El presidente de Venezuela que pocos reconocen

La resistencia de Nicolás Maduro

Este jueves, en Caracas, será la segunda posesión presidencial de un hombre que sigue intentando mantener el chavismo con vida. Ante el Tribunal Supremo de Justicia presentará el juramento que lo tendrá en el poder hasta 2025.

Maduro junto a su esposa, Cilia Flórez, en el primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez, en 2014. EFE

Para armar el esqueleto de la vida de Nicolás Maduro y entender su vocación por el socialismo, así como su fascinación por la quimera de un país de libertades para todos, hoy transformado en una nación de necesidades, hay que empezar por su padre: Jesús Nicolás Maduro García, un economista elegante, de porte intimidante y voz suave, que con su presencia hacía perder el dominio de la palabra hasta al más aplomado de los oradores. También hay que mencionar las tardes de su infancia escuchando Radio Habana Cuba, la emisora de los trabajadores, que servía como megáfono al mundo para divulgar lo que soñaba el entonces líder de la revolución: Fidel Castro. En el hogar de los Maduro Moros se gestó el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), un partido político fundamentado en doctrinas socialistas y en el levantamiento como único camino para desmantelar el poder de la oligarquía venezolana mediante el método dialéctico del razonamiento y la confrontación de ideas.

Por eso no es sorpresivo que Nicolás haya rechazado la formación académica tradicional y no haya terminado el bachillerato, pues sus intereses fueron direccionados desde niño a ir en contra de lo establecido, a pensar en los demás y trabajar para los demás, a ser de izquierda y soportar el vivir siempre a la defensiva en un país de derechas.

Sus detractores tienen otra versión de este suceso, partiendo de un acta de nacimiento desconocida y, por ende, de un requisito no cumplido para graduarse de secundaria. “Puede que no la haya presentado para ocultar que era colombiano y que fue registrado en Cúcuta luego de que una partera atendiera a su madre, Teresa Moros, en el barrio Torcoroma de esa ciudad”, dice una periodista venezolana que prefiere no ser nombrada, pero que reconoce que los rumores son tantos que pueden llegar a confundirse con la verdad. “Si tiene nacionalidad colombiana es inconstitucional que sea nuestro presidente, pero la cortina que ha puesto es tan grande que tratar de levantarla es imposible”, añade con relación a un tema vetado en el vecino país, pues lo que se sabe de Maduro es lo que él ha querido que se sepa.

Pero volvamos a Caracas y a la juventud de Nicolás entre reuniones de la Liga Socialista y los toques de conga y bongó con su grupo de salsa. Sí, porque mientras leía sobre la revolución en la Unión Soviética y en Cuba, también escuchaba las letras de Rubén Blades, con quien sintió afinidad por su mensaje de transformación social, por la voz de protesta en medio de las notas musicales y de los coros, y con quien en 2017 tuvo un intercambio fuerte tras las críticas del cantautor panameño a Venezuela. “Rubén, porque te admiro te respondo: yo soy Pablo Pueblo, Rubén. Y tú pareces Pablo Rico, pues te olvidaste de tus raíces”.

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En esa época convulsa, en la que ser de izquierda llegó a ser una moda, Maduro conoció a David Nieves, un líder revolucionario que se sintió cautivado por su vehemencia a la hora de actuar, por verlo tirar piedra en manifestaciones colosales para después justificar sus hechos con una licencia de sabio que cubría su timidez y por ser un temerario al que no le importaba que lo cogieran a tiros por andar pintando una pared, o que lo metieran en una celda putrefacta, sin dejarlo ver la luz del día, a punta de insultos, patadas y bolillazos. Pero lo que más le gustó fue que Nicolás era inconforme como muchos, líder como pocos, y que su vocación estaba todavía en un estadio embrionario a la espera de un mentor. Y que en él la lealtad era una cuestión de vida o muerte.

Nieves —uno de los responsables del secuestro del estadounidense William Niehous, presidente de la Owens Illinois en Venezuela (se dice que los padres de Maduro estuvieron involucrados y que por eso se refugiaron en Colombia mientras se apaciguaron los ánimos) y el primer hombre en salir de la cárcel por voto popular (estuvo nueve años sometido a torturas por su militancia en grupos de izquierda)— vio en Maduro a una persona maleable, obediente y que desarmaba a cualquiera con su sentido del humor álgido. Por eso lo incitó a que se vinculara a una gran empresa estatal para que hiciera parte del sindicato.

Y así fue como Nicolás llegó al Metro de Caracas, una de las organizaciones más sólidas de la época, como operador de transporte superficial y con el objetivo de que traspasara a los demás esa fascinación por el riesgo que tienen los idealistas, aunque sepan de antemano que serlo es su mayor peligro. En el registro oficial aparecen veinte memorandos, de los cuales diez tienen el mismo texto: “No se presenta a su lugar de trabajo y no ha justificado su ausencia”. De hecho, son pocos los compañeros que recuerdan las veces que lo vieron manejar uno de los buses. Incluso, recibió otro aviso por estrellar un carro particular y huir del lugar de los hechos.

Lo anterior deja claro que su intención no era trabajar como cualquier otro, que la misión del Pajarote —como era conocido por su enorme talla y su fama de espantar a los bravucones— era la de plantar la semilla del socialismo y cultivarla con la crudeza de la realidad venezolana, con la franqueza del camino tomado.

El hombre, que según la oposición tiene una vida inventada y enigmática, también estuvo en Cuba cuando tenía 24 años, pues uno de los hermanos Corredor, de gran influencia en su pensamiento, no pudo viajar a una invitación de formación doctrinal y le cedió el cupo en la Escuela Nacional de Cuadros Julio Antonio Mella. “El tipo siempre ha estado en el lugar correcto y en el momento correcto. Así fue cuando de niño vendió helados en el carro Ford Fairlane de su papá, cubriendo la falta temporal de uno de los empleados; cuando le dijeron que fuera a Cuba y, lo más reciente, cuando Hugo Chávez lo dejó como el encargado de la nación”, dice Laura Castillo, periodista que se ha dedicado a reconstruir la vida de Maduro.

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En 1986 conoció a Fidel Castro y quedó encandilado con su hábito de la conversación, sorprendido por la fragilidad de su voz, que no mermaba la dureza de sus ideas, y enamorado por su oficio de ir a buscar los problemas al lugar donde se generaban. “Me enseñó la dignidad que debe tener América Latina y el valor de la hermandad entre los pueblos afines en ideas. Por eso le estoy eternamente agradecido”, dijo Maduro en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 29 de noviembre de 2016, un día después de la muerte del líder cubano.

Esa formación socialista, sin embargo, no le ha impedido equivocarse por montones a la hora de asumir las riendas de un país que, desde los últimos años de Hugo Chávez en el poder, ya estaba en crisis: violencia, escasez y una migración obligada de millones de venezolanos que huyen para llevar una vida medianamente digna, para continuar con un camino que se hace imposible en una nación que cerró el 2018, según el Parlamento, con una hiperinflación del 1’700.000%, es decir, lo que a principio de año costaba un bolívar hoy vale 17.000. Y todo esto lo sufre un pueblo que le teme a sus propios mandatarios, que no cree en la legalidad de sus instituciones. “No sabe tomar decisiones y es terco. Y testarudo. Y no se da cuenta de que el socialismo del siglo XXI no funciona y que mientras él y su familia llevan una vida de oligarcas por todo el planeta, su gente sufre”, asegura un miembro de la Mesa de Unidad Democrática.

El respeto infundado en el miedo ha alejado a las masas que antes apoyaban al chavismo de manera incondicional, ha hecho que los más pobres se transen en posiciones políticas por suplir sus necesidades básicas insatisfechas y que una nación cuya vida florecía por la riqueza ahora vague en medio de la penumbra de la corrupción. “No necesitamos ayuda humanitaria. Somos un país pujante, trabajador y no de mendigos. Todo lo solucionaremos con una fórmula que combine solidaridad, amor y socialismo”, dijo en diciembre de 2017 en su habitual programa Los Domingos con Maduro.

La otra mitad de Maduro

Aunque Cilia Flores no es la primera esposa de Maduro (estuvo casado con Adriana Guerra, secretaria de Nieves en el Congreso Nacional), esta abogada es responsable, en parte, de la atracción política que sintió Nicolás por Hugo Chávez, pues fue ella la que hizo parte del grupo de juristas que lo ayudó a salir de la cárcel luego del fallido golpe de Estado al gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992 (26 de marzo de 1994). Las entrevistas y los discursos no solo le causaron una admiración por el entonces teniente coronel del Ejército, sino por su más férrea defensora, por una mujer con voz de mando militar, con mirada profunda y segura de su conocimiento.

“Ambos fueron diputados y entre los dos ayudaron a que se aprobara en la Asamblea la conocida Ley Habilitante, a través de la cual se le delegó una facultad absoluta a Chávez para gobernar. Eso fue en el año 2000 y desembocó en el golpe de Estado de 2002, un suceso efímero, pues 48 horas después Chávez estaba al frente de todo. Se dice que por esos dos días ambos huyeron a Cúcuta y se escondieron en la casa de unos conocidos para no estar en el ojo del huracán”, rememora Castillo.

Si bien Cilia llegó a tener más poder que su esposo, pues fue la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional (2006), además de ser nombrada procuradora (2012), ella, a la que el pueblo acusa de apelar al nepotismo, siempre buscó enaltecer las cualidades de Maduro y tapar sus debilidades o despistarlas con campañas muy bien planeadas. Una estratega con un talante similar a su aspecto y con una premisa clara: una cosa es mentir para engañar y otra muy diferente es ocultar la verdad para preservar un estatus. “Esa mujer es la que manda en el Palacio de Miraflores. Y Maduro le hace caso en todo. Puede que ahora procure manejar un perfil bajo, que solo haga presencia en actos públicos, pero no necesita decir nada para que uno se dé cuenta de que ella es incluso más radical que su esposo”, comenta un periodista que prefiere no ser mencionado.

Ella dio el primer paso para que Maduro se volviera la sombra de Chávez, para que el comandante confiara más en él que en sus propios militares, por verlo conciliador, tranquilo y no reaccionario, como Diosdado Cabello. “Era el único que sabía lo que estaba pasando con Chávez en Cuba, de su enfermedad, hasta de su convalecencia. Y estuvo a su lado en sus últimos instantes. Y eso aún le duele mucho a Cabello”, apunta Castillo.

Por eso este jueves Cilia estará al lado de Nicolás Maduro en su investidura como presidente de Venezuela, como lo hizo cuando Chávez lo nombró canciller por su capacidad mediadora y de disimular el desgaste mental. Porque ella es, en gran parte, la causante de que Maduro siga prometiendo mantener con vida el chavismo así la suya y la de Venezuela se esfumen lentamente.

@CamiloAmaya

 

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