El rapto

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Se cuenta de Cirilo que nunca pudo tolerar el que la sabiduría de una mujer pusiera en duda la doctrina y costumbres del patriarcado de la ciudad de Alejandría.

En el 415 AD habría incitado a la chusma y los guardianes de la ley para asegurar la ruina de Hipatia. Obedeciendo las órdenes de aquellos patriarcas, los guardianes y la chusma raptaron a Hipatia mientras daba un discurso acusándola de pervertir las costumbres al no haberse acostado con hombre alguno y de ser una bruja, como suele convenir en dichas ocasiones.

Los guardianes de la ley y los cristianos arrastraron a Hipatia hasta el Cesáreo. Allí la desnudaron y golpearon hasta matarla. No fueron pocas las personas de bien que permanecieron indiferentes mientras los triunfantes asesinos paseaban sus restos por toda la ciudad, enfrentando de manera violenta a quienes protestaron. Muerte por lapidación sin Jesús a la vista para evitarlo. Dicen que Hipatia murió recitando una ecuación de la Aritmética de Diofanto o un verso del Avesta Zoroastro.

El exaltado obispo Juan estimó que los hechos eran una respuesta justificada a las provocaciones de una mujer cuyos discursos habrían sembrado la semilla del disenso entre los ciudadanos. ¿Comparo a la alcaldesa de Bogotá con Hipatia? ¿Por qué no? Sin embargo, quizás sea mas preciso hablar del rapto de Colombia por un grupo de patriarcas con poder e influencia entre ciertas clases medias y altas.

Fueron éstas quienes eligieron con su voto a aquellos. Así nos lo recordaba esta semana la escritora Carolina Sanín cuando a la manera del historiador bizantino Juan Malalas culpaba también a la naturaleza de los habitantes del país, violentos y acostumbrados a toda licencia. Pero tiene razón Erna von der Walde: "el pueblo no es responsable del abuso de autoridad de las instituciones que deben velar por su seguridad.

El voto no es la firma de un contrato lleno de anexos en el que la gente suscriba estos actos (…) Pero, sobre todo, no podemos ayudarle al estado a evadir su responsabilidad. Esto es responsabilidad de Claudia López, del Ministro de Defensa y del presidente y no del vecino que se ha tragado todas las mentiras que le llegan por los medios masivos, ni del taxista que vota al que diga Uribe, ni de la señora de la plaza de mercado a la que la guerrilla le mató un hermano y vota porque ella no va a dejar que un maldito guerrillero entre al senado".

Medios e instituciones internacionales han condenado enfáticamente el abuso de las autoridades que dieron a López un golpe local de estado. Pero las acciones del ministro Holmes, la dirección policial y el presidente se explican a la sombra histórica de los que con el tiempo engendraron a los policías de la Orpenplatz en Berlín, a Serrano Suñer en la España de Franco y a Augusto José de Chile. Todos ellos repiten a las autoridades de Alejandría.

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