La violencia impulsa un aumento migratorio en México

Las medidas en contra de la inmigración ilegal han frenado drásticamente el número de centroamericanos y otras personas que intentan entrar a Estados Unidos. Sin embargo, los mexicanos, que no han sido afectados por estas restricciones, están también migrando en grandes cantidades, en muchos casos escapando de la violencia en aumento en su país.

Un campamento de migrantes esn Ciudad Juarez, Mexico. Celia Talbot Tobin/The New York Times

Las medidas en contra de la inmigración ilegal han frenado drásticamente el número de centroamericanos y otras personas que intentan entrar a Estados Unidos. Sin embargo, los mexicanos, que no se han visto limitados por algunas de las mismas restricciones, han estado llegando a la frontera en grandes cantidades, en muchos casos escapando de la violencia en aumento en su país.

Miles han quedado varados durante semanas en Ciudad Juárez y otras ciudades fronterizas, esperando a que les den permiso para cruzar a Estados Unidos con el fin de solicitar asilo. Los defensores de derechos humanos dicen que este cuello de botella viola las leyes estadounidenses e internacionales, pues obliga a los migrantes a quedarse en un país donde sienten que sus vidas están en riesgo.

“Aquí tenemos miedo porque nunca sabes si en cualquier momento alguien va a llegar a asesinar a una persona”, dijo Juan, de 55 años, trabajador de una granja, originario del estado de Zacatecas, quien huyó con diez miembros de su familia después de que su hijo escapó de un grupo criminal que lo estaba presionando para unirse a sus filas.

“Sin importar dónde estemos en México, las pandillas pueden encontrarnos”, dijo Juan, que, como muchos solicitantes de asilo entrevistados para este artículo, pidió que solo lo identificaran con su primer nombre, pues teme por su seguridad.

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El gobierno de Trump ha buscado reducir la inmigración —legal e ilegal— de manera agresiva implementando medidas más restrictivas. Esas medidas incluyen enviar de vuelta a México a los migrantes provenientes de distintos países mientras sus casos migratorios se procesan en los tribunales estadounidenses, y obligar a los migrantes a solicitar asilo primero en los países por los que pasaron en su viaje a Estados Unidos.

El gobierno de Trump también ha presionado al gobierno mexicano para que tome medidas más estrictas en cuanto a la migración ilegal, lo cual ha llevado al despliegue de miles de integrantes de las fuerzas de seguridad mexicanas para ayudar a detener a los migrantes indocumentados que viajan hacia el norte.

Esas estrategias han provocado una disminución drástica del número de migrantes que tratan de cruzar a Estados Unidos, según los funcionarios.

No obstante, estas políticas han tenido poco impacto en la migración mexicana porque no pueden evitar que los mexicanos recorran su propio país para llegar a la frontera norte. Además, una vez que solicitan protección, los solicitantes de asilo mexicanos que han entrado a Estados Unidos no pueden ser devueltos a casa a menos que sus peticiones sean rechazadas.

Aunque el número total de migrantes arrestados a lo largo de la frontera suroeste se ha desplomado, el número de mexicanos aprehendidos ha aumentado: alrededor de 17.000 mexicanos fueron detenidos mientras cruzaban entre los puertos de entrada en octubre, un aumento del 34 por ciento desde julio, de acuerdo con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos.

El número de mexicanos que buscan asilo en Estados Unidos también se ha disparado en meses recientes, de acuerdo con defensores y funcionarios mexicanos.

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Conforme han aumentado los números, los guardias de la frontera estadounidense en su mayor parte han rechazado a los solicitantes de asilo en las entradas oficiales de la frontera, pues dicen que no tienen la capacidad de recibir a nuevos solicitantes, según señalan los migrantes y sus defensores.

Esta práctica ha obligado a miles de mexicanos a esperar a lo largo de la frontera para tener la oportunidad de presentar su solicitud en Estados Unidos. Aquí en Ciudad Juárez, han estado durmiendo bajo lonas de plástico en campamentos precarios cerca de los tres principales puentes fronterizos, soportando las bajas temperaturas y las lluvias extremadamente frías.

Los mexicanos se han unido a muchos miles de solicitantes de asilo provenientes de otros países que también se han visto obligados a esperar en México después de que Estados Unidos comenzó a restringir severamente el número de casos que procesa al día, un sistema conocido como “dosificación”.

Los defensores de los migrantes dicen que la demora burocrática es particularmente peligrosa para los mexicanos, que se ven obligados a esperar en el país del que tratan de escapar.

El gobierno de Trump “está enfocado en reducir la inmigración a cero y, al hacerlo, está destruyendo de nuevo un sistema establecido por el Congreso para proteger a las personas más vulnerables que llegan a nuestras fronteras”, comentó Shaw Drake, asesor de políticas del Centro de Derechos Fronterizos de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles en El Paso, Texas (ACLU, por su sigla en inglés).

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La ACLU presentó una queja el mes pasado ante la Oficina del Inspector General en el Departamento de Seguridad Nacional con la que pedía una investigación acerca de la práctica de dosificación, con un enfoque especial en el impacto de la política en los migrantes mexicanos.

En semanas recientes, el gobierno de Trump ha lanzado discretamente un programa piloto en El Paso diseñado para acelerar las adjudicaciones de los migrantes mexicanos que buscan asilo, así como agilizar el regreso de los solicitantes rechazados. La iniciativa se impone ahora que los funcionarios de Seguridad Nacional han expresado su frustración por el aumento reciente de migrantes mexicanos que cruzan la frontera.

El Departamento de Seguridad Nacional no respondió preguntas acerca de la saturación de solicitantes de asilo mexicanos a lo largo de la frontera.

En una mañana reciente, más de 1500 solicitantes de asilo mexicanos estaban esperando en Ciudad Juárez. Algunos habían estado varados ahí durante dos meses. Casi todos provenían de los estados de Michoacán, Zacatecas o Guerrero, regiones donde prosperan los grupos del crimen organizado.

El viento gélido recorría el campamento en la base del Puente Internacional Córdova-Las Américas, donde Juan, el trabajador de la granja, se había asentado con su familia en septiembre. Su refugio era una carpa de lonas de plástico donde se bañaban con agua almacenada en baldes de pintura de cinco galones, comían alimentos distribuidos por las beneficencias y dormían con mantas donadas.

Toda la familia estaba enferma de un resfriado, dijo.

“Los que no hemos podido cruzar tenemos que sufrir el frío un poco”, dijo. “Espero que el gobierno estadounidense se toque el corazón para que más personas puedan cruzar antes de que llegue la helada”.

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Manuel, de 24 años, el hijo de Juan, dijo que la familia seguía recibiendo amenazas de la pandilla criminal que lo secuestró. La hermana de Manuel sacó su celular y mostró una serie de mensajes amenazantes. Uno decía, en parte: “Entréganos a tu hermano porque ya sabemos dónde están”.

“Esto no es fácil”, dijo Juan.

Las listas de espera gestionadas por los mismos migrantes y escritas a mano en cuadernos desgastados definen el orden en que las familias cruzan. Algunos días se permite que entren algunos. Otros, ninguno.

La espera en los campamentos improvisados ha sido extenuante, pero muchos migrantes dicen que prefirieron eso a quedarse en uno de los refugios para migrantes de la ciudad porque temían que, si no estaban ahí, podrían perder su lugar en la fila y ya no tendrían la oportunidad de cruzar.

Algunos dijeron que había habido un cambio en la naturaleza de la violencia en sus regiones de origen. Otros dijeron que, aunque habían sido blanco de una persecución violenta durante meses, si no es que años, apenas se habían enterado del asilo y de su posible admisibilidad.

“Antes, si te perseguían los criminales, solo lo sufrías hasta que te asesinaban”, dijo Jacobo, de 42 años, un agricultor que escapó de su hogar en Zacatecas con su esposa y dos hijos. “Pero ahora, sabemos que existe el exilio político”.

 

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Kirk Semple / The New York Times News Service

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La violencia impulsa un aumento migratorio en México

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