Los asesinos en Estados Unidos se parecen a los de las películas

“Tenemos que hablar de Kevin” es una novela que describe la vida de un joven que comete un asesinato masivo en un colegio de Estados Unidos. Aunque no es su pretensión, la historia explica por qué Estados Unidos es el país dónde más asesinatos masivos se cometen en el mundo.

El asesino de Las Vegas, responsable de asesinar a 59 personas y de herir a más de 500 durante un concierto de música country, tenía una particularidad: era un hombre de 64 años. No suele ser así. La noticia que se repite una y otra vez tiene que ver con jóvenes de 25 años que “parecían normales” y, de repente, hacen lo impensable: dispararle a la gente en masa.

La tragedia en la escuela de Sandy Hook, en la que Adam Lanza, de 20 años, asesinó a 20 niños después de matar a su mamá en la casa, abrió las puertas para futuras tragedias parecidas. Entre el 2012 (fecha de la masacre de Sandy Hook) y el 2016, Estados Unidos ha vivido 200 tiroteos y los perpetradores suelen ser adolescentes.

Lionel Shriver, periodista y escritora, nacida en Carolina del Norte en el seno de una familia conservadora, escribió en el 2003 un libro al que estas noticias no le permiten perder vigencia.

“Tenemos que hablar de Kevin”, cuenta la historia de Kevin, desde la perspectiva de Eva, su mamá, quien le escribe cartas a su esposo Franklin que, en su mayoría, hablan de lo que para ella han significado la maternidad. Es un proceso conflictivo, y desde que Kevin nace los conflictos se ponen en evidencia. El niño empieza a retarla muy temprano, a poner a prueba su paciencia.  No habla, a propósito, hace daños en la casa, también a propósito. Kevin no siente empatía por nadie, o eso es lo que parece y la única actividad que disfruta es el tiro con arco.

Por eso, desde ahí, planea el crimen. “Él no quiere parecerse a los otros asesinos seriales”, explica Shriver en entrevista con El Espectador. Por eso dispara con sus flechas y su arco, buscando ser único, especial.

Y Estados Unidos, nacer allí, ser producto y al mismo tiempo víctima de esa sociedad, aparece como la razón fundamental, la justificación de la masacre. “Kevin crea una serie de explicaciones para su crimen -uno en particular (que nos hemos convertido en una nación de espectadores pasivos, siempre mirando a una computadora, un teléfono, una pantalla de televisión, y él quería saltar al otro lado de la pantalla. Pero al final, él mismo está consternado por lo que lo llevó a asesinar a sus compañeros de clase. Esta incomprensión es una señal de que está creciendo y descubriendo un mínimo de madurez moral”, cuenta Shriver.

Kevin quería saltar al otro lado de la pantalla, ser uno de esos personajes que la gente critica pero que no puede dejar de ver, que consume para olvidarse por un rato de sus vidas. Cuando escribía su libro, Shriver debía tomar una decisión respecto a la maternidad. “Decidí no tener hijos” al final, cuenta.

Criar, dice ella, es difícil en cualquier lugar del mundo. Y aunque en Estados Unidos, tal cual como sucede en el resto del planeta, existen diferencias de clase que pueden empeorar la crianza, las familias que no tienen problemas de esta índole, como la de la gran mayoría de los perpetradores de masacres, tienen que resolver dificultades más “sutiles” y tal vez por eso, más difíciles de resolver.

“Supuestamente, Estados Unidos es el país más maravilloso del mundo. Sin embargo, no siempre parece tan grande para los niños que nacen aquí.  Se percibe, cada vez más, que Estados Unidos llegó a la cima. En cuyo caso, nuestros hijos van a llevar una vida mucho peor que la de uno. Este prospecto choca con lo que a los niños les enseñan en las escuelas: la retórica de las expectativas.  Pero la "tierra de la oportunidad" es, con tanta frecuencia, la tierra de la decepción. Así que muchos estadounidenses están creciendo resentidos. Mire, por ejemplo, Trump”, agrega Shriver.

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