En qué me equivoqué en este año

David Leonhart, del New York Times, cierra el año con una defensa de las probabilidades en una época llena de resultados inesperados.

AFP

El servicio de inteligencia israelí le pidió al prestigiado psicólogo Daniel Kahneman ayuda en la década de 1970, y este dio una sugerencia: desháganse del informe clásico de inteligencia. Les permite a los líderes justificar cualquier conclusión que quieran, dijo Kahneman. En vez de eso, sugirió darles a los líderes probabilidades estimadas de sucesos.

Así lo hizo el servicio de inteligencia, y un informe temprano concluyó que un contexto aumentaría en un diez por ciento la probabilidad de una guerra a gran escala con Siria. Al ver esa cifra, un alto funcionario se sintió aliviado. “¿Un aumento del diez por ciento?”, dijo. “Esa es una pequeña diferencia”.

Kahneman estaba horrorizado (como lo relata Michael Lewis en su libro “The Undoing Project”). Un aumento del diez por ciento en la probabilidad de una guerra catastrófica era algo serio. Sin embargo, el funcionario decidió que el diez por ciento no era muy distinto de cero.

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Mirando en retrospectiva años después, Kahneman dijo: “Nadie toma una decisión a partir de un número. Necesitan una historia”.

Su cambio de parecer es una buena manera de presentar mi autocrítica ritual. Hay una tradición creciente en la que los columnistas les dedican una columna de fin de año a los errores de nuestras formas. El periodista Dave Weigel lo llamó “rendición de cuentas de experto”.

Comenzaré con los antecedentes: al igual que el ejército israelí de antes de la década de 1970, los negocios de noticias de antes no utilizaban mucho las probabilidades, más allá del informe del clima. Sin embargo, actualmente las probabilidades aparecen por todas partes.

A las 10 p. m., en una noche reciente de elecciones en Alabama, The New York Times dijo que Doug Jones tenía aproximadamente el 70 por ciento de probabilidades de ganar, con base en los votos contados. (Ese marcador recibió 13 millones de visitas). Igualmente, los medios financieros informan probabilidades de recesión, y los sitios web de deportes publican probabilidades de victoria en tiempo real.

Yo soy defensor de las probabilidades. En empleos anteriores, he ayudado a crear marcadores de elecciones. Las probabilidades son más significativas que las trivialidades seguras de “cualquier cosa puede pasar”, análisis vagos que dicen “es probable” o garantías artificialmente confiables.

Sin embargo, he llegado a darme cuenta de que me equivoqué acerca de un gran aspecto de las probabilidades.

Son inherentemente difíciles de entender. Eso es cierto en particular respecto de un suceso individual, como una guerra o una elección. La gente entiende que, si tiran un dado 100 veces, obtendrán algunos 1. Pero cuando ven la probabilidad de un suceso, tienden a pensar: ¿esto sucederá o no?

Entonces redondean efectivamente a cero o a 100 por ciento. Eso fue lo que hizo el funcionario israelí. También es lo que muchos estadounidenses hicieron cuando escucharon que Hillary Clinton tenía un 72 por ciento o un 85 por ciento de probabilidades de ganar. Es lo que los fanáticos del fútbol americano hicieron en el Gran Tazón cuando los Atlanta Falcons tuvieron un 99 por ciento de probabilidades de obtener la victoria.

Y cuando lo poco probable sucede, la gente grita: ¡las probabilidades estaban equivocadas!

Generalmente, no estuvieron equivocadas. Fueron los gritones quienes se equivocaron.

Solía creer que la mejor respuesta era explicar y ponerlo en contexto. Después de todo, la gente entiende que muchos resultados con pocas probabilidades sí suceden. “Solo porque es excepcional”, dice el experto médico H. Gilbert Welch, “no significa que no sucederá”. Sacas un as (8 por ciento). Una bebé al azar crece hasta alcanzar los 1,75 metros (6 por ciento). Nueva York tiene una Navidad blanca (11 por ciento). En mi computadora, tengo una larga lista de estos sucesos poco probables.

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Sin embargo, ahora creo que las explicaciones están destinadas a fracasar. Para un suceso individual, la gente no puede resistirse a decir que una probabilidad fue “cierta” si era mayor al 50 por ciento y “equivocada” si estaba por debajo del 50 por ciento. Cuando esto sucede, quienes creemos en las probabilidades no podemos simplemente sacudir la cabeza y murmurar acerca de las Navidades blancas. Debemos comunicarnos más efectivamente.

Creo que parte de la respuesta recae en la idea de Kahneman: los seres humanos necesitan una historia.

No es suficiente decir que un suceso tiene un diez por ciento de probabilidades. La gente necesita una historia que los obligue a visualizar el suceso poco probable, para que no redondeen un diez a cero.

Imagina que un pronóstico que le da al candidato X un diez por ciento de probabilidades incluyera una relación prominente: “Cómo gana X”. Explicaría cómo la encuesta podría estar en lo incorrecto e incluiría un mapa de victoria para X. Casi gritaría: esto de verdad podría pasar.

Welch, un profesor de Dartmouth, me mostró una pictografía en línea acerca del riesgo de padecer cáncer de mama. Muestra 1000 figuras humanas, de las cuales 973 son grises (sin cáncer), 22 son amarillas (futuras sobrevivientes) y cinco son rojas (morirán en los siguientes diez años). Puedes ver el resultado más probable sin ignorar los demás.

Sí, entiendo que las ideas como esta no acabarán con la confusión. Sin embargo, incluso el progreso más modesto valdría la pena.

El ascenso de los grandes datos significa que las probabilidades se están haciendo una parte más importante de la vida. Y nuestra confusión tiene costos reales. Los funcionarios de la administración de Obama, para dar un ejemplo, podrían haberse tomado más en serio la interferencia rusa si no hubieran redondeado las probabilidades de victoria de Donald Trump casi a cero. Por desgracia, a diferencia de una tirada con dados, la elección no es un suceso que podamos intentar de nuevo.