Donald Trump declaró el estado de catástrofe

Irma: un baldado de agua fría para el gobernador Scott

El huracán tocó suelo en Florida (EE. UU.) la tarde del domingo. El gobernador de ese estado, el republicano Rick Scott, niega que el clima esté cambiando por la acción humana.

Solo en Miami se adecuaron 42 refugios para las personas que no pudieron salir de Florida. / EFE

Dos huracanes afectaron Estados Unidos en menos de un mes. El primero, Harvey, dejó bajo el agua gran parte de Texas y una porción de Luisiana y un rastro de al menos 60 víctimas mortales, además de millones de dólares en daños materiales. El segundo, Irma, aún continúa su trayectoria de devastación por Florida, donde tocó tierra en la tarde del domingo, después de causar la muerte de al menos tres personas y la evacuación de más de 6 millones de habitantes del estado del sol radiante.

Irma, por su parte, es apenas uno de los tres ciclones que a finales de la semana pasada estaban activos en el Caribe, junto con Katia, que golpeó las costas mexicanas en el estado de Veracruz, y José, que siguió parte del trayecto de Irma por las Antillas Menores y amenazó con dejar totalmente inhabitable islas como Barbuda, que ya había perdido nueve de cada diez viviendas por cuenta Irma.

La situación, que por ahora parece excepcional, podría convertirse en la nueva regla. “La física de todo esto es muy clara. Los huracanes adquieren su energía destructiva del calor del océano y en estos momentos la temperatura en la superficie del agua es muy alta”, dijo para el diario británico The Guardian Anders Leverman, uno de los científicos en el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático.

Según la NASA, desde 2014 no ha habido un solo año en que no se rompa el récord del más caluroso y, aunque la relación entre el cambio climático y el aumento en la intensidad de los huracanes sigue bajo estudio, Florida, uno de los estados de la unión americana más susceptibles a sufrir daños por el cambio climático demanda desde hace años medidas preventivas que siguen sin llegar.

Aunque su gobernador, el republicano Rick Scott, ha sido una de las figuras más diligentes para controlar y reducir el impacto de la emergencia, también ha sido fuertemente cuestionado por darle la espalda al cambio climático. El hecho de haber sacado a más de 6,3 millones de personas de sus casas, en medio del proceso de evacuación más grande en la historia de Estados Unidos, no ha sido suficiente para salvarlo de su controversial pasado con el cambio climático.

Según el Miami Herald, sólo el incremento del nivel del mar amenaza con hacer desaparecer el 30 % de las playas de Florida en los próximos 85 años, por no hablar de los daños que la erosión podría provocar si huracanes como Irma, y las lluvias e inundaciones que vienen con él, se vuelven un fenómeno frecuente.

Consiente de ese hecho, el predecesor del gobernador Scott, el demócrata Charlie Crist, veía en el cambio climático una amenaza existencial para su estado, una consideración que con la llegada del actual gobernador, en 2011, se convirtió en un asunto irrelevante. Así lo muestra el hecho de que a mediados de marzo de 2015, al comienzo del segundo período de Scott al frente de la administración de Florida, se dio a conocer que desde sus oficinas se ordenó a los empleados, consultores y voluntarios del Departamento de Protección Ambiental de Florida, la agencia estatal encargada de estudiar y prevenir los cambios que puede provocar el clima, no utilizar los términos “calentamiento global” y “cambio climático” en sus documentos oficiales, todo un obstáculo para los reportes y campañas educativas de dicho departamento.

Las normas que regulan la construcción no reflejan el hecho de que al menos tres investigaciones publicadas este año prueban que el incremento en el nivel del mar se viene acelerando.

Según Julie McNamara, analista de energía de la Union of Concerned Scientists, consultada por el diario The Independent, en lugares como Miami-Dade, los transformadores de energía eléctrica estaban en grave riesgo de ser afectados por las inundaciones, mientras se privilegia a la energía nuclear, que también podría ser gravemente dañada por un desastre natural.

Las preocupaciones de McNamara se confirmaron este domingo, cuando una de las primeras consecuencias de la llegada de Irma a EE. UU. fue el corte masivo que dejó sin energía eléctrica a 1,1 millones de personas, 250.000 en Miami-Dade.

La conciencia sobre los riesgos que puede suponer el cambio climático tampoco se refleja en las normas de seguridad en la construcción. Durante las primeras horas de Irma en Florida, en el centro de Miami, al menos dos grúas empleadas en el levantamiento de rascacielos colapsaron.

“Tenemos en la ciudad de Miami alrededor de 25 grúas de construcción de edificios que van a tener más de 50 pisos, o sea que las grúas tienen 243 metros de altura”, le dijo a la AFP Daniel Alfonso, administrador de la ciudad de Miami.

Aunque, en principio, este tipo de grúas están diseñadas para soportar huracanes con vientos de 233 km/h, desde el comienzo de la emergencia se convirtieron en un dolor de cabeza para las autoridades, que temen por los daños materiales que pueden provocar y el riesgo que representan para quienes desobedecieron las órdenes de evacuación. “Pueden ser muy destructivas”, explicó Alfonso. “El brazo de una grúa está suelto y su contrapeso tiene de 3,6 a 4,5 toneladas. Si una de ellas cae, puede causar mucho daño”.

Todos los ojos en Scott

Cuando el presidente Donald Trump se retiró del Acuerdo Climático de París, en el que más de 190 países se comprometieron a reducir su emisión de gases de efecto invernadero, el gobernador Rick Scott evadió las preguntas de quienes querían saber si consideraba que la actividad humana estaba provocando cambios en el clima. “No se puede invertir en el medioambiente sin tener una buena economía”, dijo el gobernador para demostrar su apoyo a la decisión del presidente y salirles al paso a las preguntas.

Esa ambigüedad también se ve en el poco apoyo que desde la administración federal se ha dado a programas de prevención de desastres. Miami Beach, por ejemplo, requiere US$500 millones para su programa de prevención de inundaciones, según dijo al Independent Bruce Mowry, ingeniero adscrito a la administración de esa ciudad. Mientras el gobierno local ha invertido cerca de US$100.000 millones en la construcción de mecanismos de drenaje y en incrementar la altura de algunas carreteras, el gobierno federal sólo contribuyó con “unos cuantos millones”, señaló Mowry.

Aunque durante la campaña electoral que lo llevó a su reelección en 2014, Scott sacaba pecho por la inversión que su administración había hecho para combatir el incremento del nivel del mar en los cayos y en Miami, la organización Politifact comprobó que los fondos destinados a esos proyectos estaban US$250 millones por debajo de lo que Scott decía haber invertido. A eso se añade el hecho de que el dinero que realmente se invirtió en los programas había sido producto de la gestión del exgobernador Charlie Crist.

Para el gobernador Scott, las críticas que le han llovido por cuenta de Irma no representan la primera tormenta a la que se enfrenta por sus posiciones respecto al medio ambiente. En julio de 2010, cuando era apenas un aspirante al cargo que ahora ocupa en el gobierno federal, un derrame de crudo en las costas de Florida fue la excusa para preguntarle si estaba de acuerdo con la explotación petrolera en las aguas de su estado. La respuesta fue afirmativa, como no lo podía dejar de ser si se tiene en cuenta que Scott era el propietario de US$20 millones en acciones de Dives LLC, una compañía dedicada a la producción de cadenas y taladros empleados en la industria petrolera.

Las consecuencias políticas que Irma puede dejar para el gobernador Scott son difíciles de prever. El cambio climático sigue siendo un asunto altamente politizado en Estados Unidos, con fuertes detractores para quienes la evidencia científica no parece ser suficiente. Hace unos días, ante la estela de destrucción que dejó el huracán Harvey, voces como la del locutor Rick Wales salieron a decir que el huracán fue un castigo divino que Texas recibió por haber “promovido la devoción por la comunidad LGBT, por su afinidad por la perversión sexual”. Sólo la magnitud del desastre provocado por Irma en Estados Unidos podrá decir si la situación sigue abierta a interpretaciones.