Un fenómeno afín al colombiano

México y la ética de la narcocultura

Un respetado escritor y maestro colombiano revisa la realidad de ese país, desde el “secuestro del lenguaje” hasta las series de TV y los reinados, a partir del libro “El miedo es el mensaje”, del profesor mexicano Javier Contreras.

Javier Contreras Orozco, además de autor de la investigación sobre el origen de la estrategia de comunicación del narcotráfico y la responsabilidad del periodismo, es director de “El Heraldo” de Chihuahua. / Elhumanista.net

A Javier Contreras lo conocí en papel. Esculcando documentos para documentarme sobre el tema del rumor, de repente di con un valioso texto que lo abordaba, suscrito por este profesor de la Universidad de Chihuahua, y desde entonces deseé conocerlo. Lo logré años después y hoy me cabe la satisfacción de hablarles a ustedes sobre su libro El miedo es el mensaje.

Ahora Javier ha consignado en este libro y con un lenguaje académico notable lo que muchos hemos pensado ante el despliegue de poder y de cinismo de los amos del narcotráfico. Leyéndolo, hubo momentos en que creí estar leyendo un relato de nuestra historia a comienzos de los años 90 del siglo pasado. Recuerdo el tono agorero con que, en alguna entrevista de radio, invité a los colegas mexicanos a prepararse para no repetir la historia que estábamos viviendo en Colombia.

Esa historia, repetida y repadecida, es la que uno siente correr en estas páginas que a ratos tienen el tono de una guía para perplejos, porque todo en esta oscura saga de los narcos desafía la imaginación y la conciencia. En este libro se siente a los narcos moverse y golpear dos veces a la sociedad: primero, con los hechos: atentados, secuestros, asesinatos, desplantes, y después el golpe adicional que, según Javier, es el secuestro del lenguaje: las noticias con las que se difunden el miedo, la desconfianza, la desesperanza, porque logran convencer de que la sociedad no tiene remedio. Agrega el autor citando a Juan Villoro: “La televisión aumenta el horror al difundir los detalles”. Y habría que agregar: al crear un imaginario poblado de crueldad, de impiedad y de culto al dinero y a la fuerza.

Con la frialdad y el rigor del investigador, el autor señala dos instrumentos para ese secuestro de las palabras, de las que el poder narco se vale para difundir sus notificaciones y sus hechos: el más común, las mantas, esas telas anchas y largas que alguna mano misteriosa tiende en los balcones, en las fachadas, en los postes de la luz o en los puentes, dondequiera se hagan ver para adjudicar, informar, amenazar, dictaminar, ordenar o confundir.

Son voces que gritan en las calles de México el poder narco y que duran allí, colgadas a la vista de todos, hasta que algún policía o empleado público se atreve a descolgarlas. Pero para entonces la manta ha logrado su reproducción en periódicos y revistas.

El narco habla su lenguaje en las redes sociales. Allí cuenta con el poder de una tecnología que lo pone en contacto con una audiencia ilímite para proponer los narcocorridos, lo mismo que el culto a la Santa Muerte, o las narconovelas, algunas de ellas originadas en la televisión colombiana.

El narco no sólo produce droga, también difunde una idea de la vida, que comunica por este medio con una certera eficacia. También hace parte de su lenguaje comunicativo el medio macabro de las cabezas cortadas a las que llama Javier, con humor negro, los boletines de prensa de los narcos. Esas cabezas, exhibidas en lugares públicos en donde cualquiera puede curiosearlas, notifican quiénes son los enemigos del narco, qué sancionan y cuál es el poder al que se enfrentan.

Más blando, aunque ambiguo, es el otro medio de comunicación: los reinados de belleza que pueden entenderse como tentativas del narco para lograr aceptación social en los barrios, en las pequeñas poblaciones y dondequiera que haya niñas suficientemente leves y tontas para creer y aceptar el sueño de ser reinas “por un día”, apoyadas en el poder misterioso de algún narco enamorado o pervertido.

Javier nos hace asistir a ese desfile de narcoactividades de comunicación como motivación para hacernos pensar en el papel de los medios de comunicación en esta tragedia. Es un pensamiento más común de lo que debería ser que a los medios les corresponde contar lo que pasa y nada más. Por eso, por sus páginas o emisiones pasan las mantas y sus mensajes, las cabezas cortadas, las reinas de belleza, los asesinatos, las intimidaciones, como por delante de un espejo que las refleja, insensible y frío.

Es cuando este autor escribe preguntas, críticas, propuestas con las que quiere dejar sentado que el periodista es mucho más que un simple contador de historias: la violencia y los medios siempre están implicados, ¿por qué? Y a continuación, como un Sócrates Contreras, la pregunta punzón: ¿la violencia es contra natura? ¿Es acaso una creación propia de humanos?

Si los periodistas somos constructores de realidades, ¿qué papel cumplimos frente a esta repugnante realidad? Alguien nos pasará la cuenta de cobro por la cultura de violencia que han creado, que siguen creando los medios. Es cuando se activan en el cerebro de los lectores de este libro apasionante las demandas de propuestas. La propuesta central es la de liberar al lenguaje, hoy rehén del narcolenguaje.

Los medios han adoptado los términos de los criminales. Javier propone recuperar las palabras a partir de afirmaciones contundentes: sin lenguaje, el poder no existe. El lenguaje es poder porque es factor de cambio. Nos recuerda a los periodistas que somos creadores de cultura, por tanto hay una tarea por hacer frente a la prepotente narcocultura.

Echa de menos el autor la adopción por parte de los medios de comunicación de una estrategia propia para el manejo y control de esta clase de información, que debe partir de la convicción de que frente a esta presencia y actividad delincuencial no somos solamente testigos y relatores. El periodismo es mucho más y su tarea excede los marcos del cronista distante y sin compromiso con la realidad. Por eso la propuesta de medidas de autocontrol es más que oportuna.

Es preciso reconocer —lo hace el autor— que formamos parte del contagio violento de la sociedad, en contra de la naturaleza de la profesión periodística que nos impone, como deber ser, el rechazo de la violencia y el deber de promover la paz. El que tenemos delante es, pues, un libro tan útil e inspirador para México como para Colombia; los periodistas tenemos que leerlo y subrayarlo como un acto de contrición por nuestros errores y como un propósito de enmienda para hacer un periodismo capaz de construir una nueva cultura, porque mi tocayo nos despierta y estimula con esta obra.

* Maestro de ética de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Texto leído en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2017.

 

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