Amparados por la Segunda Enmienda

Los amantes de las armas trabajan en la Casa Blanca

La Asociación Nacional del Rifle fue la principal financiadora de la campaña de Donald Trump. Debido a su relación con el presidente y los republicanos, el fin de la venta libre de armamento en EE.UU. está lejos de ser una realidad.

El 20 de mayo de 2016 Trump, en calidad de candidato a la Presidencia, también visitó la convención de la NRA. / AFP

Desde la época de Ronald Reagan, y aunque durante años la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés) ha engordado el presupuesto de los dirigentes republicanos en Estados Unidos, ningún político se había atrevido a aparecer en un evento organizado por la Asociación, hasta el pasado 29 de abril.

“Ustedes me apoyaron, yo los voy a apoyar”, gritó el presidente Donald Trump ante la multitud que se reunió para escucharlo durante la convención anual de la Asociación, dedicada principalmente a defender el derecho de los estadounidenses a comprar y portar armas. “La libertad no es un regalo del gobierno, la libertad es un regalo de Dios”, completó el mandatario para recibir una ovación de los miembros de la NRA, la misma organización que, hace un año y con 30 millones de dólares, se convirtió en la principal donante para la campaña que puso a Trump en la Casa Blanca.

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La afinidad de Trump con los promotores de la segunda enmienda, gracias a la cual la Constitución estadounidense garantiza el derecho a la autodefensa, ya se había hecho notar el pasado 28 de febrero. Con apenas dos meses en el cargo, el antiguo presentador de reality revocó una de las últimas leyes firmadas por el presidente Obama en diciembre de 2016 y mediante la cual se pedía a la SSA, la entidad encargada de las pensiones en Estados Unidos, reportar a las personas que sufrieran enfermedades mentales para impedirles la compra de armas de fuego.

La medida revocada por Trump afectaba a cerca de 75.000 personas y era uno de los controles implementados por la administración Obama tras la masacre de Newtown, donde Adam Lanza, de 20 años, entró disparando a la escuela primaria Sandy Hook, donde dejó veinte niños y seis profesores muertos.

Los tentáculos de la NRA en la Casa Blanca tienen nombre propio. Chris W. Cox, el director ejecutivo de la Asociación y su “Instituto para la Acción Legislativa”, lleva más de 15 años haciendo lobby a favor de los amantes de las armas en Estados Unidos. Sus funciones van desde organizar conciertos de música country para “apoyar la Segunda Enmienda y la herencia cazadora”, hasta administrar el presupuesto de 33 millones de dólares anuales que la NRA destina a incrementar su influencia en el Congreso, la Casa Blanca y las agencias federales.

Con la llegada de Trump a la Presidencia, la influencia de Cox en la política estadounidense pasó a ser todavía más evidente con su nombramiento en lo que Trump llamó la “Coalición por la Segunda Enmienda”. El organismo, cuya creación fue anunciada el 3 de noviembre del año pasado, tendría el fin de asesorar al presidente en cuanto a políticas públicas relacionadas con la compra de armas. “Tendría” porque, a la fecha, el organismo no ha tenido reuniones públicas, aunque se sabe que en él, Cox comparte el liderazgo con Michael Kassnar, ejecutivo de una empresa israelí dedicada a la manufactura de armamento y que, además, Donald Trump Jr. sería el contacto entre el equipo de la comisión y la Presidencia.

Según USA Today, entre las prioridades de la comisión está legalizar el porte visible de armas de fuego a nivel nacional, algo que en algunos estados está permitido en casos específicos, como ocurre, por ejemplo, con los agentes de policía. Otro punto de la agenda legislativa que buscan sacar adelante tiene que ver con los dispositivos para reducir el ruido de los disparos. En palabras de Trump Jr., eliminar las barreras para comprar silenciadores “es un asunto de seguridad y de protección auditiva”.

En la respuesta de Trump al atentado que dejó más de 50 muertos y varios centenares de heridos en Las Vegas, brillaron por su ausencia las promesas de regular la venta de armas para evitar que un ataque semejante se repita: “Rezamos para que todo el país encuentre unidad y paz y por el día en el que el mal se desvanezca y los inocentes estén seguros frente al odio y el miedo”.

El presidente incluso llegó a darse licencias poéticas, inusuales en sus discursos, al decir que “incluso la desesperanza más oscura puede ser iluminada por un único rayo de esperanza”. Sus opositores no tenían oídos para ese tipo de retórica.

La excandidata presidencial Hillary Clinton, que ya había empezado a romper el silencio que guardó tras su derrota con la publicación de un libro de memorias, regresó de lleno a la arena política con un trino en el que se fue lanza en ristre contra la NRA: “Nuestra pena no es suficiente. Podemos y debemos poner la política a un lado, hacer frente a la NRA y trabajar juntos para intentar impedir que esto suceda de nuevo”.

A través de la red social, Clinton también insinuó que el ataque habría sido aún peor si Stephen Paddock hubiera tenido un silenciador, como lo proponen los republicanos y el hijo mayor del presidente.

En 2015, tras el tiroteo en San Bernadino, Chris W. Cox les hizo el quite a las críticas que como siempre le llovieron a la NRA cuando culpó a Obama del deterioro de la seguridad en Estados Unidos, “su agenda doméstica de control de armas sólo la pondrá en todavía más riesgo”, añadió el ahora asesor presidencial. Dos años después, con el presidente que él mismo ayudó a elegir en la Casa Blanca y ante el tiroteo más mortífero que la unión americana ha visto en tiempos de paz, la respuesta de la NRA es el silencio.

 

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