Le negaron asilo en EE. UU. y deportaron a su madre

El viacrucis de una “dreamer” colombiana en tiempos de Trump

Daniela Gaona fue aceptada por la prestigiosa universidad de John Hopkins, pero por la recia política migratoria no puede acceder a un préstamo ni ayuda financiera.

La colombiana Daniela Gaona llegó a Estados Unidos con su mamá siendo niña. / Archivo particular

El pasado 21 de mayo, María Cáceres* fue citada a una oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, siglas en inglés) en Florida, luego de que le llegara por correo un permiso de trabajo vigente hasta 2019.

Al presentarse con los agentes migratorios le dijeron que había cometido una falta muy grave al no haber asistido a una citación previa.

Cáceres no lo hizo, ya que nunca recibió la citación debido a que el abogado de inmigración que llevaba su caso había fallecido sorpresivamente, por lo cual no alcanzó a recibir dicha notificación.

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A pesar de su explicación, ICE aseguró que la mamá de Daniela Gaona se estaba ocultando intencionalmente de las autoridades, por lo cual le retuvieron su permiso de trabajo y decidieron ponerle un grillete electrónico en su tobillo, una práctica común para rastrear a indocumentados en la era de Donald Trump.

Sin embargo, antes de salir de la oficina, los agentes de inmigración la llamaron nuevamente y le dijeron que habían cambiado de opinión, esposándola y llevándosela presa.

Así, lo que parecía ser una visita de rutina para la colombiana de 56 años terminó en su arresto, encarcelación y un mes más tarde en su deportación de vuelta a Colombia a finales de junio.

Daniela, una “soñadora” beneficiaria del programa de Acción Diferida (DACA), que permite “congelar” cualquier acción sobre el estatus migratorio de las personas que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños, lucha por cumplir su mayor sueño entre la agonía de haber perdido a su madre.

Conseguir el dinero para estudiar su maestría en consejería en salud mental en la prestigiosa Universidad John Hopkins, a la cual fue aceptada a principios de años, es su mayor objetivo.

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La bogotana de 22 años llegó a Miami en 2005 junto con su madre y no más que dos maletas. El asesinato de su tío en Onzaga, Santander, a manos de las Farc las llevaron a dejarlo todo atrás.

Huyendo de la violencia las dos mujeres buscaron refugio en Jacksonville, una ciudad a siete horas de Miami, donde su mamá tenía unas conocidas que no hacía mucho habían salido de Colombia.

Teniendo claro que volver no era una opción, aplicaron para el asilo político ante las autoridades migratorias de Estados Unidos. Para entonces un nuevo reporte del Departamento de Estado sobre las condiciones de Colombia propició una ola de rechazos de solicitudes de asilo, entre estas las de Daniela y de su mamá.

Tras apelar en un proceso que se extendió por más de cuatro años, madre e hija hicieron lo que pudieron para levantar cabeza y empezar una nueva vida. Su único problema era su condición y miedo latente de ser indocumentadas.

“Mi mamá siempre me dijo que todo iba a salir bien, que íbamos a ganar la apelación, que esta situación era temporal”, dice Daniela, recordando los días en que su mamá cambió sus días de oficina en una conocida empresa en Bogotá por limpiar negocios, cuidar personas de la tercera edad y a laborar en cuanto trabajo podía conseguir para sacarlas adelante.

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Daniela encontró en el estudio y en una pequeña parroquia su refugio. Allí, junto con otro compañeros, comenzaron un grupo de danza el cual le sirvió, a sus escasos nueve años, en una forma para asimilar su nuevo cambio de vida.

Durante los siguientes 13 años, la mamá de Daniela no paró de trabajar aquí y allá para pagar sus estudios, los impuestos del gobierno y hasta para conseguir el dinero de los abogados de inmigración y, sobre todo, para la cuota inicial de una casa.

Cáceres mantuvo un historial criminal limpio y ni una falta de tránsito quedó registrada en su expediente.

En el colegio Daniela se convirtió en una alumna destacada, pero con el paso de los años se acercaba la hora de pensar en la universidad. “Saber que no puedes ir a la universidad porque no tienes papeles, que no puedes pedir ayuda financiera era algo que me mortificaba. De nada servía sacar las mejores calificaciones, pues por mis papeles sabía que mi sueño era lejano”, explica Daniela vía telefónica.

Sin embargo, todo cambió en 2012. Su incertidumbre migratoria disminuyó cuando el gobierno de Barack Obama instauró el programa de protección migratoria conocido como DACA. Así, con su primer permiso de trabajo, la bogotana trabajó con su madre en la limpieza de casas y cuidando niños, entre otros oficios. El objetivo era ahorrar el dinero suficiente para asistir al Florida State College, en Jacksonville.

“Fue muy duro, después de mucho esfuerzo logramos ahorrar lo suficiente para transferirme a la Universidad del Norte de Florida, donde obtuve mi licenciatura en psicología infantil. Todo parecía estar dando sus frutos y el futuro se hacía cada vez mejor”. Pero llegaron las elecciones de 2016 y todo cambió. El discurso sobre los inmigrantes indocumentados se convirtió en una plataforma cargada de odio y persecución por parte de la nueva administración de Donald Trump.

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Bajo el gobierno de Barack Obama la madre de Daniela, por ser una inmigrante sin antecedentes penales ni condenas pendientes, pudo permanecer en EE. UU., a pesar de que en 2011 le negaron la primera apelación de asilo político.

Pero llegaron Trump y su política de cero tolerancia, y desde entonces cualquier inmigrante de baja o alta peligrosidad, sin o con antecedentes penales y/o condenas, sería sujeto de la deportación.

Así fue como el arresto de inmigrantes no-criminales se elevó en más de un 200 %, en comparación con el gobierno de Barack Obama. Política de la que fue víctima la mamá de Daniela, junto con más de 79.000 inmigrantes indocumentados en todo el país en lo que va de este 2018.

Daniela ha sentido por partida doble la recia política migratoria del gobierno Trump con el anuncio del presidente de acabar con DACA, el programa de protección migratoria para cerca de 700.000 jóvenes inmigrantes, conocidos como “soñadores”, que llegaron cuando niños a ese país de manera ilegal junto con sus padres.

“Ha sido una angustia terrible no saber lo que va a pasar con DACA y con mi futuro. Gracias a DACA he podido trabajar como terapeuta para niños con autismo luego de mi graduación en psicología escolar. Saber que en cualquier momento me lo pueden revocar y que puedo terminar deportada me pone mal”, asegura Daniela.

En la actualidad el gobierno de Trump lucha en los tribunales para hacer valer su decisión de terminar con este vital programa de amparo migratorio, una de las promesas de Trump a la base más radical de su partido. Disputa que puede terminar en la Corte Suprema de Justicia.

Entre tanto, varios fallos de cortes estatales tienen al programa en cuidados intensivos, obligando al gobierno a que renueve temporalmente los amparados migratorios por dos años más.

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El viacrusis financiero

Luego de mucho esfuerzo y dedicación, la mamá de Daniela logró pagar la casa en la que vivían hasta hace poco en Jacksonville, Florida. Al haber sido deportada sin previo aviso, Daniela enfrenta el mismo problema que miles de familias con miembros deportados: no puede acceder a las finanzas familiares.

Asesorada por una abogado de inmigración, la colombiana busca el control de los ahorros y de la casa que dejó su mamá, temiendo que ante su deportación lo pueda perder todo. “Sólo espero que pueda solucionar esos problemas legales y así poder arrendar la casa para mandarle el arriendo a mi mamá y que ella viva tranquila con eso. Ella ya trabajó todo lo que pudo, cuando me gradúe de mi maestría y consiga un trabajo estoy segura de que no tendrá que volver a preocuparse por nada”, dice Daniela con la voz entrecortada.

No obstante, otro obstáculo separa de su sueño a la destacada estudiante que a principios de año fue aceptada en la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, en Baltimore.

Debido a su condición de DACA, la universidad no le permite acceder a programas de ayuda financiera. De igual forma, por su estatus legal los bancos no le han querido prestar el dinero necesario para asegurar sus estudios.

Como muchos inmigrantes que han quedado solos en EE. UU., Daniela ha echado mano del crowdfunding para conseguir el dinero que la lleve a cumplir su sueño de acceder a la universidad.

Sin la ayuda financiera de su madre, asegurar los diez mil dólares iniciales del primer período del año de estudios están aún en veremos.

¿Regresar a Colombia? “Por más que lo intente el presidente Trump nunca va a poder deportar a tantos inmigrantes buenos que viven hoy en este país, gente que como nosotros vino huyendo de muchos problemas con la única meta de darle una mejor vida a su familia, aportando en el proceso a su comunidad, su ciudad y, sobre todo, a Estados Unidos”.

María Cáceres*: su nombre fue cambiado para proteger su identidad por petición de su hija Daniela.

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ÁLVARO CORZO V.

El Mundo

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