El sismo dejó 369 víctimas mortales

En México todavía cuesta dormir, un mes después del terremoto

Las brigadas de psicólogos han sido esenciales para devolverles la calma a los mexicanos. Hay miedo a otro temblor y la crisis económica sigue al acecho.

En Juchitlán se realizaron ceremonias para despedir a los fallecidos del terremoto del 7 de septiembre. / EFE

El pasado 19 de septiembre, un grupo de obreros trabajaba para instalar una tarima en la Plaza de la Constitución, cuando la tierra se sacudió con un terremoto de magnitud 7,1 en la escala de Richter. Aunque el temblor ocurrido hace un mes provocó 369 muertes y dejó sin sueño a quienes tuvieron la suerte de sobrevivir, aún hoy, las imágenes del sismo no paran de llegar y las cosas no dejan de caer.

Esta semana, el video de moda en redes sociales muestra cómo los mexicanos perdieron la “Esperanza”: detrás de los obreros que instalaban la tarima para un concierto de Ricky Martin, se ve la Catedral Metropolitana cuando todavía estaba coronada por tres estatuas. A la 1:14 de la tarde, el sismo empieza y los trabajadores se aferran a sus arneses antes de llegar al suelo, como le ocurre también a la escultura que dejó incompleto el trío que formó desde 1789 junto a la “Fe” y la “Caridad”.

Después del temblor, Liliana Irurita, una colombiana que trabaja en un jardín infantil de Puebla, volvió a su casa para encontrar todas sus pertenencias en el suelo. Liliana tuvo suerte por muchas razones. Puebla fue el epicentro del terremoto del 19 de septiembre y, después de la sacudida, su apartamento, que está en un quinto piso y del que bajó apresurada por las escaletas, no sufrió daños graves.

(Le puede interesar: México, canta y no llora) 

Para otros damnificados la pesadilla sigue, sobre todo porque no pudieron salvar nada de los edificios que a simple vista se ven bien, pero cuyos daños estructurales hacen que estén siendo demolidos uno por uno en un meticuloso trabajo.

“Me siento un poquito mal porque estuvieron bajando cosas. Y vimos cómo las aventaban por la ventana. Se sintió muy feo, tanto que cuidábamos nuestras cosas. Incluso pedimos que nos dieran un niño Dios, pero no quisieron”, le contó a EFE Magdalena Hernández, la propietaria de un apartamento en el Distrito Federal, cuyo hogar quedó inhabitable después del sismo. La Protección Civil, que coordinaba la demolición, le dio al esposo de Hernández cinco minutos para que entrara y recatara lo que pudiera antes derrumbar el edificio. “Como estaba lleno de polvo casi, no sacamos nada”, dijo el hombre con resignación.

Según Save The Children, entre los que perdieron sus casas están 226.000 niños que todavía hoy siguen durmiendo en las calles o en albergues. La mayoría de los refugios solo abren sus puertas durante la noche, y durante el día los niños vagan en la calle mientras los adultos vigilan lo que queda de sus casas. A comienzos de octubre se estimaba que 5,3 millones de menores no habían podido regresas a sus escuelas y que 2.254 centros educativos habrían quedado destruidos por los terremotos.

Antes del 19 de septiembre, México ya había sufrido un fuerte movimiento telúrico en Juchitlán, al sur. Ese también se sintió en el Distrito Federal, como también lo haría una potente réplica el sábado 23 de septiembre en la mañana. “¿Quién puede volver a dormir después de tres terremotos?”, dice la maestra Irurita, quien coincide con muchos de los sobrevivientes.

Patricia Gómez, una estudiante bogotana que vive en el DF, pudo dormir la noche después del terremoto. Ese día llegó agotada porque salió a la calle para hacer parte de las cadenas humanas con las que decenas de personas ayudaron a remover escombros. Al día siguiente decidió salir de la ciudad, pasó tres días en Cuernavaca y regresó justo para presenciar la réplica de magnitud 6,1 que volvió a sacudir el piso el sábado 23.

“Aquí siempre suenan muchas ambulancias, pero ahora con cualquier sonido como que te timbras. Ya no trabajo con audífonos”, dice Gómez quien, como muchos otros habitantes de la ciudad mexicana, volvía a vivir el terremoto cuando lograba conciliar el sueño y quien también, como tantos otros, encontró alivio entre las brigadas de psicólogos voluntarios que les han brindado asistencia gratuita a los sobrevivientes. “Te dicen que debes estar alerta pero no hay que llevarlo al extremo de no dejar dormir”, cuenta la estudiante.

Durante estos días, el terremoto no dejó de ser tema de conversación. Todo el mundo habla sobre dónde estaba, sobre qué hicieron para salir a la calle y sobre la angustia de no saber qué hacer. “A pesar de que hay protocolos y de que uno sabe qué hacer, en el momento del terremoto se le olvida todo”, recuerda Gómez entre risas.

“Aún se siente la tristeza, pero también las ganas de ayudar”, dice desde Puebla la maestra Irurita, que además celebra la solidaridad de las personas que se volcaron a las calles para buscar la forma de ayudar a los damnificados. “México es muy unido y se ha notado”.

Ahora lo que no deja dormir es la economía del país. Después del terremoto de 1985, que también ocurrió el 19 de septiembre, México se sumió en una dura crisis económica. En ese entonces, el país había adquirido una monumental deuda pública con la promesa de pagarla con las ganancias petroleras. Al terremoto se sumó la caída en el precio del crudo y llegó una fuerte recesión.

La situación de hoy parece ser diferente, pero tiene retos específicos. No hay cifras exactas de cuántas personas perdieron sus hogares, pero está claro que la demanda excesiva ha hecho que un mes de arrendamiento ronde los US$1.600. Por otro lado, están las pequeñas empresas, el fantasma del desempleo y las fallas en la infraestructura. De los 15 clientes que recibía a diario, Rosalía Arenas, ahora solo recibe dos “Vamos para el mes sin trabajo. No hay paso, no hay ventas, la gente tiene que buscar la manera de circular. Y aquí está cerrado desde el sismo”, explicó la mujer a EFE.