Fallecidos en marchas son menores de 30 años

El rostro de la muerte en Venezuela

Aumenta el número de jóvenes caídos en las calles del país: ayer fue un adolescente de 15 años. “Bájenle dos al puto heroísmo”, pide una madre venezolana. Maduro desplegó militares en Táchira ante la ola violenta.

Chicos con el pecho abierto, chicos atropellados, chica con la cabeza aplastada. Hoy, otros dos en Venezuela. No son simplemente más nombres que engrosan la lista, no son héroes que se suman a la causa. Es el sol que se apaga para quienes los criaron y sostuvieron en el mundo, quienes les forraban los cuadernos y los llevaban cada día al colegio y tal vez, todavía ayer, les prepararon el desayuno. Es un agujero negro sin fondo y sin consuelo, para siempre jamás. Soy madre, y sin pensar, sé que preferiría que me maten a mí. “Por favor, ódienme si quieren, pero bájenle dos al puto heroísmo”, expresa públicamente la escritora polaco-venezolana Krina Ber, quien se niega a aceptar esta dura realidad que deja como víctima a los jóvenes, pero sobretodo, a sus familias.

¿A quiénes dejan los que mueren en las calles? A Richard Jiménez, por ejemplo, le mataron dos amigos: a su compañero de la universidad Juan Pablo Pernalette (20 años) y a su “hermano del alma”, Armando Cañizales (17 años), quien formaba parte del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela, y el causante de que el director Gustavo Dudamel finalmente rompiera el silencio con una carta titulada “Ya basta”. Durante años, Dudamel fue acusado de "chavista" o "tibio" por algunos sectores de oposición, críticas que se multiplicaron recientmente cuando pidió a los líderes politicos a buscar una salida a la crisis.

Por eso su carta fue contundente: "Levanto mi voz en contra de la violencia y la represión. Nada puede justificar el derramamiento de sangre. Ya basta de desatender el justo clamor de un pueblo sofocado por una intolerable crisis", escribió el actual director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

Según un registro extraoficial realizado por Runrun.es, hasta el 16 de mayo, han muerto 54 personas durante las protestas que iniciaron el 1 de abril. Estos jóvenes, en su mayoría menores de 30 años, son considerados por el grueso de la oposición como héroes de la patria, mártires soñadores, ídolos o catalizadores. Todos lo que han perdido a alguien en las manifestaciones coinciden en que son inocentes que murieron por salir a la calle a gritar sus inconformidades. Según las cifras oficiales de la Fiscalía, van 42 muertes durante las protestas.

“Armando era mi amigo, se la pasaba en mi casa, recogíamos los mangos que había en la azotea. El 3 de mayo no salí a marchar con él, estaba de reposo por una fuerte alergia que me produjeron los gases lacrimógenos. Cuando me dieron la noticia, me atacó una impotencia indescriptible. Era innecesario, inhumano lo que le había pasado. Armando murió por la detonación de un proyectil en la tráquea”, condenó Richard Jiménez, quien expresó que el vacío que deja su amigo es infinito, principalmente para las familias que quedan destruidas. “No es que murió por razones naturales, murió porque lo quisieron eliminar”, agregó.

Volvimos a los tiempos de las tragedias griegas, a las epopeyas que describen a la tierra como un campo de batalla en donde mueren héroes cuyas virtudes propias, características de todos los guerreros, alcanzan su máxima expresión cuando el honor, que vale más que la vida, lo llevan a cumplir su ideal: una vida corta y una muerte venerable.

El profesor Nelson Agelvis, de la Universidad Católica Andrés Bello, explica que los estudiantes que salen a marchar son jóvenes que han crecido toda su vida en un régimen chavista, que no conocen lo que era una Venezuela de paz y abundancia, pero oyeron cuentos de que alguna vez fue así, y comenzaron a soñar, y a luchar porque ese país del que sus padres y abuelos hablan, que le fue robado a esta generación, pudiera hacerse realidad para ellos también. “Su causa es un futuro parecido al pasado que ellos no vivieron. Luchan por algo que no conocen, pero lo sueñan. Luchan por un sueño”.

Las calles son un barómetro para saber cómo está la vida de las personas, en Venezuela los principales indicadores son: el incremento de las familias enteras que salen a comer de la basura, la inseguridad alcanzando niveles históricos, la inflación imparable producto de una moneda devaluada, la escasez de medicamentos, el éxodo masivo de venezolanos, las familias separadas, la corrupción que ha comprometido las riquezas naturales del país y por último, y quizás más determinante, las recientes muertes violentas en las manifestaciones.

“Los padres nunca deberían enterrar a sus hijos”, expresa Armando Nori, joven activista quien era afecto a Miguel Castillo, estudiante de la Universidad Santa María que fue asesinado a principios de mayo por la Guardia Nacional Bolivariana. A pesar de la represión, la gente ha perdido el miedo y está dispuesta a honrar a sus muertos, afirma Nori.

Para evitar que el enemigo se acerque, la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) bloquean la vía y dan inicio a la represión por medio de perdigones, metras, esferas de metal y bombas lacrimógenos que impactan a la población civil. Según Nori, en 10 minutos pueden llegar a lanzar unas 100 bombas lacrimógenas y en una sola jornada detonar más 1.000, lo que deja un saldo de hasta 200 heridos por marcha. La gente que “frentea”, mejor conocidos como “los muchachos de la resistencia”, son los que protegen a los demás de las bombas, sea regresándolas, deteniéndolas o atacando a las tanquetas.

De estos enfrentamientos salen los principales muertos y heridos con fracturas, hematomas y hemorragias internas. Otro aspecto a considerar es que el Gobierno cuenta con colectivos armados que lo respaldan, paramilitares que forman un anillo de seguridad que rodea a la GNB y a la PNB cuando éstas son superadas. Son una fuerza sin control que se les va de las manos. Cuando la manifestación se disipa, es quizás la parte más peligrosa porque los militares se quedan custodiando la zona.

“Venezuela está azotada por un grupo de hampones que se mantienen en el poder a punta de violencia. Los que cayeron no lo hicieron en vano, tienen un valor en la historia y dejan una herida en la sociedad. Cada muerte, sin importar de donde venga, es una tragedia para el país. Los derechos no son negociables, y nadie debería perder la vida defendiéndolos”, fundamenta Nori, quien seguirá marchando por aquellos que no conocieron la libertad, pero han dado su vida por ella.

Los que mueren son mártires, porque lucharon hasta el final en un acto de valentía, están ayudando a derrocar, como me gusta decirlo, a la última dictadura del siglo XXI en Venezuela, señaló Nori.

Por otro lado, para Richard Jiménez los muertos son catalizadores que trascenderán a héroes cuando se logre un objetivo. “Cada uno de los caídos nos recuerdan que hay que seguir en la calle”.

Como dice la canción de Alí Primera, un militante comunista venezolano, cuya música fue tomada por Chávez para su causa: “Quienes mueren por la vida, no pueden llamarse muertos y a partir de este momento es prohibido llorarlos”.