El riesgo de los fenómenos políticos extremistas

El repulsivo manifiesto del terrorista

El autor de las masacres en dos mezquitas de Nueva Zelanda escribió un manifiesto en donde destila odio hacia los inmigrantes. Se declara racista y admirador de Donald Trump.

Brenton Tarrant, quien ayer mató a 49 personas en dos mezquitas de Nueva Zelanda. / AFP
Brenton Tarrant, quien ayer mató a 49 personas en dos mezquitas de Nueva Zelanda.AFP

La última vez que la apacible ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, fue noticia mundial fue en 2011, cuando quedó devastada por un poderoso terremoto que mató a 185 personas. Este viernes volvió a las primeras planas por cuenta del terrorismo.

Brenton Tarrant, australiano de 30 años, acabó con la vida de al menos 49 personas e hirió a casi medio centenar al abrir fuego contra musulmanes en dos mezquitas de la ciudad. Entre las víctimas, 41 fueron abatidas en la mezquita de Al Nur, otras siete fallecieron tiroteadas en la del suburbio de Linwood y una más murió en el hospital.

“Está claro que esto solo puede ser descrito como un ataque terrorista. Por lo que sabemos, parece haber sido bien planeado”, dijo la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern. Por suparte, el primer ministro de Australia, Scott Morrison, identificó al atacante como un “terrorista extremista de derecha”.

Tarrant planeó las masacres durante dos años, según explica en su ideario publicado en internet, un documento de 74 páginas cargado de odio contra los inmigrantes y admiración a figuras que lucharon contra los musulmanes. El terrorista preparó la retransmisión en directo de su acción -que grabó durante 17 minutos con una cámara que portaba en un casco-. Curiosamente las razones del terrorista de Christchurch para justificar la matanza de musulmanes son muy parecidas a las de los yihadistas que han realizado ataques terroristas similares.

¿Terrorismo de derecha o de izquierda? De acuerdo con expertos, los terroristas en todas las ideologías y décadas se presentan de igual forma: como defensores de sus grupos de identidad y como perseguidos que necesitan protección.

Tarrant, admirador de Trump como símbolo “renovador de la identidad blanca”, seguidor de supremacistas blancos como Anders Breivik, quien mató a más de 70 personas en Noruega en 2011, y Dylann Roof, quien mató a tiros a nueve fieles en una iglesia de Charleston, Carolina del Sur, en 2015, copia los argumentos de los terroristas del Estado Islámico en su matanza de musulmanes: “Lo considero una acción guerrillera contra una fuerza de ocupación”.

La primera ministra neozelandesa reconoció que algunas de las víctimas podrían ser inmigrantes y refugiados que se habían beneficiado del asilo concedido por esta nación oceánica. Según las autoridades, Nueva Zelanda acoge a unos 750 refugiados cada año, la mayoría de origen afgano, iraquí, paquistaní y sirio. En los últimos años ha recibido migrantes de otros países musulmanes de Asia. Le puede interesar: ¿Quién es Brenton Tarrant, el asesino que perpetró la masacre en Nueva Zelanda?

António Guterres, secretario general de la ONU, reiteró “la urgencia de trabajar mejor juntos a escala global para responder a la islamofobia y eliminar la intolerancia y el extremismo violento en todas sus formas”. Y es que los discursos de odio de la extrema derecha convirtieron el fenómeno migratorio en una amenaza de islamización, según recoge la Europol en su último informe.

El Ministerio del Interior alemán estima que cada día se producen diez ataques en centros de acogida a refugiados en el país. Lo mismo ocurre en Francia, donde se han registrado más de 400 ataques contra musulmanes en el último año. En el Reino Unido, alerta Europol, desde 2016, año de la votación del brexit, se incrementaron en 41 % los delitos por motivos religiosos o raciales.

Un artículo de la Universidad de Pensilvania, publicado por la revista Confidencial, señala el peligroso papel de líderes políticos como la ultraderechista francesa Marine Le Pen o el exremista holandés Geert Wilders o el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, quien dijo que “el islam no tiene sitio en Eslovaquia”.

Sin embargo, Trump negó ayer que el supremacismo blanco sea una amenaza importante. “En realidad no. Creo que se trata de un pequeño grupo de personas”, dijo el mandatario. 

Manifiesto de odio y venganza

El documento publicado por Tarrant es un claro manifiesto xenófobo y fascista, asociado con la “supremacía blanca” y con ideologías extremistas, enemigas de la migración, usadas en ocasiones por políticos de extrema derecha. Tarrant escribe que su finalidad con el ataque era “tomar venganza por las miles de vidas europeas perdidas tras los ataques terroristas (cometidos por musulmanes) en Europa”. También advierte que quería “reducir directamente las cifras de migración a tierras europeas intimidando, y físicamente removiendo, a los invasores”. Además, quería “incitar a la violencia y las represalias, así como una mayor división entre los europeos y los invasores”.

El atacante dejó ver sus posiciones sobre la política actual. Confeso admirador de Trump, aclaró que no defiende al presidente estadounidense como político y líder, pero que comparten los mismos propósitos. También defendió la salida del Reino Unido de la Unión Europea, pues para él no se trataba de un aspecto económico, sino una “respuesta de los británicos a la migración masiva, el desplazamiento cultural y el globalismo”. Por último, echó pullas al derechista Frente Nacional francés de Le Pen, pues considera que, pese a sus insinuaciones nacionalistas, “son incapaces de crear un cambio real para salvar Francia”. El debate ahora es si los nuevos discursos políticos radicales pueden desencadenar tiroteos como el ocurrido el viernes. Lea también: El mundo condena el atentado contra mezquitas en Nueva Zelanda

Armas en Nueva Zelanda

El ataque en Christchurch puso de nuevo en discusión las leyes sobre porte de armas en Nueva Zelanda, cuya legislación es considerada mucho más flexible que la de otros países occidentales, a excepción de Estados Unidos. En el país no se requiere un registro sobre las armas, así que las autoridades no conocen cuántas se portan de manera legal o ilegal en el país.

Se estima que la cifra asciende a 1,2 millones, lo que daría un promedio de un arma por cada tres personas en el país. Aunque se ha intentado una reforma, el gobierno se ha abstenido de cambiar la legislación por “intereses especiales de grupos que lo han impedido”, dice Philip Alpers, director de la organización Gun Policy, que vigila las leyes de control de armas de fuego y es apoyada por la Universidad de Sídney.

Y aunque las armas “son raramente usadas en la forma en la que son empleadas en Estados Unidos”, el tiroteo reclama para muchos una urgente reforma sobre la legislación.

En este país los policías no suelen portar armas de fuego a menos de que reciban una orden superior, mientras que los oficiales de protección diplomática y las autoridades del aeropuerto sí están armados, el resto de las unidades solo cargan espray pimienta y armas de electrochoque.

Por años, la Asociación de Policía ha declarado que el porte de armas de fuego es necesario e inevitable, y ha cabildeado para que se apruebe esta medida.

“En Nueva Zelanda el lobby de armas se ha fortalecido y ha dominado el asesoramiento de políticas a la policía y al gobierno”, agrega Alpers.

A Nueva Zelanda no la había tocado el terrorismo. Ni siquiera en la época más amenazante del Estado Islámico. La masacre de Aramoana, en 1990, cuando 13 personas resultaron muertas, fue resultado de una pelea entre vecinos.

Ellen Hunt, neozelandesa editora de The Guardian, escribió que en su país la islamofobia no es la norma. “Pero en la era de internet esas tensiones de odio se están reforzando. Como nación, tal vez hemos tardado en despertar a eso. Hoy lo hicimos de la manera más horrible posible”.