Van 18 masacres este año

La enfermedad mental, ¿amenaza para la seguridad de EE. UU.?

Para el presidente Donald Trump el problema de su país no son las armas, sino “la salud mental”. El 18 % de los adultos estadounidenses padecen problemas mentales.

Personas se reunieron en una vigilia en recuerdo de las 17 víctimas en la escuela Marjory Stoneman, de Florida. / AFP

Nikolás Cruz, el joven de 19 años que confesó ser el autor de la matanza de Parkland, en el sureste de Florida, le dijo a la Policía que escuchó voces en su cabeza que le indicaron cómo perpetrar el ataque que acabó con la vida de 17 personas, según informaron fuentes de la Policía a ABC News. Cruz dijo que las voces que oía eran como “demonios”.

Miembro de una organización supremacista, solitario, con problemas de comportamiento y una depresión no tratada, tenía todo el perfil de un asesino en masa. Sus compañeros recuerdan cómo en una explosión de furia rompió una ventana del colegio a patadas. También señalan que exhibía sus armas sin problema y amenazaba con “descargarlas” contra todos. En sus redes sociales publicaba frases como: “Voy a ser un tirador escolar profesional” o “quiero matar gente con mi AR-15”, justo el fusil que descargó en la escuela Marjory Stoneman Douglas.

Cruz, y las voces en su cabeza, no dejaron nada al azar: cada detalle de la matanza fue cuidadosamente planificado, meses atrás el tirador afinó su puntería, realizó un curso de uso de armas en el Cuerpo de Entrenamiento de Agentes de Reserva Junior; estudió el terreno y por eso activó la alarma de incendios de la escuela para obligar a los estudiantes a salir en masa y así lograr el mayor número de bajas. Incluso ensayó cómo sería el día de la matanza. Según sobrevivientes del tiroteo, Cruz activó la alarma varias veces días antes del desenlace fatal.

Todos sabían que Cruz era una amenaza, incluso un youtuber llamado Ben Benninght alertó al FBI sobre los comentarios preocupantes del asesino. Las autoridades los ignoraron. También quienes le vendieron el fusil semiautomático y el cargador, pues con sólo su documento y US$500 le entregaron una de las armas más letales que ya se había usado en otras matanzas en Estados Unidos, como la de Aurora (Colorado), la de New Heaven (Connecticut) y la de Las Vegas, el año pasado. Los dueños de la tienda de armas en Florida, el estado con mayor número de ciudadanos armados del país, aseguran que realizaron todo el protocolo de seguridad exigido en la venta del rifle a Cruz: el joven completó todos los formularios de compra requeridos por el Departamento de Justicia, que incluye una copia de su carné de conducir y respuestas a un cuestionario sobre enfermedades mentales.

Desde febrero de 2017 en Estados Unidos se dejó de aplicar una regulación impulsada por el expresidente Barack Obama, que exigía a la Dirección de Seguridad Social comunicarle al gobierno federal los nombres de personas con historial de enfermedades mentales para evitar que compraran un arma. Trump ordenó tumbar la norma, pues afectaba a 75.000 personas y decía “no era justo”.

Como tampoco es justo, según Trump, culpar a las armas de esta clase de tragedias. El mandatario calificó a Nikolás Cruz como un “desequilibrado mental” y prometió enfrentar “el difícil problema de la salud mental”, pero evitó mencionar medidas para el control del acceso a las armas.

Mismo discurso que repitió tras la masacre en una iglesia bautista en Texas, donde Devin Kelley, de 26 años, quien había escapado de un centro de salud mental hacía cinco años, asesinó a 26 personas. Entonces Trump dijo: “Tenemos muchos problemas de salud mental en nuestro país, al igual que otros países, pero esto no es un asunto de armas -y añadió- por fortuna, alguien más tenía una pistola y estaba disparando en la dirección opuesta”. Esta matanza ocurrió un mes después del tiroteo más violento en la historia reciente del país: Stephen Paddoc disparó desde su cuarto de hotel en Las Vegas y dejó 58 muertos.

Los defensores del porte de armas suelen culpar a las enfermedades mentales de las masacres. El senador demócrata por Florida Bill Nelson subrayó esta semana que hay que impedir que las personas con problemas mentales puedan comprar armas de fuego de gran potencia. “Un rifle AR-15 no es para cazar, es para matar”, aseguró Nelson en declaraciones a CNN, en las que dijo que posee armas y se declaró un defensor de la Segunda Enmienda de la Constitución, que protege el derecho a portar armas de fuego. ¿Son más peligrosas las personas con antecedentes mentales?

Varias investigaciones muestran que la mayoría de las personas que tienen esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión severa, entre otros trastornos mentales, no son más violentas. De acuerdo con la Fundación Kaiser, el 18 % de la población adulta de EE. UU. padece problemas mentales, de ellos y apenas un 3 % tiene acceso a servicios médicos especializados. Expertos aseguran que curar todas las enfermedades mentales sólo evitaría el 4 % de los tiroteos, aunque especifican: “Los enfermos mentales son más propensos a realizar actos de violencia si no están recibiendo tratamiento o medicación”. Cruz tenía una depresión no tratada.

Jeffrey Swanson, profesor de psiquiatría de la Universidad de Duke, explica que “la violencia con armas de fuego y las enfermedades mentales son problemas de salud pública que se cruzan en los límites, pero aclara que “entre esta comunidad es más alto el suicidio”. Miembros de la Asociación Estadounidense de Piscología recomiendan prohibir el uso de armas de fuego, pero a grupos de alto riesgo, como los perpetradores de violencia doméstica o las personas condenadas por delitos menores violentos.

Una encuesta de The Washington Post y ABC News en 2015 encontró que el 63 % del país opinaba que los problemas de salud mental eran la principal causa de las masacres; mientras que sólo el 23 % señalaba a la falta de regulación sobre el control de armas. “Esta encuesta promovió un estereotipo engañoso sobre una amplia población de estadounidenses al presentar una falsa disputa entre salud mental y política de armas. Cualquier solución implica profundamente a ambos aspectos, y mucho más”, opinó Mark Follman, editor del portal de noticias Mother Jones.

De acuerdo con The New York Times, la única variable que puede explicar el alto índice de tiroteos de masas en Estados Unidos es la cantidad estratosférica de armas. “Las cantidades sugieren una correlación que, a mayor investigación, sólo se hace más clara. Los estadounidenses constituyen alrededor del 4,4 % de la población mundial, pero tienen en su propiedad el 42 % de las armas del mundo. De 1966 a 2012, un 31 % de los tiradores que dispararon contra las masas en todo el mundo fueron estadounidenses”, según un estudio de 2015 de Adam Lankford, catedrático de la Universidad de Alabama.

Entonces, ¿por qué no tratar la violencia armada como problema de salud pública? Todo se remonta a 1996, cuando el Congreso aprobó la enmienda Dickey (la promovió Jay Dickey republicano de Arkansas) que prohibió a los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades usar dinero en investigaciones para “promover o indagar sobre el control de armas”. Aunque su promotor reconoció que el retiro de la financiación para la investigación sobre las armas de fuego han afectado el conocimiento del país sobre la violencia armada, la enmienda no se puede levantar fácilmente. Daniel Webster, director del Centro de Políticas e Investigación sobre las Armas de Fuego de la Universidad de Johns Hopkins, explicó a New Yorker que, “si el gobierno federal señalara que la violencia con las armas de fuego es un gran problema, y dijera que hará una inversión a largo plazo para comprenderlo mejor, habría muchos más científicos involucrados y sabríamos mucho más que ahora”. Los científicos que han investigado el tema son pocos y tienen que buscar financiación de fuentes privadas.

Swanson concluyó: “Debido a que sólo una mínima proporción de personas con esta combinación peligrosa (armas y desórdenes psicológicos) han sido internadas por un problema de salud mental, la mayoría no estará sujeta a las restricciones legales que aplican a la salud mental y a la posesión de armas de fuego que exigen un antecedente de hospitalización involuntaria”.

El grave problema, según algunos de los cien investigadores que en 2016 pidieron levantar aumentar las investigaciones sobre la violencia armada, es que no hay datos. “Si bien las muertes con vehículos se rastrean minuciosamente, no existe una base de datos para muertes por armas de fuego”, dice Webster.

John Snook, director del Centro de Defensa de Tratamiento, le explicó a The Atlantic que, “tienen casos donde no hay una conexión seria de salud mental, sólo hay un problema con esa persona. Esos son los casos en que las personas luchan por encontrar respuestas”.

Cruz puede estar en este grupo. Luego de escuchar las voces en su cabeza y matar a 17 compañeros, tiró el arma, compró una gaseosa y terminó en un McDonalds. Fue detenido 40 minutos después.

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