"Lo que anima a los manifestantes es la fuerza de un ser colectivo popular": Michel Maffesoli

¿Qué tienen en común las protestas en Francia y Colombia? Michel Maffesoli, uno de los fundadores de la sociología de lo cotidiano, quien hizo popular el término de tribu urbana, hace un análisis de la actual convulsión social.

Michel Maffesoli, sociólogo, explica qué tienen en común las protestas en Francia y Colombia. Archivo / El Espectador

A pesar de los acentos y reivindicaciones propios de cada contexto, las protestas sociales en Francia y Colombia tienen varios elementos comunes: el rechazo a reformas profundas del sistema pensional, a la creciente precarización de las condiciones laborales (salarios bajos, contratos flexibles), a las fallas del Estado en materia de salud y educación o al tratamiento represivo de las protestas. Estas son, entre otras, algunas de las inconformidades que han movilizado a un número considerable de ciudadanos en ambos países. Sin embargo, es necesario comprender que en el fondo de tales motivaciones persiste una ruptura esencial entre gobernantes y gobernados, entre el Estado y los ciudadanos, entre las élites y el pueblo.

El sociólogo francés Michel Maffesoli, profesor emérito de la Sorbona, ha seguido de cerca esta ola de movilizaciones sociales en Francia y en Colombia. En esta entrevista ofrece luces para entender el fundamento de la efervescencia social contemporánea.  

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Usted acaba de publicar, junto a Hélène Strohl, un libro sobre el “fracaso de las élites”. En otros escenarios ha empleado la expresión Secessio plebis para designar el mismo fenómeno. ¿Cómo entender esa desconexión, esa secesión entre las élites y el pueblo?

El fundamento de toda vida social, y en particular de la vida en democracia, descansa en la relación entre potencia popular y poder institucional. En otras palabras, entre lo “instituyente” y lo “instituido”. Cada época se construye sobre esa diada: lo instituido se crea a partir de lo instituyente. Luego, por desgaste, fatiga y, sobre todo, cuando una época llega a su fin, esa relación de reciprocidad deja de funcionar y asistimos, entonces, a lo que podemos llamar la secessio plebis.  

Fue lo que ocurrió en la sociedad romana, donde el pueblo inconforme se retiró al monte Aventino. Lo mismo constató Maquiavelo a propósito de la República de Florencia: existe una gran distancia entre el pensamiento del palacio y el pensamiento de la plaza pública. Eso es lo que estamos viendo actualmente.

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De hecho, las élites demócratas son poco demófilas. Siguen funcionando con un sistema elaborado a lo largo de la modernidad mientras el pueblo, tal vez de manera inconsciente, sabe que se está gestando otra escala de valores. Ese es el desacuerdo que permite comprender la multiplicidad de levantamientos, insurrecciones y revueltas que vemos en todo el mundo, y que, en mi opinión, seguirán apareciendo.

No olvidemos la célebre fórmula de Tomás de Aquino: omnis auctoritas a populo.

Los movimientos sociales estaban frecuentemente motivados por un "proyecto", más o menos conscientemente orientado hacia el futuro. Sin embargo, la relación con el tiempo parece haber cambiado, cediéndole el lugar a luchas ancladas en el presente, en lo más cercano…

En efecto, como lo señala Julien Freund en su libro La esencia de lo político, lo que caracterizaba a los movimientos sociales, desde el siglo XIX, era la idea de "proyecto". De hecho, la temporalidad predilecta de la modernidad, con su apogeo en el siglo XIX, era el futuro. Los grandes sistemas sociales, en particular el marxismo, se construyeron sobre la filosofía de la historia de Hegel, que canonizó la importancia del futuro y solicitaba la energía individual y colectiva para alcanzar lo que sería la sociedad perfecta. Como lo han señalado grandes autores, esta es la forma profana del mesianismo judeo-cristiano.

En la naciente posmodernidad, la temporalidad social se focaliza en el presente. Más aun, retomando una expresión de la Escuela de Palo Alto, en la proxemia. Se trata, en resumen, de lo que vivo con los demás aquí y ahora. Esto implica, como diría el sociólogo Roberto Michels, que las “formas” Partido o Sindicato han caducado. Por lo demás, la focalización en el presente, que caracteriza en particular a las nuevas generaciones, se ve acentuada por el desarrollo tecnológico, que favorece convocatorias espontáneas, manifestaciones y otros procesos de revuelta. En términos generales, todo lo que se denomina Netactivism.

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Este fenómeno, a mi juicio, tiende a fortalecerse. Más allá de los discursos convencionales y de las consignas materialistas un poco anacrónicas lanzadas en manifestaciones y protestas, lo que de verdad anima a los marchantes es la fuerza de un ser colectivo popular. Es una comunión emocional, una búsqueda espiritual.  

Usted sugiere que estamos llegando al fin de una manera moderna de comprender lo político, sustentada en la triada razón-progreso-individuo. Pero hay quienes insisten en que presenciamos un retorno de la muy moderna “lucha de clases”. ¿Cómo nombrar acertadamente lo que expresan las movilizaciones sociales? 

Cuando uno mira la historia en perspectiva de larga duración confirma que no existe la evolución lineal que pretende el mito oficial del Progreso. En realidad, la historia es una sucesión de épocas (“época”, en griego, significa “paréntesis”), y cada una constituye representaciones del mundo, sistemas de valores e imaginarios propios. Los valores y los sentimientos que solo se expresan de manera muy minoritaria en una época dada se extenderán en la siguiente, mientras que los valores dominantes se saturarán.

La época moderna, inaugurada en el siglo XVII y terminada hacia la mitad del XX, se sostenía en el siguiente trípode: un individualismo metodológico, un racionalismo dominante y un progresismo generalizado.

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Esa justamente es la escala de valores que se está saturando. Y, entre “temor y temblor”, otros valores empiezan a surgir. En muchos de mis libros he llamado la atención sobre la emergencia de un trípode nuevo: la comunidad, la emocionalidad y la progresividad. La filosofía progresiva, que puede ser descrita mediante la imagen de la espiral, toma siempre en cuenta las raíces, gracias a las cuales el ser humano puede crecer. Es lo que llamo “arraigo dinámico”. 

Así, las nociones “lucha de clases” (marxismo) y “categorías socio-profesionales” (funcionalismo) pueden ser útiles para hacer estudios, encuestas y artículos periodísticos, pero ya no son efectivas para entender la vida societal en gestación.  

Una vez más, gracias a las redes sociales, las “afinidades electivas” se fortalecen y juegan un papel que el racionalismo partidista había descuidado. 

El descontento, la desafección y el hartazgo político son como un bajo continuo en las sociedades contemporáneas. En Colombia, la apatía está a la orden del día. ¿Qué hace que se cristalice en manifestaciones ese estado de ánimo, haciendo patente lo que estaba latente?

Más que “hartazgo político” sería mejor decir “hartazgo hacia lo político”. Dicho de otro modo, la energía social, que es lo propio de todo colectivo, privilegia el “Nosotros”, es decir, lo que vivo con otros aquí y ahora. Por tal razón, puede decirse que sí existe apatía, pero frente a las instituciones y las élites que las dirigen. Pero hay también una vitalidad, incluso un vitalismo centrado en el destino compartido con los demás.    

Así, inspirándome en lo Hannah Arendt llamó “el ideal democrático” como marca de la modernidad, he propuesto hablar de un  “ideal comunitario”, es decir, una manera de vivir en común en la cual las emociones, las pasiones, los sueños y los mitos colectivos juegan un papel considerable.

Señalo, de paso, que la obra del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila resulta de gran utilidad para entender mejor las mutaciones en curso en la sociedad contemporánea.

El “todo cambia para que todo siga igual” pesa siempre sobre los movimientos sociales. Pero, dada la dimensión de las manifestaciones en Francia y en Colombia, ¿puede esperarse otro desenlace?

El “todo cambia para que todo siga igual”, frase muy conocida de la novela El Gatopardo, es ciertamente la consigna, quizás inconsciente, de estas élites desfasadas. Dichas élites hablan permanentemente de “cambio “ y “reformas”, pero los objetivos, los medios, las formas de esa acción y de esos discursos políticos siguen asociados a un espíritu caduco, a un imaginario moderno saturado. Esto explica la insatisfacción constitutiva de los movimientos sociales: las élites responden a sus reclamos con conceptos impertinentes.

Es imposible saber qué se puede esperar de estas diversas manifestaciones y revueltas que estamos observando en Francia, Colombia y otros países. Lo que sí puede decirse es que se trata de la búsqueda de una nueva manera de estar juntos. Una nueva época, distinta a la modernidad, está naciendo, y, en esa medida, derriba los valores que lentamente se habían elaborado desde el siglo XVII.

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Cuando una mutación de fondo se está gestando es necesario recordar que la violencia siempre se hace presente; y esto, para lo mejor y para lo peor. Durkheim hablaba, a este respecto, de “efervescencia”, rasgo característico de la vida social cuando se está regenerando.

La tarea, nada despreciable, del pensador, es constatar esas mutaciones y saber acompañarlas.

* Politólogo, PhD en Sociología (Université René Descartes)
Profesor de la Universidad Autónoma de Manizales 

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Pablo Cuartas*

El Mundo

"Lo que anima a los manifestantes es la fuerza de un ser colectivo popular": Michel Maffesoli

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