La historia de la Liga de las Naciones, el ancestro de la ONU

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, se sentaron por primera vez las bases de un orden internacional basado en la ley.

El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, pronuncia su discurso durante la 73ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, Estados Unidos, el 27 de septiembre de 2018. Presidencia palestina

El exsecretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, protagonista de la geopolítica del siglo XX y estudioso de la historia dice en su libro La Diplomacia:

“Casi como por efecto de alguna ley natural, en cada siglo parece surgir un país con el poderío, la voluntad y el ímpetu intelectual y moral necesarios para modificar, según sus propios valores, todo el sistema internacional”.

Este sistema internacional, desde el punto de vista occidental, construido desde la Paz de Westfalia de 1648, se debe basar en las relaciones entre Estados modernos, es decir, soberanos, laicos y seculares.

Ahora bien, Kissinger trata de explicar su frase dando el ejemplo de Francia en el siglo XVII, Gran Bretaña en el XVIII, Austria en el XIX, y por supuesto el de Estados Unidos en el siglo XX, justo después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

De hecho es en el siglo XX cuando el tipo de relaciones interestatales, basadas en la modernidad occidental, es expandido, a las buenas y a las malas, a todo el mundo, especialmente con los procesos de descolonización.

La idea de una sociedad de naciones
Al final de la Primera Guerra Mundial había una presión política al interior de cada país que pedía un cambio en el sistema internacional. Las nuevas tecnologías no solo no habían logrado que las guerras fueran más rápidas sino que generaron una mayor destrucción y un mayor número de víctimas.

El orden internacional de lo que se llamó el Concierto Europeo debía ser reemplazado por algo nuevo que garantizara la inviolabilidad y transparencia de los tratados internacionales, con sanciones para quienes incumplieran, y que se basara en el derecho de la autodeterminación a la hora de definir los acuerdos territoriales de la posguerra.

El que tuvo la fuerza para promover un orden internacional con estas características fue Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos, quien desde 1917 hablaba de la necesidad de una paz sin victoria, que estuviera al servicio de la humanidad y no solo de los vencedores de la guerra.

Wilson, al igual que los estadounidenses de su época, creía que su país era un ejemplo democrático para el mundo y estaba convencido de que el orden internacional debía contar con esos valores para garantizar la paz.

Para esto ideó una propuesta basada en 14 puntos que permitiría la construcción de la idea de una organización universal supraestatal, la Liga de las Naciones, que buscaría preservar la paz no con alianzas producto del cálculo de poder entre los Estados, sino mediante la seguridad colectiva y el comercio.

De la Liga de las Naciones a las Naciones Unidas
Si bien la Liga de las Naciones estaba inspirada en el sistema político de Estados Unidos, las dificultades empezaron en 1920, cuando el propio congreso de ese país no ratificó su integración a la Liga.

Así, el nuevo organismo se quedó sin capacidad de coerción y sin un soporte de poder realmente efectivo que hiciera vinculantes, jurídica y políticamente, sus decisiones.

Por el lado de los otros vencedores de la guerra, Francia estaba más preocupada por un control casi directo sobre Alemania para garantizar un equilibrio militar, ignorando el principio de paz sin victoria, mientras que Gran Bretaña prefería mantener una distancia prudente de los asuntos continentales para no verse arrastrada a posibles conflictos donde no tenía territorios.

Así fue como el intento wilsoniano quedó a merced de los cálculos de poder de los gobiernos fascista y nazi que llevaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial con la blitzkrieg (guerra relámpago), una estrategia militar basada en una aviación bastante efectiva para la época.

Cuando esta confrontación termina, en 1945, los aliados tenían la responsabilidad de diseñar un nuevo orden internacional que garantizara la paz, y en su análisis de las causas del conflicto todos coincidieron en que la guerra se había vuelto a desatar porque se habían abandonado los ideales democráticos y constitucionales de la paz sin victoria de Wilson.

Esto llevó a retomar el idealismo wilsoniano bajo la Organización de Naciones Unidas y a que los procesos de descolonización derivaran en la creación de nuevos Estados-nación de corte occidental, con fronteras definidas arbitrariamente en numerosos casos.

Aunque el orden internacional que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la ONU por un lado y la dinámica Guerra Fría por el otro, no fue perfecto ni es perfecto ahora, sí puede decirse que la idea de una sociedad de naciones surgida hace 100 años, después de la Primera Guerra Mundial, ha transformado al mundo de manera positiva.

La Liga de las Naciones (1920-1946)
La organización alcanzó a contar con 57 miembros y tuvo tres idiomas oficiales: inglés, francés y español. Luego se promovió sin éxito la idea adoptar el esperanto.

Alcanzó a lograr soluciones pacíficas de conflictos menores, como por ejemplo la disputa entre Alemania y Polonia por la Alta Silesia (1921), incidentes fronterizos entre Grecia y Bulgaria (1925) o el diferendo fronterizo entre Colombia y Perú (1938).

También prestó apoyo a la solución de conflictos de mayor envergadura, aunque no siempre tuvo éxito: el incidente de Corfú (1923), la invasión japonesa de Machuria (1931) y la invasión italiana de Abisinia (1935).

En 1936, la Liga fue la encargada de cuidar el patrimonio del Museo del Prado, a petición de la República Española, durante la guerra civil.

También, por encargo del Tratado de Versalles, administró algunos territorios que Alemania había ocupado dentro y fuera de Europa, así como del Imperio Otomano, que vio su fin cuando Mustafá Kemal Ataturk, primer presidente de Turquía, abolió el sultanato en 1922.