Egipto: diez años de la revolución del 25 de enero

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Egipto es uno de los países más importantes de Oriente Medio. Hace diez años iniciaron las protestas populares que derrocaron al expresidente Hosni Mubarak.

El 25 de enero marca el decenio de las protestas populares en Egipto que derrocaron al entonces presidente Hosni Mubarak. El país inició un nuevo capítulo en su extensa y apasionante historia, pero que desafortunadamente presenta hoy un fuerte autoritarismo. Este es el segundo de una serie de textos donde analizamos los escenarios que fueron protagonistas de las revueltas de 2011 en Medio Oriente y norte de África, una era de cambio que continúa vigente.

Egipto es uno de los países de mayor importancia en toda la historia de Oriente Medio y lo que suceda allí es de interés regional. Con el desarrollo de las protestas en Túnez, el pueblo egipcio encontró inspiración para derrocar a Hosni Mubarak, quien había estado en el poder desde 1981 (anteriormente gobernaron Gamal Abdel Nasser y Anuar al-Sadat). Al librarse del “gran faraón”, Egipto dio paso a un proceso de transición política y democrática, sobre la base de las principales consignas del movimiento de protesta: trabajo, libertad y dignidad.

Sin embargo, la historia de Egipto en estos últimos diez años está lejos de ser democrática. Inicialmente, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas liderado por el mariscal Muhammad Tantawi tomó las riendas del país queriendo ser protagonista del proceso de transición, pero gracias a la presión popular tuvo que llamar rápidamente a elecciones populares, con el objetivo de conformar un nuevo gobierno civil. Por primera vez en su historia contemporánea, el pueblo egipcio procedía a elegir libremente a sus líderes.

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El resultado sorprendió a muchos, pues la organización de los Hermanos Musulmanes obtuvo la mitad de los escaños, preparándose para dar el salto ahora a la presidencia. Recordemos que este grupo se fundó en 1928 y tiene profundas raíces en la historia contemporánea de Egipto. Por muchos años fue una asociación política prohibida, aunque siempre desplegó una extensa actividad en la sociedad civil. En esta oportunidad, eligieron la vía electoral que vería sus mejores frutos consiguiendo la presidencia en 2012.

Muhammad Morsi fue el primer presidente elegido de manera democrática en la historia reciente de Egipto y parecía que el país continuaba el rumbo esperanzador; sin embargo, solo pudo gobernar un año tras ser derrocado en 2013 por un golpe militar dirigido por Abdel Fattah al-Sisi, el entonces ministro de Defensa, quien desde 2014 ejerce como presidente. Esto fue como usualmente se dice: “Dormir con el enemigo”.

Dentro de las razones para explicar el fracaso de Morsi, tal vez la más significativa fue apostar por el statu quo (los militares), en una clara falta de lectura de la historia contemporánea egipcia. A ello se suma su falta de carisma, pero, sobre todo, de un proyecto político y económico claro que ayudara al progreso del país. De hecho, la inexperiencia se entendió también por el hecho de que los Hermanos Musulmanes siempre fueron oposición y no estaban preparados para gobernar. Fundamentalmente, Morsi nunca controló las instituciones clave (el llamado Estado profundo).

El Egipto de Abdel Fattah al-Sisi, actual presidente reelegido en 2018, no representa, hasta el momento, la consecución de los pilares de la revolución del 25 de enero. En su lugar, se estableció un sistema autoritario que no acepta disidencia, basado en los militares y el aparato de seguridad. En estos años se procedió a neutralizar cualquier manifestación política de la sociedad civil, donde la vida cotidiana de los ciudadanos está siempre bajo vigilancia. Recordemos que hay una Ley de Protesta que pide un permiso para exigir un derecho en las calles, violando garantías fundamentales internacionales. La represión y el arresto arbitrario a ciudadanos es el diario vivir. No fue casualidad que en algún momento Trump sostuvo que al-Sisi era su “dictador favorito”.

En el 2019 un nuevo foco de protestas populares reforzó la idea de que el país no cambió mucho en todos estos años. Muhammad Ali, un excontratista del Estado, denunció desde el exterior la corrupción del Ejército e hizo un llamado a exigir mejores condiciones económicas para el pueblo. La libra egipcia se encuentra fuertemente devaluada, lo que repercute en el poco poder adquisitivo de los ingresos, y el costo de vida aumentó, al igual que los precios del combustible. En Egipto hay algunos productos subsidiados que funcionan con tarjetas mensuales, pero que también presentan alzas como el azúcar; por eso, el bolsillo de muchos egipcios no da abasto.

Lo anterior a veces se intenta matizar con los recientes proyectos de exploración de gas natural, de la construcción del renovado Museo Nacional de Egipto y de la nueva capital a imagen de las nuevas tecnologías, junto con el aumento en los ingresos del sector turismo (aunque golpeado por el COVID-19). A pesar de ello, no hay duda de que la economía capitalista de Estado de al-Sisi no logra reducir las grandes desigualdades del país.

Hay otros temas preocupantes, especialmente en materia de derechos humanos. En 2016 el caso del homicidio de Giulio Regeni, estudiante italiano de doctorado de la Universidad de Cambridge, impactó a la comunidad internacional. Según el último reporte de la investigación, fue torturado y asesinado por agentes del aparato de seguridad egipcio, por lo que la Fiscalía italiana formuló cargos contra ellos en diciembre de 2020. No podemos perder de vista que este caso, visible por tratarse de un ciudadano europeo, nos obliga a preguntarnos por la suerte de muchos egipcios de a pie de quienes no se suele hablar.

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En materia de política exterior, el cambio más notorio fue caer bajo la influencia y hegemonía regional de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, de quienes se dice que financiaron el golpe militar de 2013. Esto llevó, de hecho, a un gran debate nacional especialmente por el episodio de la intención de ceder las islas Tirán y Sanafir a Arabia Saudí, algo que el pueblo egipcio repudió, demandando respeto a la soberanía. En esta misma línea, se debe entender el apoyo al “Acuerdo del Milenio” propuesto por la pasada administración Trump, en el contexto de una excelente relación de al-Sisi con Israel.

Egipto además interviene en la crisis en Libia, considerando a Jalifa Haftar el gobernante “legítimo” y también en la guerra en Yemen, como si no recordara la historia de su fatídica intervención en aquel país en la década de los 1960 (el Vietnam egipcio). Actualmente hay un gran debate con Etiopía en la cuestión del río Nilo por la construcción de la represa al-Nahda.

Finalmente, hay otros temas internos. El creciente acoso sexual a las mujeres; la tensión desde 2014 con grupos armados en el Sinaí, que esconde también el olvido histórico de esa región; la declaración de los Hermanos Musulmanes como organización terrorista, que más que exitosa, es otro ejemplo del fracaso de la retórica antiterrorista y el debate interno sobre la independencia de la Universidad Al-Azhar. No olvidemos tampoco la paradoja en materia de justicia: Morsi murió en 2019 en cautiverio, mientras que Mubarak murió libre en 2020.

El caso de Egipto es el de una revolución inacabada, pues queda mucho por recorrer de las promesas y el anhelo de cambio que plasmó el histórico 25 de enero. Hace algunos años el intelectual egipcio Anuar Abdel Malek planteó que Egipto es una sociedad militar. Esperemos que esto cambie y el pueblo egipcio logre tener un mejor futuro.

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