Treinta años de la caída del muro de Berlín

La crisis de masculinidad que dejó la caída del muro de Berlín

Miles de hombres de la antigua Alemania Oriental hoy están desilusionados. La caída del muro de Berlín, que cumple un nuevo aniversario, no terminó con sus frustraciones. Hoy aseguran ser “ciudadanos de segunda clase”, ignorados por el gobierno, y ese es un problema que la nación no puede ignorar más.

El este y el oeste de Alemania todavía son desiguales pese a la reunificación del país en 1990.AFP

El Muro de Berlín nunca se fue. No del todo. No para todos. La pared de hormigón de cuatro metros de alto, adornada con cables de acero y vigilada por uniformados estrictamente las 24 horas del día, puede haber desaparecido físicamente de Alemania, pero las barreras entre el lado oriental y el occidental continúan existiendo para los alemanes. En especial para aquellos que estaban del lado del bloque soviético y que hoy sienten, más que sus vecinos, las marcadas diferencias entre un lado y otro tras la caída del llamado “telón de acero”.

Semanas antes del 9 de noviembre de 1989, miles de hombres de la Alemania Oriental, como Frank Dehmel, se reunían en las calles para exigir libertad y democracia. “¡Somos el pueblo!”, gritaban. Buscaban ser escuchados. Reconocidos. El Estado en el que vivían, la República Democrática de Alemania (RDA), no era para ellos un Estado de derecho. Sentían que los dominaba la arbitrariedad, la persecución e incluso la injusticia. Allí, en ese momento, reinaba la impotencia y el inconformismo y esperaban que, si el sistema que los gobernaba tenía un cambio, también lo tendrían sus vidas.

El cambio llegó inevitablemente. El muro que los separaba físicamente de ese mundo libre fue derrumbado y la nación, dividida por más de cuarenta años, se reunificó oficialmente con su contraparte occidental en octubre de 1990. Sin embargo, tres décadas después de aquellas marchas y de ese gran cambio el inconformismo de muchos continúa. Ellos, los hombres del Este en especial, sienten que desaparecieron del mapa de la misma manera en la que lo hizo la antigua RDA. En la actualidad, más de la mitad de los residentes del Este se siente como un ciudadano de “segunda clase” e incluso tercera con la llegada de los migrantes a Alemania. Aunque consiguieron la anhelada libertad, perdieron todo lo que había en sus vidas: sus trabajos, su estatus e incluso a sus parejas, y señalan que el Estado los ha ignorado por mucho tiempo.

“Después del colapso de Alemania Oriental, pensamos que seríamos cada vez más parecidos. Hoy vemos que muchas de estas diferencias se han arraigado. El este no se volvió como el oeste. En cambio, vimos una acumulación de frustración y decepción en el este de Alemania”, dice Steffen Mau, profesor de sociología en la Universidad Humboldt de Berlín.

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Tras la reunificación, la región occidental de Alemania continuó siendo la más rica, el hogar de las compañías más importantes y el foco de las inversiones internacionales. Después de 1989, decenas de empresas estatales de Alemania del Este fueron vendidas al lado occidental. Otras más fueron cerradas. En dos años se perdieron más de tres millones de empleos. El llamado ostmark, la moneda de la RDA fue cambiada por el marco alemán en un canje de uno por uno. Para muchos fue un cambio de control económico traumático, una decisión política tan controvertida como necesaria en su momento.

Desde 1991, los alemanes de occidente han pagado un “recargo de solidaridad” sobre sus ingresos, una especie de tarifa o impuesto para ayudar a sus vecinos orientales. Pero a pesar de haber recibido una inyección de más de 243 millones de euros, la economía oriental continúa por debajo de la occidental. La realidad sigue siendo desigual. Por eso, hombres como Dehmel se quedan con los recuerdos más traumáticos sobre la caída del muro. En su cabeza resuena la privatización veloz, la muerte de las industrias orientales y la pérdida de empleos. Para los alemanes del Este, su ingreso a ese mundo libre no era el esperado.

“Los héroes de la clase trabajadora del socialismo se convirtieron en los perdedores de la clase trabajadora del capitalismo”, describe a la perfección Katrin Bennhold, periodista de The New York Times en Berlín.

Los talentos jóvenes migraron del Este al Oeste, por lo que la región occidental ahora cuenta con una fuerza laboral no solo más joven, sino también más educada. Esto se conoció como la fuga de cerebros de la Alemania Oriental. Y mientras el talento se marchaba, las instituciones del Este que quedaron recibieron nuevos líderes occidentales que ocuparon no solo cargos directivos en empresas, sino cargos políticos, de justicia y de poder en la cultura y la educación, pues llegaron incluso administrar las universidades y museos. Todo esto devastó al hombre del Este. El mundo que conocía había sido derrumbado y él parecía ser un espectador. La reunificación significó el fin de la élite de Alemania del Este que tenía control sobre el gobierno, la industria y la academia. Y la llegada de nuevos líderes generó emociones encontradas, pues los orientales no fueron tenidos en cuenta. Esto condujo a que en la actualidad haya una falta de representación del Este en el gobierno. Según un estudio de la Universidad de Leipzig, de cada cinco posiciones de liderazgo en el Este solo una es ocupada por un oriental. Además, en los ministerios su presencia se ha visto reducida con el tiempo

“La redistribución no se trata solo de dinero; También se trata de respeto. Nuestras sociedades simplemente no han cumplido lo suficiente en una de las promesas centrales del liberalismo, resumidas por el filósofo legal Ronald Dworkin como ‘igual respeto y preocupación’ por cada miembro individual de la sociedad”, explica el historiador inglés Timothy Garton Ash. Y ese respeto no lo han sentido los alemanes de la RDA.

Pero quizás el golpe más significativo para los hombres del Este fue el cambio demográfico. Al igual que los jóvenes cerebros, las mujeres también se fueron. La esposa de Dehmel, por ejemplo, fue a buscar trabajo al Occidente y nunca regresó. Según estadísticas oficiales, más de dos tercios de las personas que dejaron la RDA para marcharse al occidente fueron mujeres. Esta migración causó un cambio demográfico en el Este, donde hoy se puede observar una tasa de tres hombres por cada dos mujeres. Una cifra de desequilibro que no se ve en ningún otro país europeo y solo vista en el círculo ártico. Lea también: Los muros que hoy nadie quiere ver

Las mujeres de la RDA se adaptaron bien a la nueva nación porque el socialismo ya las había dejado preparadas para ello. En la Alemania Oriental, nueve de cada diez mujeres trabajaban fuera del hogar en diferentes labores antes de la reunificación, mientras que del lado occidental las mujeres necesitaron hasta 1977 el permiso de sus esposos para poder trabajar. Antes de la caída del muro, solo la mitad de las mujeres del lado occidental trabajaba. Las mujeres de oriente también eran educadas. Así que la entrada al mundo capitalista no representó una crisis para ellas y tuvieron éxito a su llegada. Y quizás el mejor ejemplo de ese éxito es la canciller Angela Merkel.

"La ira de los hombres orientales también tiene algo que ver con el éxito de las mujeres orientales", señala Frank Richter, teólogo de la RDA.

La canciller alemana nació y se formó en la RDA, pero hoy, pese a su éxito, no es considera un símbolo positivo para todos los alemanes del Este. Incluso del lado oriental se han referido a ella como una traidora. Ella es un recordatorio sobre el estancamiento y frustración de los hombres de la RDA que no pudieron adaptarse a su nueva vida.

“Tenemos una crisis de masculinidad en el Este y está alimentando a la extrema derecha. La mayoría de los hombres que conocí han sufrido tantas injusticias y contratiempos que han perdido toda confianza en sí mismos”, dice Petra Köpping, ministra de integración en Sajonia. “Para los alemanes orientales, toda esta estructura de liderazgo se presenta como una humillación. Las personas en el oeste no creen que los del oriente sean capaces de estar a cargo”, añade.

Las autoridades alemanas piden dejar de usar un tono negativo para referirse a la reunificación, pero la realidad enseña que no todo fue positivo tras la caída del muro y ese discurso triunfal no tiene en cuenta la frustración y amargura que experimentan los ciudadanos del Este. Hoy en medio de una región con menos empleo, poder, representación y mujeres, los alemanes del Este vuelven a gritar en las calles “¡Somos el pueblo!” para exigir un cambio, esta vez apoyando a los movimientos de extrema derecha.

“El este y el oeste todavía son como hermanos desiguales. El fuerte ama a su hermano más pequeño y más feo y acepta que su comportamiento desviado proviene de un trauma, pero aún lo desprecia. Esta subyugación de los alemanes orientales al psicoanálisis alemán en su mayoría occidental es un drama político en sí mismo. Parece que incluso en sus acciones más determinantes, los alemanes orientales nunca tendrán la decisión”, añade Anna Sauerbrey, editora de opinión de Der Tagesspiegel.

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Camilo Gómez Forero / @camilogomez8

El Mundo

La crisis de masculinidad que dejó la caída del muro de Berlín

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