La lucha de una madre a la que le dejaron su bebé muerto en el vientre

Ciro, su primer hijo, murió faltando mes y medio para nacer. “Los médicos me dejaron con mi bebé muerto por casi 9 horas en una sala de espera llena de mujeres embarazadas”, asegura Johanna Piferrer, una argentina que sufrió violencia obstétrica.

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Era una tarde de octubre en Argentina, más exactamente en Avellaneda. El llanto de los recién nacidos se escuchaba casi por todo el hospital, a su alrededor había mujeres con niños en brazos y otras con sus grandes barrigas esperando el turno para ser atendidas. Johana no lo podía creer, Ciro, su primer hijo había dejado de vivir. 

Todo ocurrió en 2014, un año que prometía grandes cambios en su vida. Para el 6 de octubre estaba programado el chequeo médico en la institución en donde le habían atendido todo el embarazo. Una instittución privada.  

“Me pusieron los aparatos para buscar a mi hijo, luego de unos minutos los doctores no escuchaban el latido de su corazón. Decidieron cambiar el aparato, por la sospecha de que estuviera dañado. Tampoco funcionó, su corazón no se oía”, asegura Johanna Piferrer, una mujer de 35 años, en diálogo con El Espectador. 

De urgencia fue llevada al primer piso del hospital para que le realizarán una ecografía que confirmó lo inevitable: el corazón de Ciro había dejado de latir. 

“En un acto de desesperación me levanté de la camilla y abrace a Germán, el padre de Ciro, las lágrimas nos invadieron. Los dos estábamos tirados en el piso, completamente solos. Los médicos nos abandonaron, ni un psicólogo llegó al lugar a contenernos”, cuenta la mujer, quien recuerda uno a uno los detalles de ese trágico momento. 

Su caso fue remitido a un obstetra, que en ese momento se encontraba recibiendo un parto. “Una situación completamente diferente a la nuestra”.  

“Nos dejaron esperando al doctor en una sala de espera en el área de maternidad. Estábamos solos en medio de mujeres embarazadas, con familiares que traían regalos y flores. El llanto de los recién nacidos no paraba”. 

Al ser atendidos por el obstetra les informó que se trataba de una muerte perinatal, porque se originó después de las 20 semanas de gestación. “Nos indicó que solo con la autopsia, si decidíamos hacerla, podríamos establecer la razón de la muerte de Ciro”. 

“Salimos del hospital bajo la autorización del doctor, con una panza de 33 semanas y sabiendo que Ciro ya estaba muerto”. Inmediatamente llamaron a sus familiares. Al ingresar nuevamente al lugar fue internada en maternidad para inducir el parto, como si fuera un parto normal. “Yo no quería, no estaba preparada ni física ni psicológicamente, entonces decidieron realizarme la cesárea pero hasta el otro día, asegurando que mi situación no era una urgencia”. 

Sobre la medianoche el obstetra le realizó la cesárea, aunque las súplicas de Johanna fueron para no ser llevada a la sala de maternidad, no le hicieron caso. “Pedimos atención psicológica y solo nos la brindaron 72 horas después de la cesárea. Luego de la cesárea, me acuerdo que iba en la camilla, dopada, y puedo recordar los carteles con los nombres de los recién nacidos colgando de las puertas”. 

Su cuerpo, débil, maltratado, no era el mismo. De sus senos brotaba leche y aunque le dieron un medicamento para que esto parara, fue imposible. “Tenía mucha leche. La enfermera solo me dijo ‘te tenés que apretar las tetas mamita’, y se fue sin explicarme cómo hacerlo”. 

Ante la pregunta de si querían realizarle la autopsia a Ciro respondieron que sí. Su hijo, que nació pesando 2.300 kg, fue puesto en una caja de documentos con un certificado de defunción que decía, feto N.N de 33 semanas de gestación masculino. El certificado estaba a nombre de Johanna Piferrer. 

Al dolor de la pérdida de su hijo se le suma el trato recibido por parte de la entidad y el hecho de no tener dinero para sacar el cuerpo de Ciro en un ataúd. “ Nos daban la opción de llevarnos a mi hijo en esa caja o dejarlo en el hospital para desecho patológico. Por suerte entre familiares y amigos juntamos la plata y pudimos llevarnos a Ciro dignamente”. Eligieron cremarlo. 

La autopsia realizada reveló que el bebé llevaba 48 horas muerto. Lo que no logró mostrar fue el motivo de su fallecimiento. 

 "Ciro Nicolas Términe", es el nombre que tatuó en su brazo y que la acompañará por siempre. 

“En ese lugar recibí violencia obstétrica, ellos trataron el tema como les pareció, en ese lugar no existe un protocolo de atención frente a estas pérdidas. Queda a merced de la institución y de los profesionales que atienden, sin respetar una sola decisión de los pacientes”.

 

Violencia obstétrica: un trato denigrante 
“Creo que la violencia obstétrica se ejerce en el trato denigrante y humillante, creo que es el no respetar las decisiones de las mujeres sobre su cuerpo”, asegura Johanna tres años después de la pérdida de su hijo. 

Según un estudio realizado por la Unesco, la violencia obstétrica puede definirse como el tipo de violencia ejercida por el profesional de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres. Se expresa en mayor medida en el trato deshumanizado hacia la mujer embarazada, en la tendencia a patologizar los procesos reproductivos naturales y en múltiples manifestaciones que resultan amenazantes en el contexto de la atención de la salud sexual, embarazo, parto y posparto.
Para ella, la manera más fácil de erradicar este problema es “empoderando a la mujer, enseñarle que tienen derechos”. 

Johanna Piferrer realizó en 2014 una denuncia a las entidades de salud que la atendieron, entidades de las que ella prefiere reservar su nombre como medida de seguridad, y fue presentada ante el Ministerio de Justicia y DD.HH de la Nación, pero fue hasta este año cuando le asignaron la primera audiencia. “Será un juicio civil por daños y perjuicios”. 
“Lo que quiero es que se implemente un protocolo para que el personal de Salud sepa qué hacer cuando a una mamá se le muere un bebé en el vientre. Facilitar a las mujeres el acceso a la información sobre cuáles son sus derechos y cuál es la forma de denunciarlos”.  

Johanna decidió seguir con su vida, luchar por los derechos de las mujeres que han recibido este tipo de violencia. Ya no comparte su vida con el padre de Ciro. Las cenizas de Ciro fueron esparcidas en el mar.