Los mil y un problemas de Francisco Sagasti tras tres semanas en el poder en Perú

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El nuevo presidente de Perú lleva tres semanas en el caro y ya afronta varios desafíos: una revuelta campesina, la crisis sanitaria y un grupo de conspiradores en el Gobierno.

Acechado por conspiradores, enfrentando a una revuelta campesina, resentido por las fuerzas del orden, ante un Congreso imprevisible y demagogo y afrontando una mortal pandemia con tan solo el sostén de un pueblo que lo ve como la única, y no la mejor, esperanza para salvar el país.

No es una novela de suspenso o un drama de barcos que hacen agua en plena tormenta perdidos en alta mar. Se trata de Perú. Y la persona sobre la que recae la tarea de llegar a buen puerto entre tantas vicisitudes, que no aseguran un final feliz, es su accidental e interino presidente, Francisco Sagasti.

Desde que este veterano ingeniero asumiera la presidencia del país de forma transitoria el pasado 17 de noviembre, tras semanas de grave turbulencia política que llevaron a la caída de los presidentes Martín Vizcarra y del efímero Manuel Merino (9-15 noviembre), y ante una movilización popular sin precedentes, la deseada tranquilidad y “normalidad” social y política aún está muy lejos de conseguirse.

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Campo minado

“Sagasti está en un campo de minas en la medida en que el Congreso peruano es un campo de minas, con gente que sigue teniendo sus intereses y e stán al acecho de cualquier error para volver a imponer sus agendas, o impulsar normas populistas”, dijo a Efe el politólogo Francisco Belaúnde.

El analista apuntó así a los congresistas, un grupo heterogéneo, ambiguo e impredecible, como el principal escollo del mandatario en su afán para llevar a su país con éxito a las elecciones generales en abril próximo y asegurar la transición de poder el 28 de julio de 2021.

También está el grupo de ultraderecha que alimentó y defendió la destitución de Vizcarra e intentó gobernar con Merino, que aún tiene “la sangre en el ojo” por su evidente derrota, pero que tras unas semanas “ahora hace ruido y rumia” buscando una “oportunidad para renacer”.

Del mismo modo lo percibe el periodista Gustavo Gorriti, para quien “esta gente” ha ido perdiendo el miedo a la calle movilizada que forzó la caída de Merino y ya comenzó “a poner presión y condicionamientos”.

Populismos

El Congreso tiene el poder de destituir a Sagasti prácticamente por cualquier pretexto, y solo la actitud vigilante y activa de la ciudadanía parece mantenerlo a raya.

Tal es así que esta semana los legisladores aprobaron al Ejecutivo que presentó Sagasti, dirigido por la primera ministra Violeta Bermúdez, con un abrumador respaldo.

Sin embargo, en la misma jornada también votaron una norma indiscutiblemente inconstitucional de corte populista para que el Estado entregue a los jubilados dinero de sus aportes en el sistema público de pensiones, pese a las advertencias que hizo el gobernante de que llevaría el tema al Tribunal Constitucional (TC).

Eso fue un gesto de los partidos enfangados por la cuestionada destitución de Vizcarra, a medidas de noviembre, para intentar recobrar algo de popularidad ante el inicio inminente de la campaña electoral.

“Tienen pocos meses y querrán aprovechar cualquier cosa para evitar el desastre electoral al que se encaminaban. Van a buscar convertir todo en posiciones de fuerza”, alertó Gorriti. Y eso será una fuente inagotable de fricciones y distracciones para un Ejecutivo que tiene muchas otras peleas para dar.

Campo y debilidad

Como si esto fuera poco, Sagasti ha visto aflorar reclamos sociales como el de los jornaleros que trabajan en la pujante agroindustria peruana.

De la noche a la mañana han salido a las carreteras del sur y norte del país para pedir una mejora en sus durísimas condiciones laborales. “El tema de la agroindustria lleva allí desde hace años, no hubo protestas. Pero ahora surgen bloqueos de carretera en el sur, en el norte... Son cosas que surgen cuando se percibe la debilidad”, indicó Belaúnde.

Para Gorriti, estas protestas son fruto del efecto “catalizador” del levantamiento ciudadano y la toma de una conciencia política activa por una gran parte de la población, que ha servido para “desenterrar heridas previas que se pudrían bajo la costra”. “Se está viendo la parte fea del ‘modelo exitoso’ que era Perú. Y eso tiene consecuencias”, afirmó el periodista. Y responsable o no responsable, Sagasti que lidiar con eso.

Violencia y policías

Más allá de las implicaciones económicas y de modelo que requiere la desactivación de las protestas agrarias, entra en juego la lealtad del presidente a una población harta de corrupciones y abusos.

Sagasti y sus rivales saben que su única fuerza, poderosa, es la calle y el respaldo ciudadano no tanto a su persona sino a lo que representa frente el Congreso y la corrupción de la vieja clase política peruana que se resiste a desaparecer.

La calle pide responsabilidad por los muertos que dejó la represión a manos de la policía, y para ello el presidente dio un paso radical y forzó el retiro de 18 generales y ordenó una intervención civil de las cuentas de la Policía Nacional.

Un paso capaz excesivo, que desató fuertes críticas, una ola de dimisiones y una amenaza de huelga policial que terminó por forzar la renuncia del abogado Rubén Vargas, el primer civil en décadas que había ocupado la cartera de Interior y que solo se mantuvo 14 días en el cargo.

“Eso fue un error grave, no midieron las consecuencias. La calle quería una purga policial, pero no hubo flexibilidad a la hora de tratar con una corporación como esa”, apuntó Belaunde.

Aquí Sagasti tropezó con una paradoja, pues si bien “el pueblo movilizado” ayudó a la caída de “una operación malévola”, también habilita otras reacciones y se convierte en una herramienta “que puede presionar al gobierno”.

No responder a las demandas ciudadanas le resta poder a Sagasti. Hacerlo al pie de la letra pone en riesgo también la estabilidad institucional y puede alienar a significativos sectores de la población.

Trabajo de filigrana

¿Qué opciones tiene Sagasti para salir airoso de esta tesitura? “Bueno, pues hacer un trabajo de filigrana”, según Belaúnde, o ir desactivando bombas despacio y una por una, según Gorriti. A su favor, el gobernante cuenta con algunas cosas importantes. “Los otros están también muy debilitados. Sagasti hasta cierto punto está protegido por la calle. Es un escudo que tiene y que puede usar. Lo presiona, pero lo protege”, razonó el politólogo.

También está el hecho de que es una persona que apuesta por la negociación, ilustrado e inteligente, y que tiene una actitud en términos generales positiva para todos.

Eso podría atraer a su lado a algunos de los congresistas, pero bajo el riesgo de que aproximarse a ese grupo “va a hacer más tibio el apoyo de las calles”.

“Y en lo económico lo único que podrá hacer es poner una curita, y algunas cuantas oraciones de chamanismo económico para convencer a la gente de que todo puede mejorar (...) Pero no sé como va a hacer ahora con las cosas que han salido a la luz”, apuntó Gorriti.

El analista apuntó también una cosa a favor de Sagasti, más allá de la “gente”: que hay “personas cruciales en instituciones de la República” que respaldan la democracia y la estabilidad.

“Merino y la ultraderecha intentaron usar a las Fuerzas Armadas para reprimir, y eso fracasó. Se negaron y dijeron que su tarea es defender a la población, no atacarla. Mientras continúe el factor democrático en las Fuerzas Armadas, el gobierno democrático de Sagasti va a tener la certeza de que no habrá posibilidad de un golpe”, remarcó Gorriti. Belaúnde apuntó otra idea para llegar a buen puerto: “siempre podrá cruzar los dedos y rezar, tal vez”.

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