Estados Unidos y los talibán negocian desde hace un año
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La paz en Afganistán es a cualquier precio

La guerra en este país, desatada hace 18 años, es la más larga, costosa y sangrienta que ha enfrentado EE. UU. en las últimas décadas. ¿La salida? Un acuerdo de paz, aunque este no garantice el final del conflicto para los afganos.

Fuerzas de seguridad del gobierno afgano patrullan el área en la que ocurrió el ataque talibán en la ciudad de Kunduz. / EFE
Fuerzas de seguridad del gobierno afgano patrullan el área en la que ocurrió el ataque talibán en la ciudad de Kunduz.EFE

El acuerdo de paz entre Estados Unidos y los talibán parece inminente. Eso sí, los efectos secundarios de lo que en principio podría ser un hecho histórico (culminaría un sangriento conflicto de más de 18 años), posiblemente no son los mejores y podría sentenciar el comienzo de una nueva guerra interna entre los talibán y el gobierno afgano. Ayer, el representante especial estadounidense para los esfuerzos de Paz, Zalmay Khalilzad, presentó al gobierno afgano en Kabul una copia del borrador del acuerdo con los talibán para que lo someta a consultas. Luego de un año de negociaciones, el actual gobierno afgano no tiene idea de lo que se negocia, pues los talibán los marginaron de la mesa de conversaciones porque los consideran “títeres de Washington”.

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El punto que frena la firma del acuerdo de paz es la exigencia de los talibán para que se retiren las casi 20.000 tropas extranjeras (EE. UU. y OTAN) que siguen en el país tras 18 años de ocupación, a cambio de garantizar que ninguna agrupación terrorista use el territorio afgano como base.

Washington atacó Afganistán en 2001, luego de lo sucedido contra las Torres Gemelas. El entonces presidente George W. Bush le exigió a Afganistán, que era gobernado por los talibán, entregar a su socio Osama bin Laden, responsable de los ataques. No lo hicieron y se desató una guerra que deja hasta el momento 38.000 víctimas, 3.812 de las cuales corresponden solo a la primera mitad de 2019. Ha sido también un conflicto costoso: Washington ha invertido US $800.000 millones.

Pero, ¿son reales las intenciones de paz del talibán? Mientras negocian con EE. UU., en su país siguen cometiendo ataques. Este sábado, en la ciudad de Kunduz, cerca de 80 personas murieron y 70 quedaron heridas luego de un ataque suicida perpetrado justamente por los talibán, quienes además infiltraron en la ciudad a cientos de insurgentes. Este lunes la arremetida talibán fue en Kabul: un carro bomba causó decenas de víctimas.

Sin embargo, el portavoz del palacio presidencial, Sediq Sediqqi, consideró que los talibán “desafortunadamente no están interesados en la paz y su ataque es completamente contradictorio con lo que dicen en la negociación de Doha, además de una muestra de la clara hostilidad del grupo hacia los civiles”.

De los ataques se pueden sacar varias conclusiones. La primera es que, pese a la presunta voluntad de los talibán en llegar a un acuerdo de paz, sus acciones van en la línea opuesta. Un informe publicado por la ONU aseguró que los cuerpos antigubernamentales causan el 52 % de los asesinatos en el país y el 38 % de estos están atribuidos a los talibán.

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La segunda es que la elección presidencial afgana se celebrará en tan solo un mes (28 de septiembre), lo cual explicaría el afán de Estados Unidos por llegar a un acuerdo. Por eso EE. UU. se comprometería a retirar las tropas cuatro meses después de la firma del tratado si los talibán cumplen sus compromisos.

Según Mujib Mashal y Fahim Abed, periodistas de The New York Times, “es una carrera contra el tiempo, pero también son contiendas rivales donde se enfrentan prioridades que han enemistado a los funcionarios del presidente afgano, Ashraf Ghani, y a los funcionarios estadounidenses. (...) Estados Unidos está ejerciendo mucha presión para llegar a un acuerdo, el cual llevaría de inmediato a la apertura de charlas directas entre los insurgentes y el gobierno afgano”.

El general Atiqullah Amarkhil, analista político afgano, aseguró a la agencia EFE que “será un acuerdo inestable y deficiente. No creo que con él finalice la guerra, sino que dará comienzo a otra. Será importante ver si después del acuerdo de paz los talibán estarán listos para aceptar la democracia, la libertad (...) o simplemente esperarán a que los estadounidenses se vayan para tomar el país por la fuerza”.

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Sobre el tema, la profesora de la Universidad del Rosario, Arlene B. Tickner, afirmó en una columna publicada en este diario: “A sabiendas de que el grupo insurgente no se conformará con unos curules en el parlamento, sino que aspira ejercer una cuota considerable de poder en la política nacional, si no controlar ciertas zonas de Afganistán donde ejerce presencia estatal de facto y participar eventualmente en las fuerzas de seguridad, la sincronización entre las negociaciones con Estados Unidos y el diálogo intra-afgano que recién ha comenzado por una vía paralela, se convierte en una necesidad urgente”.

El director del Centro de Investigación Estratégica Qased (QSRC), Abdul Baqi Amin también advirtió sobre los riesgos de dejar en el aire a un país políticamente inestable. “Para que esas negociaciones intra-afganas tengan éxito, deberán estar respaldadas por la comunidad internacional, en especial Estados Unidos". Por último, instó a que Washington actúe con responsabilidad y evite que los afganos inicien una nueva contienda civil.

Una relación inestable

Afganistán, ubicado en el corazón de Asia Central, ha sido históricamente un territorio en disputa. Sin embargo, el conflicto actual se remonta a 1978, cuando un golpe militar llevó al poder a un grupo de jóvenes oficiales de izquierda que quisieron implementar un régimen comunista. Como respuesta surgieron guerrillas islamistas llamadas Mujahidines, que se levantaron en armas contra el gobierno, por lo que la URSS, en 1979, decidió intervenir. “La invasión soviética” llevó al entonces presidente de EE. UU., Jimmy Carter, a armar y financiar a estos grupos de oposición y reforzar las guerrillas con árabes y musulmanes de ideología islamista radical, entre ellos el saudita Osama bin Laden. Lo que no sabían es que la cura les iba a resultar peor que la enfermedad, y que habían sembrado la semilla del poder talibán al que después tendrían que enfrentarse.

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El conflicto generó un enorme desplazamiento de afganos hacia Pakistán e Irán; el gobierno de la URSS, dirigido por Mijail Gorbachov, decidió sacar a sus tropas del país en 1989, diez años después, tras firmar un tratado con EE. UU., Pakistán y Afganistán; pero nada de esto trajo un periodo de paz. EE. UU. estableció un gobierno que no tenía autoridad y que fue rechazado por la oposición, recrudeciendo la guerra civil. Incluso en 1992, las guerrillas islamistas se tomaron la capital, Kabul, y se hicieron con el poder del país en 1996. Cada vez tomaron más fuerza.

En 2001, tras los ataques del 11S, EE. UU. se enfrentaba a esos que había armado y entrenado. Un grupo no solo fuerte militarmente, sino radical: en el poder impusieron su control y su interpretación extrema del islam. Cambiaron de raíz la vida diaria en el país, impusieron reformas restrictivas de la libertad de acción y decisión, regularon la forma de vestir, la libertad de tránsito, el comportamiento en público (especialmente de las mujeres) y sus prohibiciones debían cumplirse o eran castigadas con penas físicas. Tras su fortalecimiento, Afganistán volvió a ser invadido, esta vez por Estados Unidos.

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En octubre de 2001, EE. UU. lanzó la Operación Libertad, en colaboración con el Reino Unido y una coalición internacional. A punta de acciones militares y bombardeos aéreos las tropas occidentales lograron derrotar al régimen talibán, que se replegó, pero nunca desapareció. El conflicto transformó al país en “el reino del terror”, según Amnistía Internacional. Aunque el gobierno de Trump prometió que Estados Unidos “lucharía para ganar” en Afganistán, sus intentos de presión para firmar un acuerdo con los talibán, a espaldas del gobierno afgano, parecen estar lejos de materializar esa paz de la que se habla en el papel.

 

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- Redacción Internacional

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