consistente en la producción local de medicinas esenciales para venderlas globalmente mientras que miles de ciudadanos mueren a diario, la pandemia también ha puesto de presente la extrema dependencia del país frente a China para la materia prima requerida para fabricar los medicamentos. A su vez, la riqueza derivada de las exportaciones no ha sido invertida en la calificación de recurso humano local, ni tiene India capacidad notable en investigación y desarrollo, por más que el monopolio extranjero del mercado nacional se ha visto dramáticamente reducido en décadas recientes.

No en vano, los análisis basados en la idea de la dependencia han vuelto a estar en boga, ya que las asimetrías entre centros y periferias creadas por las lógicas estructurales del capitalismo (neoliberal) se mantienen y hasta se agudizan. Por ejemplo, aunque al inicio de la pandemia se volvió costumbre observar que esta era el “gran nivelador”, la política internacional en torno a la vacunación ha puesto de relieve la extrema vulnerabilidad de los países del Sur. El caso de India sugiere justamente que las brechas de conocimiento y la falta de control sobre los insumos tecnológicos son formas vigentes de dependencia. Más allá de la imposibilidad de domar la pandemia con esfuerzos nacionales aislados y egoístas, ello recalca los costos de la no coordinación en un mundo altamente desigual pero también interconectado. Además del abandono de la misma población cuya industria nacional lidera la producción de vacunas contra el Covid-19, la suspensión del envío de biológicos al exterior impuesta por la crisis tendrá reverberaciones mundiales.

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