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El lado oscuro de Justin Trudeau

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, busca un segundo periodo en el gobierno. Sin embargo, los escándalos y las promesas incumplidas le complican el camino a este líder que se hizo famoso por sus posturas feministas e incluyentes y sus calcetines de Star Wars.

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, se juega su reelección este lunes.AFP

Desde que consiguió el cargo de primer ministro de Canadá en 2015, Justin Trudeau ha conquistado mentes y corazones más allá de las fronteras de su país. Elocuente, joven y simpático, Trudeau llevó al Partido Liberal de una minoritaria presencia en el Parlamento a una poderosa mayoría. Pronto, gracias a su trabajo e intervenciones, este líder fue visto como un faro de luz en Norteamérica a la vez que Donald Trump, un político completamente opuesto a él, llegaba casi al tiempo a ocupar la Casa Blanca en EE.UU.

Su defensa sobre la inclusión, la migración y el multiculturalismo en su nación, a diferencia de las políticas impulsadas en su vecino del sur, lo hicieron popular. Sus discursos sobre feminismo y medio ambiente, mientras lucía calcetines con diseños de personajes de Star Wars en foros y entrevistas, lo perfilaron como un político “moderno”. Sin embargo, toda esa marca política que construyó en cuatro años ahora tambalea, al igual que su gobierno.

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A pocos días de celebrarse las elecciones generales en Canadá, los índices de aprobación de Trudeau estaban incluso más abajo que los de Trump en EE. UU., y ese colapso en su popularidad responde a cuestiones bastante claras para los canadienses. “El primer ministro de Canadá fue visto una vez como mesiánico. Ahora se ha convertido en otro político convencional que lucha por la reelección, plagado de escándalos y culpado de promesas incumplidas”, escribe Charlie Mitchell, periodista canadiense de Foreign Policy.

El pasado 18 de septiembre, a un mes exacto de la cita electoral, la revista Time publicó una fotografía de Trudeau en la que se lo ve maquillado, simulando ser una persona árabe, en una fiesta de su escuela durante 2001. El hecho fue condenado como un acto racista, por lo que el primer ministro tuvo que salir a pedir disculpas reiteradamente. Para un líder que ha defendido a capa y espada la concepción de una nación multicultural esto es un golpe mortal. “¿Cuán en serio puede alguien tomar ahora sus apasionados discursos sobre la diversidad?”, se pregunta el periodista Ian Bremmer en un reciente especial de la revista. Pero, aunque grave, este es quizás el más ligero de sus escándalos, pues, después de todo, se trata de una fotografía de hace casi dos décadas.

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El verdadero dolor de cabeza para Trudeau llegó a finales de febrero, cuando explotó el escándalo de la empresa de ingeniería canadiense SNC-Lavalin. En 2015, las autoridades canadienses acusaron a esta compañía de intentar sobornar a funcionarios en Libia, mientras Muamar el Gadafi estaba en el poder, para asegurarse los contratos gubernamentales.

Según Jody Wilson-Raybould, exministra de Justicia de Trudeau, funcionarios del gobierno la presionaron para otorgarle a la firma un acuerdo fuera de los tribunales para así evitar el colapso de la empresa. Según el periódico canadiense Globe and Mail, Trudeau había hecho un esfuerzo “constante y sostenido” para convencer a Wilson-Raybould de que llevar a la compañía a juicio le costaría empleos a los canadienses y votos a su partido, pues si la empresa se veía afectada, más de 9.000 canadienses de la región de Trudeau quedarían desempleados. Este escándalo condujo a la renuncia de dos de los ministros del gabinete de Trudeau y de su mano derecha, Gerald Butts. Pero también al desplome de su marca política.

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Después de esto, Trudeau no solo vio manchada su imagen de transparencia, sino también sembró dudas sobre su perfil feminista. Su partido, el Partido Liberal, fue acusado de emplear lenguaje tendencioso para denigrar a la ministra de Justicia con frases como “es una mujer con quien es difícil trabajar”. “¿Cuántas veces han escuchado esto las mujeres en sus lugares de trabajo?”, criticó fuertemente Tracey Ramsey, parlamentaria del Nuevo Partido Democrático. Según el comisionado de ética, el primer ministro usó su oficina para “eludir, socavar y tratar de desacreditar” a su ministra de Justicia.

“Si este primer ministro es tan feminista ¿Por qué amordazó a la esxfiscal general?”, apuntó Michelle Rempel, una conservadora del Parlamento. Los conservadores aprovecharon el episodio para tildar a Trudeau como un “falso feminista”. Por otro lado, las mujeres de su gabinete han defendido que este problema no se trató de un asunto de género sino de desacuerdos de gobierno. “Desde cualquier punto de vista objetivo, este es, sin excepción alguna, el gobierno más feminista que ha tenido Canadá”, defiende Kate Bezanson, presidenta de la Facultad de Sociología de la Universidad de Brock.

Si fue un asunto de género, o más un abuso del poder, todavía lo estudian las autoridades. Lo cierto es que este fue el primer punto desestabilizante del gobierno ad-portas de la carrera por quedarse otros cuatro años en el poder, y junto con el escándalo de las fotografías, el primer ministro perdió crédito. El mismo Trudeau, que ha conseguido una equidad salarial mucho más amplia que en EE. UU. ha reconocido que se equivocó y que, en cuanto a la lucha feminista hay muchas cosas por reajustar y espera que hablen más sus acciones que las etiquetas. Pero, volviendo al punto de Mitchell, más que los escándalos son las promesas incumplidas las que en verdad han afectado al gobierno.

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Los canadienses, describe Mitchell, no votaron por un líder o un partido en 2015, sino por una nueva marca política, y ahora, tras cuatro años, esa imagen ya “no encaja con la realidad”, como explica Stéphanie Chouinard, profesora de política de la Universidad de Queen en Ontario. “Las promesas eran tan grandes que me pregunto si no se prepararon para el fracaso. La realidad del gobierno los golpeó bastante duro”, agregó la docente.

Trudeau cautivó a los electores jóvenes con promesas como una reforma electoral, programas más ecológicos y la legalización de la marihuana. Y si bien cumplió esta última, las otras quedaron en el olvido. Aunque remarcó que no acataría sin el consentimiento de las comunidades indígenas estas reclaman que no han sido ni consultadas ni escuchadas sobre la construcción de oleoductos, algo que también enfureció a los ecologistas. Su política exterior ha sido incoherente, según sus opositores, pues mientras denuncia el historial de atentados contra derechos humanos en Arabia Saudita el gobierno canadiense le vende armas al Riad. Pese a a la riqueza del país, muchos canadienses se ven arrinconados por el aumento de la vivienda. Otros no tienen acceso a agua potable. Y mientras Trudeau ostenta una defensa a los migrantes, en su país crece el rechazo a la política de inmigración y al enfoque de una Canadá más abierta.

“Nuestras élites hacen un gran daño a la causa de la inmigración legal cuando minimizan, o incluso ridiculizan, las preocupaciones públicas reales sobre la migración ilegal e irregular”, declaró Jason Kenney, primer ministro de la provincia de Alberta a la Revista Time.

Las elecciones de este lunes serán un examen del primer ministro en Canadá. Una especie de plebiscito sobre su gobierno. Y aunque logre pasar la prueba, sus rivales políticos llegarán pisándole los talones. Se avecinan cuatro años de transformación para el país, donde el Partido Conservador fortalecerá su base electoral. “La historia de amor de Canadá con Justin Trudeau ha terminado. Habiendo sobreprometido y poco entregado, solo tiene la culpa de sí mismo”, concluye Mitchell.

 

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Camilo Gómez Forero / @camilogomez8

El Mundo

El lado oscuro de Justin Trudeau

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