Dilemas en el Departamento de Estado

La desesperación de los diplomáticos en la era Trump

Los 8.000 oficiales del Servicio Exterior no están seguros de cómo defender los valores estadounidenses bajo un presidente que ha contemplado la idea de la tortura y mostrado desdén por la Constitución.

El presidente de EE.UU., Donald Trump, y su visión del mundo. / AFP

El primer viernes de mayo, el Día de los Asuntos Exteriores, el personal se reúne en el vestíbulo adornado con banderas de C Street del Departamento de Estado al lado de las placas conmemorativas de los 248 miembros de las agencias de asuntos exteriores que han perdido la vida en cumplimiento de su deber. Hay un minuto de silencio. Como presidenta de la Asociación Estadounidense del Servicio Exterior, Barbara Stephenson ayuda a organizar el evento anual. Este año, se disponía a entrar en una sala de delegados para informar al secretario de Estado, Rex Tillerson, detalles del evento, pero, en vez de eso, me dijo, fue sacada a empellones de la habitación.

Stephenson, exembajadora en Panamá, no está acostumbrada a ser maltratada en el Departamento de Estado al que sirvió con distinción durante más de tres décadas. Se había inclinado por conceder a Tillerson el beneficio de la duda. Las transiciones entre las administraciones rara vez son suaves, y Tillerson es un neófito en Washington, poco versado en diplomacia, un petrolero que trata de forjar una relación con un jefe errático, el presidente Donald Trump.

Sin embargo, esa acción de sacarla a empujones captó la rudeza y aislamiento que han socavado la confianza en Foggy Bottom. Stephenson empezó a comprender a las muchas personas consternadas que acudían a ella “preguntando si su servicio seguía siendo valorado”. La falta de comunicación entre el Secretario y el resto del edificio ha sido inquietante.

Hay en marcha un éxodo. Quienes han partido incluyen a Nancy McEldowney, directora hasta junio del Instituto del Servicio Exterior, quien me describió “un ambiente y una organización tóxicos y preocupantes”; Dana Shell Smith, exembajadora en Qatar, señaló que lo más impactante era “el completo y absoluto desdén por nuestra experiencia”; y Jake Walles, exembajador en Túnez con unos 35 años de experiencia agregó: “Se está dando una lenta desintegración de la institución”.

Los 8.000 oficiales del Servicio Exterior no están seguros de cómo defender los valores estadounidenses bajo un presidente que ha contemplado la idea de la tortura, mostrado desdén por la Constitución, y nunca conoció a un autócrata que no despertara su simpatía. Trump parece decidido a ahuecar al departamento de Estado en un acto de autoamputación nacional.

El presidente indicó desde un inicio que el poderío militar, no la habilidad diplomática, era lo suyo. El poder blando era para las aves. Esta visión del mundo (en esencia no más que el instinto de Trump) se ha expresado en un propuesto recorte de casi 30 % en el presupuesto del Departamento de Estado mientras aumenta el gasto militar; un esfuerzo por eliminar unos 2.300 empleos; las vacantes en muchos puestos superiores, incluidos 20 de los 22 puestos de secretarios asistentes que requieren confirmación del Senado; embajadas no cubiertas ⎯ aproximadamente 30 % del total ⎯ desde París hasta Nueva Delhi; y el menosprecio a la aportación del departamento al debate entre agencias y a decisiones esenciales, como el retiro del acuerdo sobre el clima de París. Los días están marcados ahora por renuncias, mensajes no respondidos y capacidad ociosa.

Las razones para esta desintegración son poco claras. ¿Es un castigo al departamento de Hillary Clinton? ¿O una repetición extrema de la “deconstrucción del Estado administrativo” buscada por el principal estratega de Trump, Steve Bannon? ¿Refleja las prioridades de la base de Trump o la sospecha de la Casa Blanca ante el “Estado profundo” o el amor del presidente por los generales? Todos estos factores parecen desempeñar un papel. El resultado es una militarización radical de la política exterior de Estados Unidos, y eso es peligroso.

Tillerson, quien declinó mi solicitud para una entrevista y cuyo portavoz nunca respondió a llamadas y un correo electrónico, insiste en que sabe cuál es su misión. El exdirector ejecutivo de Exxon Mobil es un hombre metódico. Es ingeniero; los matices no son su fuerte. “¿Cuál es la prisa?”, se le ha escuchado decir, aparentemente ajeno a la tormenta que se está formando. En Exxon, ocupaba la “Cápsula de Dios”, conocida por su aislamiento. En el Departamento de Estado, se considera que la labor de su secretario es mantenerlo cercado. Su bien considerado subalterno, John Sullivan, ha iniciado algunas muy necesarias acciones de acercamiento, pero el liderazgo superior sigue tan vacío que la comunicación se estanca.

El distanciamiento olímpico quizá funcione en una compañía petrolera. No lo hará en una agencia gubernamental cuyo líder es el rostro de la nación ante el mundo.

El secretario ha contratado a dos grupos consultores, Deloitte e Insigniam, para que lleven a cabo una reorganización completa del Departamento de Estado. Un sondeo llegó a todos los empleados; el proceso es muy deliberado. Esas placas de nombre vacías en los fantasmales corredores del séptimo piso podrían permanecer así hasta mediados de 2018. Ciertamente hay cosas por componer en un Departamento de Estado cuya misión se ha complicado, con unas dos docenas de enviados especiales y asesores especiales para todo, desde la juventud mundial hasta los derechos de las personas con discapacidad. Pero Tillerson no ha explicado a los 75.000 empleados del departamento cuáles son los objetivos estratégicos de la reorganización.

“La pregunta no respondida en cuanto a los recortes es: ¿con qué fin?”, dijo McEldowney. Otro funcionario destacado que ya se fue, presionó a Tillerson para que indicara una dirección y la respuesta fue: “Es muy sencillo. Poner fin al terrorismo, a la radicalización y tratar con China”.

Superar a China, vencer al terrorismo e impulsar a las empresas estadounidenses son evidentemente las prioridades de Trump. En cuanto a las no prioridades, la posible eliminación en el Departamento de Estado de la Oficina de Población Refugiados y Migración, así como dudas sobre cómo será reconfigurada la Oficina de Justicia Criminal Mundial, son indicativos. Trump quiere valor por su dinero. Los valores estadounidenses ⎯ libertad, dignidad y el sistema de derecho son otra historia.

El 3 de mayo, en su reunión general (si se pudiera llamar así a un acto donde se negó a recibir preguntas) con el personal del departamento, Tillerson declaró: “Si condicionamos con demasiada firmeza que otros deben adoptar este valor al que nosotros hemos llegado tras una larga historia, eso realmente crea obstáculos para nuestra capacidad de hacer avanzar nuestros intereses de seguridad nacional, nuestros intereses económicos”.

Esto sugirió el consentimiento de Tillerson a la política exterior transaccional y carente de valores que surge de la Casa Blanca, un juego de suma cero en el cual “Paguen” es la admonición constante a los aliados; y olvídense de alguna ciudad resplandeciente en la colina. Es difícil exagerar cuán inquietante es esto para muchos en el Departamento de Estado. Saben que la diplomacia es un asunto difícil forjado a veces en torno a compromisos feos. Pero los derechos humanos no son una ficha de negociación en la búsqueda de un acuerdo final.

Como dijo al partir Daniel Fried, otro exembajador que se fue este año: “Los valores tienen poder”.

A lo largo de los años, en zonas de guerra y fuera de ellas, he conocido a oficiales del Servicio Exterior estadounidense para quienes la palabra “noble” no estaba fuera de lugar. Los impulsaba la determinación de marcar una diferencia y extender el alcance de la decencia humana. El embajador en Bengasi, Chris Stevens, me viene a la mente cuando me habló sin ilusiones sobre la diminuta posibilidad de una mayor representación y libertad en las sociedades árabes conforme las dictaduras se desmoronaban. Por sus valores y compromisos, pagó con su vida en 2012; su nombre está ahora en una de esas placas en el vestíbulo de C Street.

Al preguntarle por la situación en el Departamento de Estado, Colin Powell, el ex secretario de Estado, me dijo: “Nuestros intereses al final radican en nuestros valores. Me preocupa porque el país parece estar apartándose de valores que son tan fundamentales para nosotros”. David Rank, el principal diplomático estadounidense en China, que renunció en junio por la decisión de Trump de abandonar el acuerdo sobre el clima de París, se hizo eco de eso: “Es preocupante tener un gobierno tan desinteresado en nuestros valores”.

Por supuesto, los oficiales del Servicio Exterior son profesionales; tratan de desempeñar su trabajo aun cuando no estén seguros de si continuar como antes o esperar a instrucciones poco comunicativas. A seis meses de iniciado el gobierno de Trump, el mundo no ha caído en un precipicio. Las instituciones de las que Trump se ha burlado, incluida la OTAN, no han colapsado. La política de “Una China” y el acuerdo nuclear de Irán no han sido abandonados. En realidad, sobre Irán, Tillerson ha frenado, por ahora, los instintos belicosos de Trump.

Pero como me dijo William Burns, exsubsecretario de Estado y presidente de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional: “Debajo de la superficie, no hay nada que sea normal”. El poder duro y el poder blando son complementarios. Si se quita uno, se pierde la influencia estadounidense. Wendy Sherman, subsecretaria de Estado en el gobierno del presidente Barack Obama, dijo: “A sabiendas o no, esta no es la disrupción del Departamento de Estado, es la destrucción, y la minimización del papel de la diplomacia en nuestra seguridad nacional”.

No hay una política identificable en Siria, donde un ataque de misiles de represalia por el renovado uso de armas químicas de Bashar al-Asad ocurrió en un vacío y posteriormente fue comparado por un miembro del gabinete con “entretenimiento de sobremesa”. Sobre Rusia, Trump está paralizado. Con Irán y Corea del Norte ha aumentado la posibilidad de guerra. China está ansiosa. Un Departamento de Estado marginado conduce a la farsa de la iniciativa de paz entre Israel y Palestina de la Casa Blanca, no coordinada con los diplomáticos que conocen los temas y son necesarios para reunir el apoyo regional. Las alianzas se han deteriorado: tanto Alemania como Canadá han concluido que el Estados Unidos de Trump es poco confiable y, como lo expresó la canciller Ángela Merkel, ha llegado el momento de “tomar nuestro destino en nuestras propias manos”.

En la erupción entre Arabia Saudita y Catar el mes pasado, el grado de la disfunción fue evidente. Arabia Saudita, con claro apoyo de Trump, orquestó un bloqueo de Catar, donde Estados Unidos tiene su base aérea regional más grande, acusando a Catar de apoyar al terrorismo. No importa que esas acusaciones que provienen de los sauditas sean muy ricas y variadas. Eso fue el 5 de junio. Cuatro días después, Tillerson apeló a favor de la reconciliación. El bloqueo estaba “afectando a las actividades de negocios estadounidenses e internacionales”. Una hora después, Trump llamó a Catar un “patrocinador del terrorismo”.

Durante este período, Tillerson nunca contactó a Smith, quien entonces seguía siendo la embajadora en Catar, según contó ella. En contraste, habló cuatro veces con el secretario de Defensa, James Mattis, durante la primera semana del embargo; esa línea de comunicación, al menos, estuvo abierta. Finalmente, este mes, Tillerson pasó unos días en la región tratando de negociar un acuerdo entre Doha y Riad, en vano.

La relación entre Tillerson y Trump sigue siendo una obra en progreso, y cada uno culpa al otro por el ritmo lento en las designaciones del Departamento de Estado. Tillerson estaba acostumbrado a tener el control, también Trump; eso es complicado. Los intentos de la Casa Blanca por marginar al secretario en Irán han avivado las tensiones, hasta el punto en que hay rumores ⎯ negados por el Departamento de Estado ⎯ de una renuncia de Tillerson, o un “Rexit”, a fines de este año. Tillerson dijo esta semana que se quedaría “en tanto el presidente me lo permita”.

La prioridad de Tillerson ha sido estar en buenos términos con su jefe, pero por la forma en que se ha estado conduciendo, la frustración ha crecido en niveles inferiores. Necesita actuar rápidamente si desea salvar la situación. Las versiones de un “déficit de confianza” se han traducido en una atmósfera de creciente intranquilidad en la cual la gente lleva documentos en propia mano a sus receptores porque temen que los correos electrónicos sean filtrados. El secretario necesita acercarse a los oficiales de carrera y al público estadounidense. Necesita explicar lo que se supone se logrará con los recortes.

Una joya estadounidense está en juego, un lugar donde patriotas honorables hacen juramento ante la Constitución; eso quiere decir, ante el régimen de derecho, la gobernanza representativa y los procesos democráticos que, con fallas sobresalientes pero igualmente sobresaliente valentía, los diplomáticos estadounidenses han intentado extender a todo el mundo. Lo han hecho con base en la creencia de que la humanidad, a largo plazo, se beneficiará de la libertad. Desde 1945, la libertad ha extendido su alcance, pero ahora, en una época de creciente rivalidad entre grandes potencias, un Departamento de Estado disminuido deja un vacío que Rusia y China llenarán.

Tillerson necesita reconocer que sus primeros meses en el cargo han proyectado dudas sobre la misión fundamental de EE.UU., y poner en claro que el poder blando de una diplomacia congruente con nuestros valores es una parte tan esencial del arsenal estadounidense como el militar.

Stephenson, la presidenta de la Asociación del Servicio Exterior, dijo: “La gente está pasando apuros con cómo hacer honor a su juramento”. El interrogante básico es: ¿Cómo se sirve a esta gran institución en el que es uno de los periodos más complicados para nuestra república?” Ha organizado sesiones informales con colegas dedicadas a esta pregunta.

La respuesta es hablar con la verdad al poder.

Trump quizá haya mancillado a la República con mentiras y ataques contra la Primera Enmienda y el sistema judicial, no puede ser fácil para los oficiales del Servicio Exterior entrar en embajadas lejanas y saber que su papel es representar a la democracia estadounidense ante el mundo. Sin embargo, es esencial que el Departamento de Estado mantenga la línea; por la seguridad mundial, por la decencia y por la verdad misma.

En su discurso de despedida el 9 de junio, McEldowney, la directora del Instituto del Servicio Exterior ⎯ quien pretendía quedarse siete años más pero luego encontró la situación insostenible dijo: “Aprendí que la lealtad demanda un desacuerdo honesto. Aprendí que nuestro deber nos lleva a desobedecer una instrucción que es legal o moralmente equivocada. Y aprendí que hacemos un juramento no a un rey o incluso un presidente, sino a una Constitución, un sistema de leyes que Lincoln describió como la única soberanía verdadera de un pueblo libre”.

Mi amigo Chris Stevens, quien no murió en Libia por un acuerdo de negocios, habría aprobado esas palabras.

@ 2017 New York Times News Service.