Primavera del terror en Estados Unidos

El horror de morir en la iglesia

Un hombre abrió fuego contra los feligreses reunidos en una iglesia rural en Texas y asesinó a 26 personas. En septiembre, Nashville sufrió un ataque en la Iglesia de Cristo de Burnette. Las iglesias en Estados Unidos no escapan del odio.

Texas está de luto por la muerte de 26 personas, en una masacre ocurrida en una iglesia cercana a San Antonio. / AFP

Los estadounidenses tuvieron que ponerle nombre a todo lo que se han visto obligados a vivir en las últimas semanas: “La primavera del terror”, le dicen. (Le puede interesar: ¿Qué hacía un civil con un arma de guerra en Las Vegas?)

Hace un mes, desde la habitación de su hotel, un pensionado de 64 años empezó a disparar contra los asistentes a un concierto de música country. Unas 58 personas murieron y más de 100 resultaron heridas. Fue el ataque masivo más grande de la historia de Estados Unidos después del atentado contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. La semana pasada, en el corazón de Manhattan, sólo a unas cuadras del monumento que conmemora la tragedia del 11 de septiembre, un hombre lanzó una camioneta contra los transeúntes de un carril para bicicletas. Murieron 8. 

A finales de septiembre, un hombre de 25 años de edad disparó contra los asistentes a la eucaristía dominical en la Iglesia de Cristo de Burnette, en Nashville. Asesinó a una mujer, dejó a otras siete personas heridas y después se suicidó. (Lea: Trump dice que con más control de armas habrían muerto "cientos" en Texas)

Y ahora, en Texas, un hombre de 26 años, identificado por las autoridades como Devin Patrick Kelley, se convirtió en el nuevo responsable del horror.

Las 26 víctimas mortales, con edades entre 5 y 72 años, asistían al servicio de l, una localidad rural habitada por unas 400 personas y ubicada 50 kilómetros al sureste de San Antonio.

Kelley se disparó en la cabeza después de cometer la masacre. Las autoridades descartaron motivaciones religiosas o raciales para cometer el atentado. En un comunicado, la Policía aclaraba que “había una serie de problemas domésticos” ligados al crimen.

Sin embargo, las masacres en iglesias en Estados Unidos tienen una connotación que va mucho más allá de las motivaciones personales. Desde el siglo XIX, las iglesias han sido epicentros del dolor. En el siglo pasado se registraron 36 ataques en iglesias afroamericanas. En lo que va del siglo XXI, otras 11 iglesias afroamericanas han sido víctimas de ataques masivos.

En junio de 2015, un hombre que defendía la supremacía blanca entró en la iglesia de Charleston, en Carolina del Sur, y mató a nueve personas. En 2012, un veterano de las Fuerzas Armadas les disparó a seis personas en una iglesia del sijismo, religión fundada en India. Ambos fueron identificados como supremacistas blancos.

Independientemente de la motivación del asesino, el impacto de los ataques masivos en iglesias, es que, como dice Margarita Cadavid, profesora de política internacional y Oriente Medio en la Universidad San Buenaventura, “la gente termina sintiendo que ya no puede estar segura en ninguna parte”.

“La iglesia ha sido concebida históricamente como el lugar donde se supone que se respeta la vida de las personas. La gente se refugiaba allí para protegerse de los conflictos”, agrega Cadavid, quien considera que atacar iglesias siembra una desconfianza particular que, en últimas, refuerza el mensaje que el terrorismo quiere mandarle al mundo.

“Cuando uno se congrega, explica Diego Cediel, profesor de ciencias políticas en la Universidad de la Sabana, sin importar cuál sea la religión, se va a un encuentro con algo trascendente, con algo a lo que uno le ha atribuido un poder divino y sobrenatural. Uno llega ya con una predisposición distinta, distinta a la de un concierto. Uno va prevenido a un concierto, por la multitud, por las características del espacio y el evento. A la iglesia, en especial en la estadounidense, se acude a un encuentro en el que se atribuye fe y agradecimiento”.

Por eso la vulnerabilidad de las víctimas allí es distinta. Dice Emma Green, para The Atlantic, que “los tiroteos en lugares de culto pueden ser particularmente desorientadores tanto para los feligreses como para los miembros de la comunidad: atacar durante la oración es una forma de golpear a las personas en un momento de vulnerabilidad y de explotar la apertura de la que se enorgullecen muchas comunidades”.

Una de las víctimas de la matanza fue una menor de 14 años, Annabelle Pomeroy, la hija de Frank Pomeroy, el pastor de la congregación. Él no pudo asistir al servicio porque estaba de viaje son su esposa Sherri.

Sin embargo, la iglesia sigue siendo el aliento: “Por grande que haya sido la tragedia para nuestra familia, no queremos hacer sombra a las otras vidas perdidas. Ayer perdimos más que a Belle, y una cosa que me da una pizca de consuelo es saber que Belle se encontraba rodeada por la familia de su iglesia”.

“Las iglesias no cierran sus puertas, pero vamos a tener que hacerlo”, dijo Joey Spann, el pastor de la Iglesia de Cristo de Burnette, en Nashville, tras el ataque que sufrió su comunidad.

En Texas, la comunidad se reunió para cantar y rezar después de la masacre. “Es lo que nos queda por hacer ahora”, le dijo una mujer a BBC.

Vuelve y juega: el debate sobre el control de armas

Cada vez que hay un atentado como este se enciende el debate de nunca acabar en Estados Unidos: el control de armas.

En ese país cada estado determina si les exige a sus habitantes licencias de compra y tenencia privada de armas. El registro de transacciones para limitar la circulación ilegal también se maneja localmente.

Estados Unidos tiene el 4,4 % de la población mundial, pero sus ciudadanos poseen el 42 % de las armas de todo el planeta.

Los demócratas, como ya es costumbre, se pronunciaron para advertir que este es un nuevo llamado de atención, que el estado debería aumentar las restricciones frente a la política del control de armas. Pero el presidente Donald Trump, quien hizo campaña de la mano de la Asociación Nacional del Rifle, dio su acostumbrada respuesta durante una rueda de prensa en Tokio, en medio de su gira por Asia: “Tenemos un montón de problemas de salud mental en nuestro país, pero no es una situación imputable a las armas”.

Mientras los partidos y el presidente toman decisiones, sólo en esta primavera, 93 personas han perdido la vida en Estados Unidos en medio de ataques masivos.