500 AÑOS DE LA REFORMA PROTESTANTE

La herencia de la Reforma en Colombia

La llegada del protestantismo a Colombia significó el establecimiento en nuestro país de iglesias ajustadas estrictamente a los postulados de Lutero, Calvino y otros reformadores.

Varias congregaciones cuyas orientaciones doctrinales obedecían a otros parámetros, bíblicos también, pero enfatizados por las denominaciones llamadas pentecostales. Para precisar este fenómeno, invitamos al sociólogo y teólogo de la Universidad Nacional, Víctor Alarcón, quien presenta un resumido panorama del protestantismo colombiano de hoy en sus diferentes expresiones y denominaciones. (Puede ver nuestro especial de los 500 años de la Reforma protestante aquí)

Lo que queda de Lutero: Un balance, a propósito de los 500 años de La Reforma

Situarnos ante los protestantismos históricos, conlleva al reconocimiento de la influencia que ejerció Martín Lutero en Occidente, y que  trajo consigo una renovación sustancial que se nutrió de tres pilares fundamentales en la conformación de las iglesias protestantes de viejo cuño: la sola fe, la sola gracia y la sola escritura, si bien cabría añadir dos más: Solo Cristo y solo a Dios la Gloria. En este sentido, el legado de Lutero pervive en las nuevas iglesias que se han separado, relativamente, de las tradiciones históricas del protestantismo, pero que conservan su influencia (la justificación por la fe, la importancia de la escritura, la salvación entendida como gracia divina). Cabe aclarar que este legado ha sido acogido indirectamente por las iglesias cristianas actuales en Colombia, ya que las mismas, mayoritariamente, no han sido el resultado de la influencia directa de los protestantismos históricos en el país que, si bien han hecho presencia evangelizadora durante muchos años, no por ello se sigue que son los que más aportan en el crecimiento exponencial que tienen los pentecostales, los carismáticos o las últimas expresiones del “evangelismo con poder” con sus múltiples variantes. Con esto se quiere decir que los “nuevos protestantismos” en Colombia son, más bien, producto de los últimos tres grandes avivamientos de la iglesia más que la mera expresión de los protestantismos históricos. 
El énfasis en la Escritura (sola Scriptura) condujo a los protestantismos históricos a una especie de objetivación de la Palabra, a la que reaccionó un sector importante del cristianismo, dando paso, con los avivamientos de la iglesia, a un despertar de la creencia que desplazó el logos como palabra escrita y objetivante: “Dios dice en su Palabra”, al rhema como palabra existencializada y subjetivante: “Dios me dice”. Esto plantea una intensificación emotiva como característica esencial de los “nuevos protestantismos”, y más allá de esto, es la facilitación, por vía de la democratización de la interpretación bíblica, de una especie de anti-hermenéutica superadora que da cuenta del actuar del Espíritu en el individuo, en tanto reivindicación del sujeto, para desembocar en formas más creativas para asumir la creencia. 
No es de extrañar, entonces, el relativo desplazamiento que ha sufrido  la persona del Hijo (Solo Christus) a favor del Espíritu, como en su tiempo se dio entre el judaísmo y el cristianismo primitivo donde la prevalencia del Hijo se hizo notoria sobre la del Padre. No debe pensarse que se ha dejado de creer en el Hijo, sino que, en “los nuevos protestantismos”, la persona del Espíritu Santo es recobrada en un  sinnúmero de dones manifestacionales que adquieren notoriedad en los nuevos movimientos más que en los protestantismos históricos. Tales dones del Espíritu dan cuenta del por qué las iglesias Pentecostales y Carismáticas insisten tanto en los milagros (taumaturgia), el hablar en lenguas (glosolalia), echar fuera demonios (liberaciones), etc.

Tocante a la doctrina  de la justificación por la fe (Sola fide), los nuevos protestantismos le han conferido al concepto (fe) un sentido ampliado que tiene que ver con el creer que la mente y la palabra dicha, tienen el poder creativo de realizar aquellas cosas que deseamos; el conocido Movimiento de Fe, o de la Fe, presupone que las expresiones verbales positivas pueden producir milagros, sanidades, dinero: “confiese que es sano”, “declare prosperidad”. Ya no es la sola fe que justifica al pecador redimiéndolo de sus culpas sino que, a su vez, la fe tiene el poder activante de realizar aquello que se piensa o se dice, es decir, la fe trasciende el ámbito de la pura confianza en Dios adquiriendo ahora un carácter posibilitador y realizador, dando paso a la instrumentalización de la fe (la fe en la fe) antes que a la  fe dependiente de Dios propia de los protestantismos históricos.
  
En referencia a otro de los pilares del Protestantismo (Soli Deo gloria), cabe mostrar la estimación que hace Lutero del trabajo cotidiano. La idea de que el más noble contenido de la conducta moral se funda en el hecho de sentir como vocación el cumplimiento de toda labor en el mundo, le confiere al trabajo una dimensión espiritual, es decir, transfiere un matiz religioso a toda acción sobre el mundo, asumida como cumplimiento de los deberes que a cada cual impone la posición que ocupa en la vida y que, por lo mismo, se convierte para él en “profesión”. Si el cumplimiento de los deberes en el más acá (siempre en relación con el más allá) constituye el medio para agradar a Dios (Soli Deo gloria), es de esperar que cada creyente  actúe para la gloria de Dios en la “realización” de una patria más justa, en paz, con equidad social (“el Reino de los Cielos se ha acercado”). Esta responsabilidad social, de acción sobre el mundo, característica de los protestantismos históricos, ha sido descuidada por los “nuevos protestantismos”; su vocación y llamado, en la base de su cariz ético, debería de expresarse en la realización de las bienaventuranzas, en la riqueza doctrinal de su capital religioso: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Todo su servicio en pro de la realización de “la gloria de Dios” en la tierra, algo de lo cual están en deuda.

A modo de conclusión cabría tener en cuenta la Sola Gracia (Sola Gratia) y qué queda de ella. Lutero en sus consideraciones sobre la salvación redescubre en la tradición paulina una verdad concomitante a la fe, y es que la redención es dada por Dios gratuitamente; no responde a las obras de los hombres, ni tiene que ver con una relación de pacto mediada por el interés sino, más bien, la salvación es un regalo de Dios, es un don gratuito. Si no lo fuese, quedarían excluidos “los pobres en espíritu, los que lloran, los humildes, los perseguidos por causa de la justicia”, aquellos que no tienen con que compensar su salvación. Lutero abogó, en este aspecto, por una fe sencilla, apartada de la simonía y los excesos, que no habita en la pompa y el lujo y que bajo ninguna circunstancia está determinada por el dinero. 

¿Qué nos queda de Lutero? (¿Dónde están los nuevos Luteros?, sugeriría la profesora Laura Muñoz) Probablemente muy poco, pero todos los males que criticó permanecen en la iglesia, de tal manera que lo menos que cabe realizar es otra “Reforma”, para tener qué celebrar dentro de otros 500 años.

(*) Víctor Manuel Alarcón Yepes. Grupo de estudios sociales de la religión. Universidad Nacional de Colombia

*Trabajo conjunto con El Medio Comunica

 

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