La visita de Chávez a Gadafi

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Alejandro Padrón, economista y escritor venezolano, cuenta en el libro ‘Yo fui embajador de Chávez en Libia’ su aventura como diplomático en el régimen gadafista. Este es un segmento que narra la visita del presidente al exmandatario libio.

Dos días más tarde del infortunado encuentro recibí en Trípoli una llamada desde Argelia a las 11:30 de la noche.

—¿Es usted el embajador venezolano?

—Sí, buenas noches, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

—Es el canciller Dávila –me dijo–. Escuche, embajador, dijo con arrogancia, hemos decidido ir mañana a Libia a eso del mediodía.

Sentí un aire de satisfacción, pero al mismo tiempo era un fuerte desafío para mí.

—Me parece bien, canciller, sólo que son las once y media de la noche, todos los libios están durmiendo y debo localizar al secretario de Gadafi, cuestión que estimo difícil por lo avanzado de la hora. Sin embargo, lo intentaré, pero le advierto que de lograrse la visita ya no sería oficial: los libios han desmontado y cancelado todas las actividades previstas para el presidente desde hace una semana.

El canciller me contestó secamente:

—Comuníquese con el líder y póngalo en contacto con el presidente. Copie el siguiente teléfono, lo llamo en 20 minutos. Ordenó como si yo fuese un soldado de su batallón.

Estaba en un aprieto, debía arreglar todo en breves minutos. Recordé al hombre de la tarjeta al presentar mis credenciales como embajador ante el gobierno libio; sus palabras resonaban en mi mente como un eco: “…llámeme a este teléfono cuando lo crea conveniente, yo mismo lo atenderé”.

El problema era encontrar la tarjeta de presentación que me había sido entregada hacía meses. Durante mi búsqueda desesperada recibí dos llamadas más del canciller preguntándome por el resultado de mi gestión.

—Estoy en eso, le contesté con sequedad—.

Finalmente pude hacer contacto con el secretario privado del líder y los dos mandatarios hablaron sobre la visita del día siguiente. El canciller volvió a llamar:

—Embajador, ¿en qué idioma hablan allá? —preguntó.

Me dejó perplejo su pregunta, me provocó contestarle “¡en latín!”. Me resistía a creer que nuestro canciller no supiera una cuestión tan obvia. Sin embargo, quise pensar que se trataba de averiguar el idioma diplomático hablado en Libia. Un canciller que se precie de tal debía conocer todos estos detalles, pero como dice Oscar Yanes: “Así son las cosas”.

—Aquí se habla en árabe, pero el idioma de la diplomacia es el inglés. Le siguen el francés y el italiano, recuerde que Libia fue colonia italiana—, le espeté.

—Ah, muy bien, me contestó —espérese un momento, embajador. Lo escuché gritar: “¡¿Aquí hay alguien que hable inglés?!”. Luego retomó la conversación y me dijo: No hay problema, le voy a pasar al teniente fulano para que se ponga de acuerdo con él en algunos detalles. Escuché la voz del militar y, por su tono, parecía un hombre simpático.

—Mis respetos, señor embajador, soy el teniente Fulano de Tal, quiero que me saque de una duda: nosotros llevamos en la delegación a dos mujeres y quería preguntarle cómo haríamos para conseguir dos vestidos de esos…, de esos —repitió— que se ponen las mujeres árabes para taparse la cara y todo el cuerpo, ¿cómo es que se llama eso, embajador?

Por poco largo la risa, pero me contuve para poder contestarle:

—Usted habla de la burka, o del chador, o del foulard… ¡No, hombre, no se preocupe, teniente! Aquí sus mujeres pueden venir hasta en traje de baño. Las féminas libias usan blue jeans, no se cubren completamente, manejan, van a la universidad, son más liberales que en otros países árabes.

—¡Ah, qué bien! —me contestó y soltó la carcajada.

A esa hora desperté a mis colegas embajadores para convocarlos a recibir al presidente venezolano en las próximas horas. Me sentí satisfecho con mi informe político y el efecto que había causado en el mandatario venezolano.

El avión presidencial llegó a las doce en punto del mediodía. Aun siendo una visita no oficial, sin embargo, estaba parte del ejército y había muchos invitados especiales, entre ellos mis colegas embajadores. Se escuchaban salvas de cañones y algunas voces militares organizando la formación de los soldados. La nave se detuvo y lanzó su lengua metálica, produciendo un sonido seco al contacto con la pista. Subí las escaleras del avión con el jefe de protocolo libio, el presidente me esperaba en el marco interior de la puerta de la nave. Lo saludé, le pregunté por su salud y lo invité a descender a suelo libio.

La caravana de Mercedes Benz último modelo salió con el presidente. Al dirigirme al auto oficial de la embajada sentí que me tomaban del brazo.

—Embajador, véngase conmigo, necesito hablar con usted para ultimar algunos detalles —me dijo el ministro de Energía y Minas.

Ya en el auto me preguntó por la situación política de Libia, los aspectos más resaltantes de su industria petrolera actual y otros datos sobre la vida del país anfitrión. Le manifesté que no se preocupara, que para eso yo estaba allí.

—Usted sabe cómo es Chávez, embajador, de pronto se le ocurre preguntarme algo en plena reunión y debo estar preparado en cuanto a los secretos que usted conozca sobre la industria petrolera libia que no aparecen en la información internacional.

Yo sonreí y él también. Mientras recorríamos las calles para llegar al búnker de Gadafi, el ministro sonrió de nuevo.

—Usted sabe, embajador, les tengo miedo a los viajes en avión, y este “camastrón” (se refería al viejo avión presidencial— ya está obsoleto y hace bastante ruido. En verdad no sé mucho de mecánica de aviones, pero sí he escuchado que algunas de las piezas deben ser reemplazadas una vez que cumplen ciertas horas de uso. Precisamente hay una que es como el árbol de leva de los automóviles o algo así, y creo que está vencida (sonreí). En estos días nos desviaron de la ruta, justamente por el ruido. La legislación sobre contaminación ambiental es muy estricta en algunos países europeos. Me quise quedar en Portugal, pero el presidente no me dejó, y aquí estoy.

—¿Pero ha pasado algún susto en este viaje?

—Sí, uno, y muy serio. Fíjese, cuando fuimos obligados a desviarnos por el ruido del avión sobrevolando Suiza, nos hicieron meter dentro de una tormenta. Fue terrible, el avión se desprendió en caída libre unos cuantos metros y sentimos un golpe seco al detenerse. El presidente se había ido a descansar minutos antes a su habitáculo y se quedó dormido, pero olvidó sujetarse los cinturones de seguridad en la cama. Al pasar el peligro se asomó, entreabriendo la puerta, y nos dijo:

—No me lo van a creer, pero estaba levitando —expresó sorprendido Chávez, ignorando que un incidente como aquel producía ese tipo de fenómeno. Igual lo utilizaba la Nasa para entrenar a sus astronautas a gran altura haciendo descender abruptamente la nave, lo que trae como consecuencia que dichos astronautas queden flotando dentro del avión por algunos segundos. Así simulaban la falta de gravedad y realizaban prácticas para poder ir al espacio.

—Pensé para mis adentros —continuó el ministro—: ahora sí es verdad que nos jodimos, embajador, ¿usted se imagina a Chávez levitando? ¡Quién lo aguanta!

Yo largué la risa y el ministro sonrió con intensa picardía.

Fui testigo de excepción de la entrevista sostenida por los dos mandatarios en la que el presidente venezolano habló sobre la defensa de los precios del petróleo y despotricó en contra de los Estados Unidos hasta que se cansó. Destacó las coincidencias y objetivos de las dos revoluciones y la necesidad de estrechar vínculos políticos y estratégicos con el gran país africano.

Al terminar la entrevista, un funcionario de protocolo se me acercó para decirme que Gadafi nos invitaba a almorzar un couscous. Antes de atender la invitación, el canciller Dávila me buscó y me dijo en voz baja:

—Le agradecemos mucho lo que ha hecho para organizar esta visita en tiempo récord. En verdad estimamos su diligencia.

Usted sabe que nosotros estamos aquí por su informe político, ¿no? —recalcó, tratando de darme una satisfacción y enmendando su inapropiado comportamiento en París.

De bolas, ¡cómo no lo voy a saber!, me provocó contestarle.

—Gracias, canciller —terminé diciéndole.

El búnker de Gadafi es una ciudadela situada en el sur de Trípoli, está rodeado por una muralla para protegerlo contra cualquier bombardeo estadounidense. Ya lo había hecho una vez y la explosión de una bomba mató a su hija adoptiva. En esta fortaleza recibe a los mandatarios de otros países y ofrece sus recepciones opíparas. Dos grandes carpas constituyen los sitios donde pernocta algunas veces y celebra las reuniones oficiales. En una de ellas tuvo lugar la histórica entrevista.

Salimos de la carpa grande a otra cercana, donde almorzaríamos. El líder libio caminaba acompañado por el presidente venezolano, secundados por el traductor que venía entre los dos. Yo iba delante de ellos a corta distancia, pendiente de todo cuanto hacía y decía el mandatario venezolano; era una oportunidad histórica de cuyos detalles no iba a perderme. De repente el presidente se detuvo, sacó de su bolsillo unos dados y dirigiéndose a Gadafi le dijo, mientras le mostraba el par de objetos lúdicos ante la mirada de sorpresa del jefe libio:

—“Mojamar”, probemos cómo anda nuestra suerte. ¡Tú sabes que ayer lancé los dados con Bouteflika, allá en Argelia, y me salió el doble seis! Eso es signo de buena suerte para nuestros pueblos. Vamos a ver cómo nos va a nosotros.

La cara de Gadafi era un poema. Apenas terminó de pronunciar sus palabras Chávez lanzó los dados sobre el camino de tierra. Gadafi seguía sorprendido sin saber cómo reaccionar. —¡Fíjate, “Mojamar”, qué suerte, salió el doble cinco!

El presidente Chávez recogió los dados, los sopló para quitarles el polvo de la tierra y se los entregó al líder libio. Este, desacostumbrado a juegos tan profanos, accedió, cortésmente, y los dejó caer con timidez, obteniendo el mismo resultado. “¡Qué casualidad!”, dijo Chávez. “¿Estarían arreglados?”, pensé.

—¡Te fijas, “Mojamar”, la suerte anda de nuestro lado, salieron los mismos cincos! —El líder sonrió con una ligera distensión de la comisura de sus labios y continuaron caminando.

En el almuerzo sucedieron cosas todavía más particulares. Yo estaba al lado del ministro de Energía y Minas, un hombre inteligente y ocurrente, muy cerca de los dos líderes, observando todo cuanto acontecía. El presidente hablaba sin parar y Gadafi escuchaba atento, siempre con la mirada en lontananza.

—“Mojamar”, ¿tú hablaste con Putin? —sin dejar que Gadafi respondiera, continuó—: Porque yo hablé con él por teléfono para invitarlo a manifestarse a favor de la defensa de los precios del petróleo y me dijo que sí. ¿Has hablado con él? —volvió a preguntar el presidente. Gadafi respondió imperturbable intentando dejar bien clara su posición:

—El gobierno libio ha solicitado una entrevista con el primer ministro ruso para hablar, entre otras cosas, de los precios petroleros. Esa ha sido nuestra posición desde hace tiempo; aún no hemos recibido su respuesta.

—Yo voy a llamarlo de nuevo –insistió el presidente– para que me aclare la posición rusa. Hace unos días leí una declaración de su ministro de Minas sosteniendo un planteamiento contrario al del propio Putin. ¡Eso no puede ser, quiero que me aclaren, pues…!

El presidente esperaba una respuesta de Gadafi, pero jamás llegó. Entonces continuó:

—“Mojamar”, ¿tú me autorizas para que en esta gira yo hable en tu nombre de la coincidencia del gobierno libio con la posición venezolana respecto a los precios del petróleo?

Gadafi pestañeó, miró hacia lo lejos y respondió:

—El gobierno libio ha mantenido dentro de la OPEP una posición histórica de defensa de los precios petroleros. Veo a Venezuela en la misma orientación —dijo lacónico el jefe de la revolución libia.

—Ah, muy bien —y preguntó cambiando de tema—: “Mojamar”, ¿y el hijo tuyo, aquel que estaba por graduarse de teniente?—

—Ya se graduó –le respondió a secas.

—Yo tengo un hijo más o menos de la misma edad que el tuyo, ¿por qué no lo mandas a Venezuela a pasarse unas vacaciones por allá y así viajan juntos y se divierten un poco en el llano? —preguntó. Lo único que le faltó a Chávez fue decirle que su hijo lo llevaría a casa de las putas, pensé.. Gadafi sonrió y continuó almorzando.

Serían las cinco y media de la tarde cuando terminó la visita. Antes de dirigirnos al aeropuerto se presentaron los periodistas y fotógrafos para tomar la instantánea de la despedida. El presidente y yo custodiábamos a Gadafi. Chávez apresuró el acto protocolar, se ubicó frente al líder y mirándolo de abajo arriba, por su menor estatura, lo agarró por ambos brazos y le dijo en tono majestuoso:

—Muchas gracias por recibirme, hermano —Gadafi miraba a lo lejos, como siempre–, tú no sabes cuánto te quiere el pueblo venezolano. Tu pensamiento es guía de nuestra revolución.

Luego sucedió algo insólito para mí, lo cual todavía me incomoda cuando lo cuento, como ahora. El presidente me puso su mano derecha en uno de mis hombros como si yo fuese su amigote, y manteniendo asido a Gaddafi por uno de sus brazos, le dijo:

—¡Este es mi embajador, me lo atienden y me lo cuidan!

Gadafi sonrió por la ocurrencia enseñando apenas dos dientes laterales.

Un incidente final vendría a cerrar la efímera estadía del presidente de Venezuela en Libia. Uno de los muchachos que acompañaba la delegación de mi país saltó el cordón de seguridad y corrió para ponerse al lado de Gadafi con el propósito de que uno de sus compañeros le tomara una fotografía con el líder. Sus guardaespaldas lo agarraron y lo arrastraron como si fuera un saco de papas. Una señal de Gadafi impidió que al joven lo golpearan y el presidente venezolano observó con el rabo del ojo como si nada hubiese ocurrido.

Al mirar el viejo avión perderse en el cielo libio, respiré profundo y agradecí que la visita hubiese sido de cinco horas y no de dos días, como estaba prevista inicialmente.

* Este capítulo pertenece al libro Yo fui embajador de Chávez en Libia, 2011, publicado por la editorial La Hoja del Norte. El autor fue el primer embajador designado en Libia por el gobierno de Hugo Chávez. En la actualidad posee una librería en la ciudad venezolana de Mérida.

Un testigo de exepción

Alejandro Padrón nació en El Rincón (Estado Monagas, 1944). Estudió Economía en Venezuela y se doctoró en la misma disciplina en la Universidad de la Sorbona, París. Profesor jubilado de la Universidad de los Andes, Mérida. Fue embajador de Venezuela en Libia (2000/2002). Colabora con el ‘Papel Literario’ de ‘El Nacional’ y con revistas nacionales e internacionales, como ‘Quimera’ (España) y ‘Cinesquema’ (República Dominicana). Ha publicado tres libros de cuentos: ‘Un cierto regreso’, ‘Zona de sombra’ y ‘Mundo perdido’, y una novela con Random House Mondadori, ‘Escuela para pobres’. Reside en Mérida, donde abrió una librería, La Ballena Blanca.

Los múltiples encuentros entre los mandatarios

Diferentes visitas en Venezuela y Libia, intercambio de cartas y encuentros en cumbres internacionales demostraron la estrecha relación entre Hugo Chávez y Muamar Gadafi.

El presidente venezolano no sólo era un aliado del líder libio sino que incluso se proclamaba su ferviente admirador. Desde el inicio del conflicto en Libia, Chávez ofreció su apoyo para encontrar una solución pacífica.

Entre los encuentros de los dos gobernantes están tres visitas de Chávez a Trípoli, la capital de Libia, en 2004, 2006 y 2009. Ese mismo año se reunieron en la II Cumbre ASPA (América del Sur-Países Árabes), en Doha, Qatar. Así mismo, en 2009, el presidente Chávez le entregó a Gadafi una réplica de la estatua de Bolívar en un acto para honrar al líder libio que se llevó a cabo en Isla Margarita, Venezuela. Su última reunión tuvo lugar en Trípoli, en octubre de 2010.

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