Maneras de enfrentar el terror

El atentando del jueves en Barcelona marcó un doloroso punto de inflexión en la ciudad y, en general, en España y Europa.

Variadas y conmovedoras muestras de dolor, recordación y miedo se crearon el fin de semana en Barcelona.

Jueves 17 de agostoSabadell, Barcelona

La primera noticia me llegó a través de un mensaje de WhatsApp. “¿Viste lo que acaba de pasar en Barcelona?”, me escribió un amigo desde Colombia. Eran las 5:39 de la tarde. “¿Los terroristas hicieron algo?”, le pregunté. No fue una respuesta meditada. Fue un golpe de intuición. Estaba en mi casa, a 30 kilómetros de La Rambla. Caminé hacia el televisor tratando de adivinar la desgracia que estaba a punto de descubrir. “Una furgoneta acaba de atropellar a una multitud en La Rambla de Barcelona”, decía una presentadora de noticias.

A partir de ese momento, las escenas terroríficas y las primeras informaciones —a todo volumen en el televisor— empezaron a mezclarse con el insistente timbre del teléfono. La máxima expresión de una locura desmesurada, la peor de todas, volvía a despertar el miedo. Un miedo que puede atravesar murallas y océanos en cuestión de minutos. Así es como opera el terror. Una soleada tarde de agosto se transformó en una pesadilla, en un dolor repetido en imágenes que avanzaban y retrocedían ante mis ojos y, durante toda la noche, dentro de mi cabeza.

La Rambla es el lugar al que todos te dicen que debes ir si estás de visita en Barcelona. Un paseo con quioscos que venden periódicos, postales y souvenirs. Con puestos de flores, bancos de madera, árboles plataneros y una fuente en la que el FC Barcelona ha celebrado sus más grandes alegrías. Y “abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre”, decía Federico García Lorca. Con farolas antiguas y terrazas donde la gente se sienta a tomar algo, a leer el diario, a ver gente pasar.

El conductor asesino hizo un recorrido de aproximadamente 500 metros. Empezó a las 4:50 de la tarde, al principio del paseo, cerca de la fuente de Canaletas. Fue avanzando en dirección al mar, a gran velocidad. Se detuvo en el mosaico que Joan Miró le regaló a su ciudad en la víspera de la Navidad de 1976: un símbolo de bienvenida para los que llegan a Barcelona a través del mar. Ahí abandonó la furgoneta, dejando atrás 13 víctimas mortales y un centenar de personas heridas. Hombres, mujeres y niños de al menos 30 nacionalidades diferentes.

“Esta noche no hay quien duerma”, escuché decir a una vecina después de la medianoche. Acababan de confirmar un segundo atentado. Otra vez caminé hacia el televisor. Dijeron que en el Paseo Marítimo de Cambrils (Tarragona), cinco terroristas a bordo de un Audi A3 se estrellaron contra un control de la Policía. Que los ocupantes del coche se proponían atropellar a la gente que caminaba por el paseo. Que salieron del vehículo con diferentes tipos de armas blancas en las manos. Que cuatro de ellos fueron abatidos por un policía. Que mientras huía, y antes de recibir un disparo mortal, el quinto se detuvo a clavar un cuchillo en la cara de un paseante. Que hay más heridos. Que “así no se pude vivir”, dijo mi vecina mientras bajaba la persiana de su balcón.

Viernes 18 de agostoLa Rambla, Barcelona

Cientos de personas se reúnen este mediodía en la plaza de Catalunya para guardar un minuto de silencio. Después repiten la misma consigna: “No tinc por”, no tengo miedo. Desde la calle Pelayo se divisa el ritmo lento de la corriente humana que inunda La Rambla.

—Todo pasó muy rápido —me cuenta una camarera del bar Cappuccino—. Nos quedamos encerrados por más de una hora. Hasta que llegó la policía. Había gente que lloraba.

Todavía hay gente que llora. Hay gente que improvisa altares en honor a los caídos. Gente que se mira con complicidad. Gente que se abraza. Gente que camina agradeciendo cada paso. Gente con el miedo guardado en un bolsillo. Gente con rabia. Todavía hay gente que espera escuchar el sonido de una voz al otro lado del teléfono.

Alguna vez escuché decir a alguien que lo divino puede estar en todas partes, que no depende del tiempo ni el lugar, porque para apreciarlo sólo necesitamos una cosa: la banda sonora adecuada. Hay algo de divino en ciertos gestos. En los aplausos espontáneos que se alzan como olas colosales. Alguien empieza en un tramo de La Rambla. Los demás lo siguen. Quizás sea un modo de mantener despierta la conciencia, de decir que su presencia aquí no es sólo corpórea. Y recuerdo los versos de Eladia Blázquez, esa canción de dimensión galáctica llamada Honrar la vida: “Merecer la vida no es callar ni consentir / tantas injusticias repetidas / es una virtud, es dignidad / y es la actitud de identidad / más definida. / Eso de durar y transcurrir / no nos da derecho a presumir / porque no es lo mismo que vivir / honrar la vida”.

—¿Cómo pueden equivocarse de esta manera? —dice una mujer con acento argentino. Hay una cosa entrañable en su voz: una voluntad de entender lo que no se explica sin recurrir al odio. Se refiere a esos chicos. Esos chicos que no se sienten ni de aquí ni de allá, tan jóvenes, tan extraviados. Esos chicos que, atraídos por la promesa del “paraíso” y una fe deformada, dejan de respetar hasta su propia vida. Esos chicos han aprendido, demasiado pronto, y para gracia de quienes lavan sus cerebros, que todos los “infieles” deberíamos morir.

Los gestos de solidaridad y resistencia se expresan con consignas en diferentes idiomas: “Niente paura”, “No tenemos miedo”, “I’m not afraid”, y de diferentes formas: con flores, velas y animales de peluche, con un dibujo hecho a pie de Rambla, con carboncillos y hojas de papel en las que algunos paseantes imprimen el rastro de muerte que dejó la violencia, o caminando, Rambla arriba, Rambla abajo, como siempre.

Pero este viernes, el verbo “ramblear” adquiere un sentido importante. Es un modo de repudiar la estupidez, de recordar a los ausentes, de alzar la mirada por encima del terror después de haber visto sus fauces de cerca. Aquí, donde empezó todo y acabaron tantas cosas, ramblear es una manera de honrar la vida.

 

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