La ciudad filipina que sigue en ruinas dos años después de la invasión yihadista

Hace dos años, grupos yihadistas leales al Estado Islámico (EI) izaron su bandera negra en Marawi, lo que desembocó en cinco meses de cruentos combates con el Ejército. Hoy, esa ciudad musulmana del sur de Filipinas permanece en ruinas y unas 17.400 familias siguen desterradas de sus hogares.

Vista aérea de la ciudad de Malawi dos años después de la invasión yihadista. AFP

Malawi no ha logrado renacer. La violencia que vivió hace dos años, desde que llegaron grupos yihadistas, fue tan devastadora que la dejó en ruinas hasta el día de hoy. Veinticuatro meses después los remanentes de Maute y Abu Sayyaf, los dos grupos terroristas filipinos que se instalaron en la ciudad, han sido liquidados en la zona, pero el fantasma del terrorismo aún pulula.

El barrio de Bangulo, centro financiero y comercial considerado la "zona cero" del conflicto, sirvió de refugio de los yihadistas y quedó devastado por bombardeos, artillería pesada y metralla.

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Edificios en ruinas, viviendas reducidas a escombros y mezquitas agujereadas conforman todavía hoy el paisaje de esta ciudad, la única con pasado islámico de Filipinas y que llegó a ser una de las más prósperas del área conocida como Mindanao Musulmán.

Allí vivía, con su esposo y dos hijos, Saphia Makakir, en una amplia casa de tres plantas que compartían con otros familiares. "El primer día de los combates, hoy hace dos años, estábamos en la planta baja y de repente el tercer piso se prendió el llamas", rememoró en una conversación con Efe esta musulmana de 51 años.

En ese instante huyeron de su hogar, dejaron atrás toda una vida, miles de recuerdos y todas sus pertenencias. Saphia, que se dedicaba a la venta de bolsos, zapatos y productos de belleza, perdió todas las existencias que guardaba en su casa, valoradas en 20 millones de pesos (unos 340.000 euros).

Desde entonces, vive con otras 1.130 familias en el centro de evacuación temporal de Sagonsongan, en las afueras de Marawi, pero comparte un reducido habitáculo de 10 metros cuadrados con sus cinco hermanos y sus respectivas proles, es decir, más de 20 personas bajo el mismo techo y con solo dos camas.

"Cuando dormimos en el suelo, parecemos sardinas en lata", relata Saphia, quien, como muchos vecinos de la "zona cero" no quiere dar el consentimiento para derrumbar su casa -paso necesario para la reconstrucción- por miedo a que le entreguen una más pequeña.

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Entre los desplazados por la violencia, el éxodo en medio de la guerra superó las 400.000 personas, el miedo a que el terrorismo aceche de nuevo sigue latente. "Estoy asustada porque no sé cómo reconocerlos. Son como nosotros, visten como nosotros y rezan como nosotros", apunta.

En total quedan unas 6.000 familias en centros de evacuación temporales; mientras que otras 11.400 se han instalado en viviendas de familiares y amigos, a la espera de la reconstrucción de sus casas asoladas por la guerra, que causó un millar de muertos, la mayoría de ellos yihadistas.

Mansawie Hadjimohaymen, de 26 años, vive también en Sagonsongan desde los albores de la batalla, y comparte su refugio con su mujer, sus dos hijos pequeños y sus padres, además de con otra familia de parientes cercanos.

Son doce personas que subsisten con las escasas ventas de una tienda de productos básicos de alimentación y limpieza, conocidas como "sari-sari" en Filipinas, en la entrada de su refugio, gracias a la ayuda de 73.000 pesos (1.250 euros) que el Departamento de Bienestar está entregando a los que siguen desplazados.

"Nuestra casa quedó completamente destruida pero nos han dicho que podremos volver en septiembre de este año", cuenta Mansawie, que espera que el gobierno se haga cargo de los gastos porque sus exiguos ahorros no alcanzan para la obra.

Algunas familias, las que están dispuestas a asumir el gasto de levantar su vivienda, comenzarán a retornar a la zona cero el mes que viene, según el plan del Grupo de Trabajo para la Rehabilitación de Marawi, la agencia gubernamental creada para ese fin.

El gobierno, muy criticado por los continuos retrasos en la rehabilitación de la ciudad, asegura que para diciembre de 2021 Marawi habrá resurgido de sus cenizas y que para noviembre de este año las 6.000 estructuras en ruinas habrán sido demolidas.

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El principal motivo del retraso es que todavía quedan alrededor de un centenar de artefactos explosivos sin detonar en la zona cero, explicó el presidente del Grupo de Trabajo, Eduardo del Rosario, pero prometió que la ciudad quedará limpia de explosivos para agosto.

"Hoy celebramos dos años del triunfo de la paz sobre la barbarie. Es una buena noticia porque la paz y el desarrollo van de la mano", destacó Del Rosario.

La comunidad internacional se ha volcado con la reconstrucción de Marawi, que ya ha recibido 35.700 millones de pesos (600 millones de euros) de donantes como Japón, España, China, Arabia Saudí, el Banco Mundial o el Banco Asiático de Desarrollo; además de otros 6.600 millones de pesos (113 millones de euros) en ayuda humanitaria.