La noche en que Notre Dame ardió en llamas

La prensa mundial lamentó el incendio porque, decían, ponía en peligro un monumento mundialmente conocido que atrae a 14 millones de turistas al año, una cifra cercana a Disney World. Reducción utilitarista.

El 15 de abril el fuego arrasó parte de la catedral de Notre Dame. AFP

La del 15 de abril fue una noche trágica: Notre-Dame fue envuelta en llamas. Entonces, poco a poco se reunió alrededor de la catedral una multitud inmensa, impotente,  pero en comunión con ese incandescente espíritu de piedra. Era un pueblo silencioso. Luego, de repente, cantaban o rezaban el “Dios te salve María”.

En la Place Saint Michel, en el Quai d’Orléans, en el Pont Saint Louis, la conmoción se sublimaba en un canto que nada tenía de ofensivo, pero en el cual se manifestaba el eco de un alma colectiva que, desde la Edad Media rodea a esta figura protectora de París.

Muchos han celebrado, como Víctor Hugo, a “Nuestra Señora de París” (1831), pero no siempre se dice que esas campanas emocionan hasta a los más adustos y animan a toda la ciudad.

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Lo más sorprendente era el clima de piedad que reinaba alrededor de la catedral. Había en el ambiente algo similar al pensamiento meditativo. Me viene a la memoria la observación de Heidegger, quien consideraba “el pensamiento como un ejercicio de la piedad”. Piedad (piété), característica de quienes son piadosos (pieux). Pero “pieu” es, además, la pieza de madera que permite mantenerse en pie (la estaca). Notre-Dame es como un “pieu” fijado en la tierra para servir de fundación a todo un ser colectivo.

La prensa mundial lamentó el incendio porque, decían, ponía en peligro un monumento mundialmente conocido que atrae a 14 millones de turistas al año, una cifra cercana a Disney World.

Reducción utilitarista, de corto vuelo, que ignora por completo la fuerza del imaginario, causa y efecto de la obra. En efecto, los constructores de la catedral estaban motivados por otro objetivo: la encarnación de lo sagrado. La conmoción colectiva que se experimentaba ante Notre Dame en llamas no era más que la pervivencia de lo que Joseph de Maistre llamaba “residuo divino”.  

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El residuo es el sólido sustrato de toda la sociedad, incluso de toda cultura. El residuo, como el “pieu” de la “piété”, está enraizado en un lugar, pero no deja de resplandecer en un espacio mucho más amplio. Bastaba con escuchar, en la multitud, los murmullos pronunciados en lenguas latinas, para comprender la “unidiversidad” que simboliza Notre-Dame. Ella reúne lo disperso. Es el prototipo mismo del “arraigo dinámico” propio del “comercio” en el sentido más amplio del término, premoderno antes, posmoderno ahora.

Es el “comercio” que se encuentra en la novela de Víctor Hugo, donde Quasimodo, Esmeralda, la Gitana y el hermoso Phoebus de Châteauperce, se entremezclan en una sinfonía barroca donde hablar en varias lenguas no desvirtúa la unicidad fundamental en torno a un principio común. En este caso, la nostalgia de lo lejano, la del hombre de deseo, perturbado siempre por la trascendencia. Es precisamente lo que traducen las oraciones, los cantos espontáneos y el llanto sin vergüenza: una trascendencia inmanente que reconforta al pueblo reunido.         

El sociólogo Émile Durkheim hablaba de “ritos piaculares”, es decir, ritos de llanto. Son momentos donde la emoción colectiva tiene una función carismática, es decir, de unión y de comunión. Asistimos al renacimiento de vínculos que el individualismo moderno no logró romper y que encuentran, en ciertos momentos, una fuerza y un vigor innegables.

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El parloteo mediático o político “perora” sobre la atracción turística de la catedral, aspecto bien lejano de su ser esencial. Pues, más allá o más acá del turismo, la verdadera atracción es espiritual e incluso sacramental: hace visible una fuerza invisible, aquella que consiste en satisfacer la necesidad de un más allá por fuera del encierro egotista de la modernidad. Esta dialogía de lo visible y lo invisible se impone sobre la mercantilización dominante.

Así, más que la destrucción de una joya del patrimonio de la humanidad, lo angustiante era ver desaparecer un verdadero matrimonium colectivo, es decir, un lugar que sirve de matriz espiritual a toda vida en sociedad.

Pero, tal como sucede en el hombre, hay que, según la expresión de San Agustín, “In te ipsum red”  (entrar en sí mismo para renacer). Todo es símbolo. En la nave, la cruz luminosa seguía brillando sobre el altar central. Tal vez debamos entender este incendio como una “catabasis”, un descenso a los infiernos, que puede indicar una resurrección por venir. Algo así se sentía en la piedad colectiva ante Notre-Dame de París, en llamas. 

*Profesor Emérito de la Sorbonne. Miembro del Instituto universitario de Francia

Traducción de Pablo Cuartas

 

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Michel Maffesoli*

El Mundo

La noche en que Notre Dame ardió en llamas

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