Muere el último dictador de América Latina, a los 83 años

El fin de Manuel Noriega

El panameño no sobrevivió a una cirugía para remover un tumor benigno del cerebro. Purgaba tres condenas de 20 años cada una.

Manuel Noriega llegó a Panamá en 2011, luego de er extraditado por Francia. Llegó enfermo y acabado. / AFP

Era uno de esos hombres latinoamericanos que parecen de mentiras pero que son de verdad. Tenía una colección de peluches vestidos de paracaidistas, cargaba un machete, vivía en mansiones lujosísimas y ofrecía fiestas en las que la cocaína era la invitada especial. Dicen que tenía dos caras. Estaba la cara que les daba a sus amigos, quienes lo llamaban el Man, y estaba la cara que les daba a sus enemigos, quienes le decían Cara de Piña, porque su rostro estaba marcado por las cicatrices del acné.

Esto, lo de tener dos caras, le fue útil en la política. Una cara le funcionaba con los narcotraficantes en Colombia y con Fidel Castro en Cuba. La otra le funcionaba con las agencias de inteligencia de Estados Unidos. Se portaba bien con los unos y los otros. De ambas relaciones se alimentó su poder dictatorial en Panamá. Les rezaba a Dios y al diablo. Siendo, por supuesto, imposible determinar quién es Dios y quién es el diablo.

Subió al poder tras autoproclamarse general de las Fuerzas Armadas en 1983. Así, gracias a su poderío en la milicia, cumplió uno de los dos sueños que dejó anotados en el anuario para su grado de bachiller. Según The New York Times, Noriega escribió que quería ser psiquiatra y presidente de su país. No le fue bien con lo primero, pero sí logró lo segundo. Aunque nunca tuvo el título, aunque nunca fue presidente de manera nominal, la verdad es que, en la praxis, en Panamá no se movía un dedo sin la aprobación de Noriega.

En 1984 intentó optar por la democracia, pero falló en el intento. Tan pronto empezó a sonar que un partido de oposición ganaría las elecciones, arregló el resultado y nombró a Nicolás Ardito Barletta como presidente. Al año siguiente, Hugo Spadafora, quizás su crítico más vehemente y frentero, fue torturado y asesinado. Cuando los rumores de que Noriega tenía que ver con el crimen alcanzaron la prensa internacional, Barletta anunció que adelantaría una investigación. Noriega lo despidió y nombró a alguien más obediente en su reemplazo. “Estos abusos no molestaron a los políticos estadounidenses”, afirma el diario The Atlantic.

Es cierto. En Estados Unidos seguían viendo a Noriega como una pieza útil en su pelea contra la izquierda en América Latina. Fue su amigo desde siempre, tenía el perfil de un aliado desde niño. Sus papás lo abandonaron y Noriega tuvo que criarse con la madrina. Como no tenía recursos para pagar la carrera de medicina que soñaba, decidió enlistarse en la milicia. Gracias a una beca ingresó a la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde fue reclutado como informante por los servicios de inteligencia de Estados Unidos.

Cuando regresó a Panamá, Noriega estaba más que preparado y ascendió rápidamente. Le sirvió mucho haber permanecido leal al general Ómar Torrijos, quien luego del golpe militar en 1968 lo recompensó nombrándolo jefe del aparato militar de inteligencia G2. Gracias a esto terminó aún más cerca de la CIA. Así, cuando finalmente se sentó en el poder en el 84, Noriega estaba bastante bien respaldado.

Aunque no duró para siempre. En 1987, Roberto Díaz Herrera, exjefe del estado mayor del ejército panameño, dio una entrevista en la que acusaba fuertemente a Noriega de haber planeado un golpe contra Torrijos y lo vinculaba directamente con situaciones que eran un secreto a voces, pero que ahora, con su denuncia, se materializaban para el mundo: el fraude electoral de 1984 y el asesinato y la tortura de Spadafora.

Panamá reaccionó. Después de publicada la entrevista, el país salió a las calles para protestar y exigir la salida de Noriega. Él reaccionó decretando un estado de emergencia que provocó una represión sanguinaria contra los manifestantes. Dada la situación, a Estados Unidos le quedaba muy difícil seguir apoyándolo. Noriega reaccionó mal frente al descontento de sus antiguos aliados y dio la orden de asesinar a un infante de marina que se encontraba en la ciudad de Panamá para diciembre de 1989.

Estados Unidos decidió invadir ese mismo mes. Entraron 24.000 soldados que tenían como objetivo capturar a Noriega. “Hubo caos por dos días, sin ley. Yo estaba muy enojado porque los estadounidenses invadieron Panamá, pero no tomaron ninguna medida para proteger a los civiles en dos días.

(Hasta que) pasó un tanque justo frente a nuestra casa. Era surrealista, casi una película de David Lynch”, contó Enrique Jelenszky, quien entonces era estudiante de derecho y sirvió de traductor entre Noriega y Estados Unidos en la negociación de su entrega.

Noriega fue condenado a 40 años de cárcel en Estados Unidos. Pero no sólo estuvo preso allá. También en Francia, en donde lo requerían para condenarlo por lavado de activos y narcotráfico. En el 2011, el gobierno francés autorizó su regreso a Panamá, en donde lo condenaron a otros 60 años, que evidentemente no alcanzaría a vivir. Ahí estuvo hasta que lo trasladaron a un hospital para ser operado en el cerebro. Tal vez las décadas en prisión, o su conversión a la Iglesia adventista, o el cansancio, o todas las anteriores, hicieron que en el 2015 apareciera en televisión para pedir perdón desde la cárcel. No es la costumbre de los hombres como él.

Al confirmar su muerte, Juan Carlos Varela, actual presidente de Panamá, escribió en su cuenta oficial de Twitter: “Muerte de Manuel A. Noriega cierra un capítulo de nuestra historia; sus hijas y sus familiares merecen un sepelio en paz”.

 

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