Elección de presidente este domingo

Hoy no habrá ganadores en Brasil

En el proceso electoral más complejo de las últimas décadas es fundamental preguntar: ¿en dónde está la esperanza de los brasileños?

Las encuestas indican que Jair Bolsonaro, de extrema derecha, pasará a la segunda vuelta presidencial. Aparece como favorito en las encuestas. / AFP

El 5 de octubre de 2018, la Constitución brasileña cumplió 30 años. Hija de amplios debates, la nueva Carta Magna del país trajo de regreso la certeza de la democracia, después de 21 años de dictadura militar (1964-1985).

En un contexto complejo, la retirada lenta, gradual y segura de la dictadura militar estuvo marcada por tensiones, y la esperanza de un Brasil democrático fue devuelta al pueblo brasileño mediante la elaboración de esa nueva Constitución.

En una escena histórica, el 5 de octubre de 1988, el presidente de la Asamblea Constituyente, Ulisses Guimarães, firmó uno de los cinco originales de la nueva Constitución, se lo mostró al plenario y las graderías, que estaban repletas de autoridades e invitados especiales, y declaró promulgada la nueva Carta: “El documento de la libertad, de la dignidad, de la democracia, de la justicia social de Brasil. Que Dios nos ayude para que esto se cumpla”.

“Esperamos la Constitución como un vigía espera la aurora. (…) La Constitución ciertamente no es perfecta. Ella misma lo confiesa al admitir la reforma. Cuanto a ella, discordar, sí. Divergir, sí. Incumplir, jamás. Afrontarla, nunca”.

El trayecto había sido largo y doloroso. Muchos se quedaron en el camino, muchas mamás jamás pudieron enterrar a sus hijos. Fue durante el mandato del presidente Ernesto Geisel y en el contexto de la “apertura” que se inició la campaña por una amnistía. Finalmente, en 1978, se compuso el Comité Brasileño por la Amnistía, lanzado en Río de Janeiro. La exigencia de una amnistía “amplia, general e irrestricta” se volvió marca de la campaña e hizo que el Estado brasileño amnistiara a todos en pro de la reconciliación nacional.

De Geraldo Vandré y su canción, “Para no decir que no hablé de las flores”, hasta “Corazón de estudiante”, de Milton Nascimento, hubo un largo e inusitado camino. Se quedaban en la memoria viva los himnos de la resistencia, con un profundo anhelo por que la democracia fuera para siempre.

Gracias a la participación popular se lograron conquistas históricas en derechos humanos y bienestar social. Sin embargo, en 30 años, la carta de navegación del país ya registra 100 alteraciones, lo que indica un largo y desafiante camino de la sociedad brasileña.

El jueves 4 de octubre de 2018, durante las solemnidades realizadas en el Supremo Tribunal Federal (STF) para celebrar los 30 años de la Constitución de 1988, el presidente del Consejo Nacional de Justicia (CNJ) y del STF, ministro Dias Toffoli, afirmó: “Es función primaria de una Constitución hacer retumbar los gritos de nunca más. Nunca más la dictadura, nunca al fascismo, nunca al nazismo, nunca al racismo, nunca la discriminación”.

Al oír estas proclamas, solo resta al pueblo brasileño decir que así sea, que los ángeles digan amén, porque pareciera ser que nunca estuvimos tan cerca de un contexto autoritario y las amenazas rondan a la democracia brasileña. ¡Qué diferencia con el año de 1988, cuando la mayoría de los brasileños soñaban con salir a votar contra el autoritarismo!

En la víspera del proceso electoral más complejo de las últimas décadas, pos-Lula da Silva y pos-PT, es fundamental preguntar: ¿en dónde está la esperanza de los brasileños, cómo va la democracia brasileña y por qué han caminado hacia los extremos? Unos llevados por la inercia, otros por el voto protesta y tantos otros por la falta de credibilidad en los partidos políticos tradicionales.

Parece simplista, pero pareciera ser que Brasil camina este 7 de octubre entre dos escenarios: una celda en Curitiba y una cama de enfermo en Río de Janeiro, en donde el candidato de ultraderecha Jair Bolsonaro terminó luego de un polémico atentado. Le puede interesar: ¿Quién es Jair Bolsonaro, el Donald Trump brasilero?

El expresidente Lula, recluido en Curitiba, es preso del imaginario de un Partido de los Trabajadores pujante que lo llevó en los brazos del pueblo al Palacio del Planalto en dos ocasiones, de un país que parecía aletear sobre los cuatro continentes llevando la buena nueva de otro mundo posible, del país del presente. Y el otro escenario es el extremismo.

A pesar de las grandes divergencias, en relación con su encarcelamiento, el expresidente Lula es considerado por muchos, entre ellos Noam Chomsky, como el primer preso político en el período posdictadura. Queramos o no, Luiz Inácio Lula da Silva está más presente que nunca en estas elecciones de 2018, pues el país está dividido entre lulistas y no lulistas, la gran mayoría convertida en bolsonaristas. El debate serio y profundo de un proyecto de país se pierde en esta confrontación político-ideológica cargada de odios y rencores, demostrando la superficialidad y el anacronismo de las plataformas de la mayoría de los candidatos.

Tanto así que hasta hace poco la intención de voto por Lula era de aproximadamente 40 %. Su exclusión de las presidenciales de este domingo, debido a su “participación en esquemas de corrupción”, era la crónica de una muerte anunciada.

Sus días estaban contados. Por seis votos a uno, el Tribunal Superior Electoral decidió que, debido a su condena en segunda instancia, de acuerdo con la Ley de la Ficha Limpia, creada en su gobierno, Lula no podía postularse.

No obstante, desde Curitiba, en donde le prohibieron dar entrevistas y tiene visitas semanales restringidas, ha logrado iniciar una significativa transferencia de votos a su exministro de Educación y exalcalde de São Paulo Fernando Haddad, en pocas semanas de campaña. Actualmente, Haddad, con 22 % de intención de voto, disputa los sufragios provenientes del noreste brasileño y de los segmentos de escasos recursos con Ciro Gomes (PDT), exgobernador del estado de Ceará, exministro de Hacienda del gobierno de Fernando Henrique Cardoso y exministro de Lula.

Finalmente, en el país del juez de primera instancia Sérgio Moro, “la ley es para todos”, principalmente para aquellos que atentan contra los dueños del poder, que impunes y libres han aplazado los derechos sociales de la mayoría de los brasileños durante siglos.

Para nadie son una novedad los errores históricos del Partido de los Trabajadores y de su líder. Lula se transformó simultáneamente en el héroe de los banqueros, empresarios y las clases menos favorecidas del país y en el villano de la clase media brasileña. Sirvió a Dios y al Diablo e innumerables veces se consagró ganador.

Creyó que, en el presidencialismo de coalición de Brasil, en el auge de la bonanza, habría espacio para alianzas duraderas. Cuando el gana-gana acabó, las alianzas entre el PT y los partidos tradicionales demostraron ser tan fugaces como el alto precio de las commodities y la utopía de una nueva izquierda que, en un contexto democrático, pretendía cambiar el destino histórico de América Latina, sin recordar la relación asimétrica entre fuerza y resistencia.

Hoy, el expresidente Lula es víctima de sus propias equivocaciones, de la burocratización del PT, de alianzas espurias, de un sistema judicial ávido de protagonismo y de poder, además de los partidos políticos tradicionales que históricamente han insistido en mantener el país sin cambios estructurales. Lea también: Brasil: Quienes son los candidatos a la Presidencia de Brasil

Apoyado por líderes mundiales, avalado por el Comité de derechos humanos de la ONU, Lula no ha muerto, pero su exclusión del escenario electoral y el rechazo al PT abrieron espacio para partidos como el del candidato Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), actualmente representado por dos diputados y que no cuenta con ningún senador, además de la alta articulación entre política y religión, que pone en vilo al país.

Millones de brasileños se convirtieron en rehenes de una realidad que muchas veces no logran siquiera interpretar. Desde distintas esquinas asisten a un país que se debate en una encrucijada sin sentido. Así, como en otros ciclos históricos, se intenta de una forma dolorosa imponer “el orden y el progreso”.

Según las principales encuestas, Jair Bolsonaro, militar de reserva, con 35 % de intención de voto, representante de la extrema derecha, estilo Trump, trae una farda en el alma y se identifica con la línea reaccionaria del ejército brasileño. Ha sido diputado federal siete veces, presentó más de 170 proyectos y solo dos fueran aprobados.

Durante los comicios ha demostrado su profundo desprecio por mujeres, afrobrasileños, homosexuales, refugiados e indígenas, lo que remite a personajes controvertidos de la historia que intentaron salvar otras patrias inmersas en crisis política, económica y ética.

Sus convicciones denotan su baja formación académica y su estrecha visión del país y del mundo, y su discurso remite a imaginarios dolorosos. Se asiste a una carrera presidencial con gran incidencia del voto protesta, la ausencia de memoria histórica y el temor de los excluidos.

El debate serio y profundo acerca de un proyecto de país se pierde en la confrontación derecha-izquierda, demostrando la superficialidad de las plataformas de la mayoría de los candidatos. Bastante serio porque en el gabinete del nuevo presidente de Brasil, país que se ubica entre las 10 mayores economías del mundo, estarán dilemas estructurales, como economía, pobreza, desigualdad y violencia, con una variable: un país dividido y polarizado que camina en la incertidumbre.

En un escenario hipotético, una alianza entre los partidos de izquierda y de centro podría mudar el curso de la historia. Ojalá en las zonas grises de la contienda, en donde se ubican Marina Silva, Ciro Gomes y Geraldo Alckimin, lograran cambiar el panorama electoral.

En las elecciones de 2018 no habrá ganadores, ni en Brasil, ni en América Latina. Todos serán perdedores. Con todo, como decía el escritor portugués Fernando Pessoa: “Navegar es preciso…”.

* Profesora Universidad Externado de Colombia.

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Beatriz Miranda Côrtes

El Mundo

Hoy no habrá ganadores en Brasil

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