Las protestas ya dejan una veintena de muertos

Hasán Rohaní: el dios de la política iraní

El descontento se hizo sentir en las calles. Centenares de personas salieron a protestar contra el presidente Hasán Rohaní. Pero del hombre que realmente gobierna el país poco se ha hablado.

Alí Jamenei fue presidente de Irán entre 1981 y 1989. Ese año se convirtió en el líder supremo. / EFE

Hasán Rohaní, presidente de Irán, ha tenido que dar la cara y enfrentar el caos. Su nombre ha sido coreado para insultarlo, su rostro usado para recortarlo en pedacitos y quemarlo. Irán estalló el día de fin de año después de un 2017 cargado de sanciones económicas internacionales. Sin embargo, él no es el protagonista de este capítulo de la historia iraní. El protagonista se llama Alí Jamenei y es el líder supremo.

Nada cambiaría con la muerte de Rohaní o con su destitución, porque Jamenei está por encima de todos los hombres, incluido el presidente. Así está consignado en la Constitución, así lo ratifica la religión.

La Revolución iraní emprendida por el ayatolá Ruhollah Jomeini hizo de ese territorio una República islamista, teocrática. Y Jomeini, quien fue el líder del movimiento, se convirtió en el “líder supremo”, un cargo que a partir de ese momento sólo puede ser ocupado por un miembro del clero, varón y nombrado por una institución llamada la Asamblea de Expertos.

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Tras la muerte de Jomeini, Alí Jamenei fue el encargado de reemplazarlo. No era una figura fácil de sustituir. Jomeini, además de ser el hacedor de la Revolución, era poeta y músico. Su carisma le garantizaba un apoyo popular indispensable para pelear en la guerra contra Irak y Estados Unidos.

Jamenei ni siquiera era suficientemente sabio a los ojos del islam cuando se convirtió en el nuevo líder. Su designación estuvo rodeada por una polémica entre los puristas, pues no era considerado una autoridad religiosa. Al momento de su elección no era lo que la carta constitucional de la República islámica llama “fuente de emulación”. Para su fortuna, su predecesor no estaba conforme con ninguno de los candidatos que sí tenían el perfil requerido, así que modificó la Constitución.

De esa manera se hizo posible que este hombre criado en una familia de ocho hermanos, con pocas capacidades económicas y sociales, terminara siendo en el más importante de Irán.

Y a pesar de sus carencias para el mundo religioso, Jamenei sí tenía su buena trayectoria en lo político y en la vida. Está casado y es padre de seis hijos. Dos de ellos, a su vez, están casados con altos funcionarios del Estado.

Ese tipo de contactos, que ha sabido cultivar a lo largo de su carrera, le permitieron postularse para ser presidente y ganó con una abrumadora mayoría de los votos, convirtiéndose en el primer clérigo en ocupar el cargo.

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Su compromiso, dijo el día que se posesionó, sería eliminar “las desviaciones, el liberalismo y el izquierdismo influido por Estados Unidos”.

Para eso ha trabajado de la mano de Rohaní, quien aprendió de Mahmoud Ahmadineyad, su predecesor, que nadie le gana al líder supremo y que es mejor estar en su llavero.

Después de dos días de silencio, Jamenei al fin se pronunció sobre las protestas. No cambió el guion acostumbrado. La culpa es de terceros: “La hostilidad del enemigo es la existencia del espíritu de coraje, sacrificio y fe de la nación”.

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