500 AÑOS DE LA REFORMA PROTESTANTE

El objetivo de construir lazos de paz

La vida y la obra de Martín Lutero constituyen un tributo a la paz. Breve recorrido por el mundo cristiano y la reconciliación.

El 30 de octubre de 2016, los líderes de las iglesias cristianas iniciaron la celebración de los 500 años de la Reforma protestante, enmarcada en la búsqueda de la paz definitiva para Colombia. / El Medio Comunica

A lo largo de cinco siglos de existencia de las iglesias cristianas derivadas de la reforma emprendida por Martín Lutero hace 500 años, sus intérpretes bíblicos han identificado la búsqueda de la paz como una de las principales misiones. Para el creyente protestante cristiano, la paz debe ser uno de sus objetivos, a partir de la convicción de que el creador es un Dios de paz, que su hijo Jesucristo es príncipe de la paz y que todo ser humano recibe el mandato de vivir en paz con Dios, consigo mismo, sus semejantes y la naturaleza. (Puede ver nuestro especial de los 500 años de la Reforma protestante aquí)

Los historiadores de la Reforma protestante y los biógrafos de su iniciador, Martín Lutero, coinciden en destacar su visión pacificadora en todos los momentos de su obra histórica. Incluso, durante la violenta rebelión del campesinado del siglo XV, su célebre “Exhortación a la paz”, tratada por los teólogos desde una perspectiva religiosa y de obediencia a la palabra, es una genuina prédica por la paz. Aún así, no son muchas las referencias al papel protagónico del protestantismo en la creación de paz, pero todas las que se puedan resaltar son esclarecedoras.

Juan Sebastián Rodríguez, copastor del Centro Mundial de Avivamiento y director del Avivamiento Faith College, ratifica que Martín Lutero fijó su pensamiento sobre la paz cuando intervino para que cesara el levantamiento campesino contra los príncipes alemanes. Y añade que en su exhortación hizo notar que la “lucha por la liberación de los oprimidos no se logra con guerras sino a través de la liberación evangélica, la esperanza en el verdadero reino, que nada tiene que ver con coyunturas sociales, económicas o políticas”.

En el mismo sentido reflexiona Pedro Stucky, pastor de la Iglesia menonita de Bogotá, quien destaca que al protestante lo anima el espíritu pacifista y recuerda a los anabaptistas, precursores de los menonitas, quienes “usaron la Biblia como única arma contra sus perseguidores en Suiza y otros países”. Entre los anabaptistas —llamados así porque sostenían que el bautismo debía practicarse a los adultos y no a los niños—, también hubo mártires, pero se impuso la paz y entre oponentes terminaron bautizándose mutuamente.

Muchos conflictos bélicos en Europa tuvieron como protagonistas a los protestantes, en guerras que dejaron profundas heridas y miles de muertos, pero que finalizaron en pactos o edictos, como la Paz de Augsburgo, promulgada por Francisco I para que los príncipes protestantes profesaran su fe en territorios de su gobierno; la Paz de Varsovia, que declaró igualdad de derechos para todas las expresiones de fe en Polonia y Lituania; el Edicto de Nantes, que otorgó igualdad de derechos a los protestantes en Francia, o la Paz de Westfalia, que puso fin a la cruenta Guerra de los Treinta Años.

En tiempos recientes, no puede olvidarse el papel cumplido por el protestantismo en la solución de guerras civiles como la de Irlanda del Norte, con el Acuerdo de Belfast, que puso fin a casi un siglo de violencia del Ejército Republicano Irlandés (IRA). En años finales del siglo XX, fue notoria la participación de las iglesias derivadas de la Reforma protestante en la búsqueda y la obtención de la paz en diversos conflictos armados de Centroamérica, especialmente los desarrollados en El Salvador y Guatemala.

Una cronología histórica que también pasa por Colombia, donde las iglesias evangélicas siempre han estado activas para la paz, a pesar de haber sido víctimas de la violencia extendida que ha flagelado a la sociedad. En particular, las iglesias menonita y presbiteriana han acompañado a poblaciones que han sufrido la acción de guerrillas y grupos paramilitares. Los menonitas, que llegaron a Colombia en 1947, fundaron un colegio cuyos padres, enfermos de lepra, establecieron varias comunidades de fe y amor.

Fieles al principio de la no violencia, fueron los primeros en promover objeción de conciencia al servicio militar obligatorio, logrando que este principio fuera incluido en la Constitución de 1991. “A comienzos de la década de los años 90 comenzamos a abogar por la no violencia como estrategia de cambio, y así nació el Centro de Justicia, Paz y Acción No Violenta Justapaz, ahora encargado de capacitar, con expertos nacionales e internacionales, en transformación de conflictos”, como resalta el pastor Peter Stucky.

Los menonitas promovieron la creación de una comisión de paz en el Consejo Evangélico, que hoy agrupa a la mayoría de iglesias protestantes en el país. A finales de los años 90 también contribuyeron a integrar la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz y una red de conciliadores en equidad para los municipios. A través de la Fundación Menonita para el Desarrollo se ha prestado ayuda a múltiples víctimas del conflicto armado y, en alianza con iglesias hermanas de Canadá, se ha brindado asilo a perseguidos por la violencia.

En Arauca y la región Caribe nacieron Comisiones Ciudadanas de Reconciliación y Paz en las que participan empresarios, miembros de la comunidad y representantes gubernamentales. También, desde Justapaz se está trabajando hoy el proyecto de Iglesias Santuarios de Paz (ISP) con diferentes denominaciones religiosas en varias zonas del país, con el fin de tomar conciencia de que la Iglesia es básicamente la promoción de un pueblo de paz, con un mensaje claro de reconciliación desde la fe.

En el acuerdo de paz entre Gobierno y Farc, la contribución de las iglesias protestantes se expresó en la presencia de varios de sus líderes en La Habana. Sus propuestas fueron incluidas en los acuerdos y sus observaciones a los textos finales también fueron acogidas. Gloria Ulloa, presidenta para América Latina del Consejo Mundial de Iglesias, resume: “En la comunidad cristiana tenemos responsabilidad ética y moral de contribuir a la reconciliación. Si cambiamos la manera de pensar desde los pequeños, podremos lograr adultos que aporten a la construcción de paz”.

* Periodista y licenciado en teología.

*Trabajo conjunto con El Medio Comunica