Hace parte del “alt-right”, el movimiento de ultraderecha estadounidense

El colombiano que marcha con el Ku Klux Klan

Después de su llegada a EE.UU., Juan Cadavid se fue convirtiendo en Johnny Benítez. Hoy es uno de los latinos que apoyan al presidente Donald Trump.

Tomada de Facebook

“La igualdad es un dios falso”, eso se lee en el blog que Johnny Benítez alimenta en Facebook. Si se sigue buscando en sus redes sociales, no pasa mucho hasta que aparece una mujer blanca cubierta con la bandera de la Unión Europea a la que cinco brazos de piel oscura tratan de desvestir. Sobre esa imagen, aparece la invitación a un evento político en Long Beach, California: “Europa está bajo asedio con un alza de ataques con ácido, bombas, violaciones. ¿Vas a dejar que seamos los próximos?”, reza el aviso.

“He dicho muchas veces que no creo en las ideas supremacistas”, suelta Benítez al otro lado del teléfono. Con 29 años, hace parte del movimiento de extrema derecha alt-right en Estados Unidos, ha organizado eventos para apoyar a “las víctimas de los refugiados y los ilegales” y ve en la figura de Donald Trump algo equiparable a un superhéroe.

Benítez es colombiano.

Juan Cadavid se fue transformando en Johnny Benítez cuando, con dos años, llegó de Bogotá a Estados Unidos. “La única discriminación que he sufrido en este país ha sido por ser conservador”, afirma en español con acento y a pesar de que, en otras oportunidades, les ha dicho a los medios que fue discriminado por la comunidad latina por ser blanco.

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Desde que Trump llegó al poder, las batallas campales entre la izquierda y los grupos de ultraderecha, a los que Benítez pertenece, se han vuelto parte del paisaje estadounidense.

Una de las más sonadas ocurrió en Virginia, cuando las protestas por la remoción de la estatua de un general del bando esclavista en la Guerra Civil Estadounidense llenaron a Charlottesville de disturbios, policías antimotines e incluso produjeron un ataque con carro, del mismo corte del que ocurrió en Las Ramblas de Barcelona, pero esta vez con un supremacista blanco tras del volante.

Benítez ha estado en varios disturbios como esos, el último de ellos en un evento que él mismo organizó el pasado 20 de agosto en Long Beach, pero también en Berkeley, California, donde manifestantes en contra y a favor del presidente Trump dejaron una estela de 11 personas heridas y 21 arrestadas.

“La mayoría de la violencia empieza en la izquierda, eso lo aprendí en Berkeley cuando llegaron con máscaras y botellas de vidrio para atacarnos”, dice el colombiano, que además anunció que interpondrá acciones legales contra Univisión por haberlo asociado con el supremacismo blanco cuando reportó los disturbios del fin de semana pasado.

“Lo que ellos escribieron es una mentira peligrosa, para que a uno lo ataquen, para que a uno lo amenacen y lo silencien. Muchas veces acallan las ideas conservadoras y no dejan que las personas de derecha hablen, mientras los de izquierda sí pueden hablar y hacer amenazas”. Benítez se queja de los fuertes comentarios que ha recibido en las redes sociales, pero es difícil olvidar que, en su lado de los disturbios, suele estar acompañado por miembros del Ku Klux Klan y personas rapadas con esvásticas tatuadas en el cuerpo.

Como Trump, Benítez cree que la culpa es de los medios que, controlados por la élite económica, se encargan de distorsionar la realidad a favor de los ricos y en contra de los trabajadores. Su movimiento, dice, no tiene nada que ver con la raza, pero ¿eso justifica la presencia de personas abiertamente racistas en sus eventos?, ¿se puede tolerar la intolerancia?: “Las voces intolerantes no son muchas, pero son las que los medios prefieren enfocar”, se defiende, pero hay hechos que derrumban su rechazo a la violencia.

El jueves 25 de agosto, Benítez subió a Twitter un video en el que anuncia su renuncia al liderazgo de los alt-knights, una organización creada para ser “el brazo de defensa táctica” de un grupo anti-comunista. “Quiero ayudar a entrenar y desarrollar un grupo de hombres que estén en la capacidad de ir a eventos amenazados por la violencia izquierdista y por alcaldes que fuerzan a la Policía a retirarse”, anunció el colombiano, para quien es claro que los altercados en los que participó en Berkeley y Long Beach se seguirán repitiendo.

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“Jas Shaw era una estrella de fútbol de 17 años, fue acribillada en la puerta de su casa”, dice una voz profunda mientras en pantalla aparece grande la palabra “acribillado”. “¿Su asesino? Un inmigrante ilegal y miembro de una pandilla, que acababa de salir de prisión”.

La propaganda apareció al comienzo de la campaña presidencial de Trump e incluía al padre de Shaw, un joven afroamericano, que aparecía celebrando las propuestas del magnate mientras un letrero que decía: “Trump terminará con la inmigración ilegal” invadía de nuevo la pantalla.

Para muchos, la existencia de personas de ascendencia latina apoyando al presidente que está a favor de las deportaciones masivas y la construcción de un muro en la frontera con México suena descabellado, pero no es poco común. Según las encuestas, un tercio de los hombres latinos en Estados Unidos y un cuarto de las mujeres de la comunidad hispana le dieron su voto a Trump en la carrera por la Presidencia.

Como masajista, Johnny Benítez hace parte de la clase media estadounidense que se siente amenazada por la mano de obra barata que ofrecen los indocumentados.

“La gente negra y los latinos legales son los primeros en perder sus trabajos por la inmigración ilegal”. Ese es el principal argumento de Benítez para decir que su movimiento no tiene motivaciones raciales: “Americano no es una raza, así como ‘colombiano’ ni ‘mexicano’ lo son. Puede haber gente indígena, negra o blanca de todas esas nacionalidades. Lo que nosotros queremos es que las oportunidades se mantengan para los ciudadanos de este país”.

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Aunque hoy Benítez organiza encuentros en los que se conmemora la muerte de personas como el joven futbolista Jas Shaw, o la de Kathryn Steinle, una mujer asesinada en San Francisco por un indocumentado mexicano deportado en cinco ocasiones, Benítez no niega que es un estadounidense naturalizado y que tanto él como sus padres vienen de Colombia.

“Los primeros años de un inmigrante que viene a este país no son fáciles”, admite, y después recuerda la escasez y lo duro que trabajaron sus padres limpiando el piso de librerías para mantenerse a flote y lejos de los auxilios del estado. “Cuando era pequeño, en mi familia no tenían mucha plata y siempre me pregunté por qué existe gente que trabaja tan duro y produce tanto para el país, pero que al mismo tiempo gana tan poco”.

Poner a Estados Unidos primero fue la gran promesa de Trump para que cientos de personas descontentas con su sueldo le dieran su voto.

“El otro día estaba viendo un periódico en el que decían que el pago para quienes trabajan en construcción había subido desde que llegó Trump”, celebra el colombiano, aunque esa es una verdad a medias.

Según datos de PayScale, un portal que mide los salarios en Estados Unidos discriminando ciudades y sectores de la industria, en el país se registra un incremento consistente de los sueldos desde 2015, algo que difícilmente se le puede atribuir a Trump, quien apenas lleva ocho meses en la Presidencia.

Para Benítez, el alza de un poco más del 0,9 % en los sueldos de quienes trabajan en construcción es suficiente para soñar: “Cuando no hay tanto trabajador disponible y no hay tanta desesperación, se tiene que pagar más por el trabajo. Me gustaría que lo mismo pasara en todos los sectores de la economía”.

La ingenuidad, el dogmatismo, o ambos, hacen que Benítez se olvide de que Trump es un multimillonario cuando dice que el objetivo de su movimiento es visibilizar el hecho de que “las políticas que le permiten a la élite darles empleo a los ilegales tienen costos verdaderos y afectan a la gente ordinaria”.

También parece ignorar datos curiosos, como que en el verano de 1980, Trump se metió en líos legales por emplear a seis inmigrantes ilegales en la demolición del edificio que reemplazó con la torre que lleva su nombre en Nueva York.

La historia apareció por primera vez como un arma arrojadiza que el senador Marco Rubio aprovechó contra Trump en las primarias del partido Republicano y después fue recogida por la revista Time.

Trump, quien tuvo que testificar por los hechos en 1990, mucho tiempo después de que los trabajadores polacos lo denunciaron por falta de pago, siempre se ha defendido diciendo que desconocía la situación migratoria de sus empleados, algo que, de cualquier modo, no deja de sumarle otra ironía a toda esta historia.