Tormenta diplomática entre Donald Trump y Dinamarca

El último intento de EE. UU. por comprar Groenlandia

Decirle no al actual presidente estadounidense puede convertirse en un error de magnitudes mayores. Trump (al igual que otros antecesores) propuso comprar la región danesa, pero fue rechazado. ¿Qué tiene este lugar que le interesa tanto a Washington?

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, le dijo a Trump que su propuesta de comprar Groenlandia era “absurda”.  / AFP
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, le dijo a Trump que su propuesta de comprar Groenlandia era “absurda”. AFP

Lo que empezó como un rumor dentro de la Casa Blanca terminó con un desplante de Donald Trump al gobierno de Dinamarca. Cuando se conoció que el mandatario estadounidense tenía intenciones de comprarle Groenlandia al país europeo la mayoría pensó que se trataba de un disparate. Primer error, teniendo en cuenta la persona en cuestión. De hecho, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, aseguró que la idea era “absurda”. Segundo error, pues fue precisamente ese calificativo el que desató la ruptura de la reunión que tenían programada ambos países a principios de septiembre y cuyos efectos secundarios todavía son una incógnita.

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Para Trump, quien ha sido criticado numerosas veces por su fuerte retórica en Twitter, el comentario de Frederiksen transgredió los límites del respeto. “Creo que el comunicado de la primera ministra es repugnante. Ella podría haber dicho: ‘no, preferimos no hacerlo’”, publicó a primera hora de ayer. Luego, agregó: “La primera ministra fue capaz de ahorrarnos una gran cantidad de gastos y esfuerzos tanto para Estados Unidos como para Dinamarca al ser tan directa. ¡Se lo agradezco y espero reprogramar el encuentro en algún momento en el futuro!”.

 

 

Acto seguido, la mandataria se desmarcó de la ofensiva y restó importancia a sus palabras al señalar que, aunque le sorprendió la decisión de Trump, no hay que especular sobre una posible crisis bilateral. Además, recordó que Estados Unidos es uno de los países con los que Dinamarca mantiene un vínculo estrecho y que es su “aliado más importante en política de seguridad”.

 
 

El hecho inevitablemente recuerda al que se vivió a finales de julio, cuando el presidente estadounidense llamó al primer ministro sueco, Stefan Löfven, para que sacara a A$AP Rocky, un rapero neoyorquino de treinta años con antecedentes penales por violencia y tráfico de drogas, de su detención en Suecia. Una vez más, quedaba en evidencia no solo que poco o nada conoce de diplomacia tradicional, sino que en materia de política exterior (y local) Trump cree que puede hacer prácticamente lo que se le venga en gana y que, de ser rechazado, puede poner a temblar al mundo entero. Casos como estos también se han visto en países como Taiwán, China, Israel, Irán y Corea del Norte.

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Ahora, el gesto que tuvo con Dinamarca, minimizado y maniobrado estratégicamente por el oficialismo, que juega la carta nacionalista al acusar a este país de “tratar mal al pueblo estadounidense”, cayó de manera muy diferente en otras esferas de la política danesa. La socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt, exprimera ministra entre 2011 y 2015, aseguró que era una “broma y de un acto profundamente ofensivo”, mientras el liberal Anders Fogh Rasmussen, exprimer ministro entre 2001 y 2009, tildó la discusión de inútil y de revés para las relaciones diplomáticas.

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El actual líder de la oposición y exmandatario Lars Løkke Rasmussen también lanzó ataques y consideró que la decisión de Trump es una vergüenza y resaltó la necesidad de reconstruir las relaciones bilaterales. “Señor presidente, ha decidido aplazar su visita a Dinamarca, ¿por qué no cancelarla? Estamos ocupados con otras cosas”, afirmó Søren Espersen, vicepresidente del Partido Popular Danés, que representa la tercera fuerza parlamentaria.

Pero resulta que Trump no sería el primer presidente estadounidense en tratar de comprar Groenlandia. Andrew Johnson lo intentó en 1867 y, según el Washington Post, Harry Truman, mandatario entre 1945 y 1953, ofreció 100 millones de dólares a Dinamarca por la isla una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.

 
Casas de la villa de Upernavik, al oeste de Groenlandia. / Foto: EFE

 

¿Por qué EE. UU. quiere esa isla?

Groenlandia es una gigantesca isla ubicada en América del Norte, al noreste de Canadá. Es la isla más grande del mundo, con un territorio de 2,1 millones de kilómetros cuadrados -más grande que la superficie de México-. El 75% de la superficie se encuentra cubierta con una franja de hielo de tres kilómetros de grosor. Esa capa podría albergar cerca del 10% de las reservas de agua dulce del planeta.

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Ilulissat icefjord, fiordo helado al oeste de Groenlandia declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2004. / Foto: EFE

La isla también es rica en recursos naturales como gas, oro, diamante, uranio, zinc, plomo y petróleo, cuyas reservas, se especula, podrían equivaler a la mitad de las de Arabia Saudita. Pero no es lo único. Los ojos de Trump en ese pedazo de hielo revelan el interés estratégico y las luchas de poder por el Ártico, motivo de disputa con sus eternos rivales: China (que ya tiene en Groenlandia una licencia para una mina de tierras raras) y Rusia.

Estados Unidos también tiene su parte. En 1941, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, ocupó la isla para evitar una posible invasión nazi después de que los alemanes llegaron a Dinamarca, y se quedó hasta 1945. Seis años más tarde, en 1951, EE. UU. y Groenlandia firmaron un acuerdo militar que no sólo posibilitó la construcción de la estratégica Base Aérea norteamericana de Thule (que permanece allí), sino que también se determinó que el país podría edificar más bases en ese territorio. En esta medida, la isla es un indudable atractivo para los intereses de seguridad nacional y de influencia militar norteamericana.

 
Base Aérea norteamericana Thule en Groenlandia. / Foto: EFE

Groenlandia es actualmente uno de los dos territorios autónomos de ultramar del Reino de Dinamarca, que la colonizó en el siglo XVIII y la mantuvo como colonia hasta 1953. En 1979 la isla asumió el estatuto de “territorio autónomo” y desde 2009, tras un referendo que contó con el apoyo de tres cuartos de la población, maneja todas las competencias (como el derecho a la autodeterminación y el control de su subsuelo) excepto política exterior, defensa y política monetaria. Por eso, la compra por parte de EE. UU. fue vista para muchos como una pérdida de autonomía de los groenlandeses y una posible militarización de sus tierras.

Y es que, pese a su gran extensión, Groenlandia es hogar de tan solo 57.000 habitantes, en su mayoría de la etnia inuit, esquimales de baja estatura, constitución robusta, ojos rasgados y pestañas pesadas que se protegen del resplandor del sol sobre el hielo. Sus extremas condiciones climáticas (con temperaturas mínimas de hasta -40° en algunas regiones) hicieron que otras comunidades, incapaces de adaptarse, desaparecieran a lo largo de la historia.

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Este gran bloque de hielo se enfrenta a los devastadores impactos del cambio climático y se encuentra en proceso de derretirse, amenazando con inundar las zonas costeras del planeta. Solo en julio, 12.000 millones de toneladas de hielo de la isla se hundieron en el mar, una cifra sin precedentes… Pero Trump no cree en ese tal “cambio climático”.

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2019-08-21T22:00:00-05:00

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- Redacción Internacional

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El último intento de EE. UU. por comprar Groenlandia

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