El laberinto mental de la migración venezolana

Migrar siendo niño, un trauma mayor

Los niños migrantes enfrentan experiencias traumáticas antes de dejar sus hogares, durante el viaje o en el país que llegan. Por eso son más propensos a sufrir trastornos mentales.

En Colombia se estima que hay más de 100.000 niños venezolanos migrantes.Ilustración: Daniela Vargas

A principios de febrero, María Alejandra, una venezolana que se había mudado desde Venezuela a Cúcuta junto con su hijo para escapar de la crisis en su país, llegó a su casa en el municipio de Abrégo, Cúcuta, y se encontró con una escena escapada de las peores pesadillas de un padre: su niño, de nueve años, se había ahorcado en el interior de la vivienda. Justo por esas fechas se celebraría su décimo cumpleaños. Las autoridades, según medios locales, encontraron que haberse distanciado de su abuela, que se quedó en Venezuela padeciendo una enfermedad terminal, pudo haber causado un fuerte choque emocional en el menor, convirtiéndose en un factor para que este decidiera suicidarse. Aunque su caso es uno de los más extremos y raros que se han registrado en el país, sirve para mostrar lo frágiles que están las mentes de quienes llegan hoy a Colombia buscando un mejor futuro.

No existen fronteras para los problemas de salud mental causados por la migración. El mismo proceso puede conducir a los mismos resultados aquí, en África, Asia o Centroamérica. En medio del éxodo venezolano, millones de ciudadanos de ese país han quedado expuestos a enfermedades y trastornos mentales, siendo la población infantil la más vulnerable. Según una investigación sobre salud mental en migrantes realizada en España, los menores tienen “cinco veces más” posibilidades de sufrir una enfermedad mental que quienes no han tenido que abandonar su país. Esto se da por el cambio brusco de culturas, la difícil adaptación a sus nuevos hogares y las condiciones que pudieron vivir en el viaje.

Por toda la región, cientos de miles de niños han tenido que enfrentarse a un nuevo entorno –a veces hostil-, pero lo que es más grave: han sido forzados a dejar el suyo. Tan solo en Colombia se estima que hay más de 100.000 niños venezolanos migrantes que en muchos casos se ven enfrentados al aislamiento, no solo por el rechazo que a veces pueden sentir en su nuevo entorno debido a su nacionalidad -por ejemplo, en los espacios escolares- sino también en sus casas, porque sus padres se ven en la obligación de dejarlos solos para salir a buscar un sustento económico.

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“Incluso en aquellos niños que migran con sus padres, pero mucho más en los niños que están separados de ellos, existe el riesgo de trastornos mentales asociados al aislamiento. Pueden desarrollar trastornos de estrés postraumático o ansiedad. Es un riesgo que se incrementa cuando no hay un mecanismo para una integración armoniosa, bien sea por ellos o por la sociedad que los recibe”, explica Julián Fernández niño, profesor de la Universidad del Norte. Cuando los migrantes viajan y su círculo familiar se descompone o se fractura producen no solo la ruptura de lazos emocionales, sino la pérdida de un sistema de vigilancia en el hogar. La red o tribu de apoyo que tienen en su país con familiares o amigos para el cuidado de los menores simplemente se quiebra, y los niños quedan a la deriva, pues los padres tienen que dejarlos muchas veces solos en el hogar.

“La ansiedad de los niños, rara vez es atendida por los padres, que se encuentra preocupados por otros problemas en el proceso migratorio. Aquellos venezolanos que no disponen de una red social de apoyo van a tener problemas de integración”, dice Fernández. La psicóloga venezolana Massiel López agrega en La Opinión que los menores entre las edades de 7 a 14 años pueden llegar a sufrir una gran sensación de aburrimiento si quedan aislados, que puede desencadenar en el desarrollo de ideas de culpabilidad. Es por eso por lo que, los expertos señalan la importancia de las jornadas de integración con los migrantes, no solo para combatir su aislamiento sino para reducir los niveles de xenofobia que en este caso se han disparado.

Incluso en aquellos niños que migran con sus padres existe el riesgo de trastornos mentales asociados al aislamiento. Foto: Cristian Garavito - El Espectador

“Si bien en este caso (el colombo venezolano) hay algunas similitudes culturales y no hay diferencias abismales como en los procesos de África, ciertamente estos niños pueden estar expuestos a discriminación. Podemos ser parecidos y de todas maneras somos capaces de encontrar una diferencia para marginar al otro. Hasta una diferencia leve de acento puede servir. De hecho, lo que se ha encontrado es que es más fuerte el estigma contra los venezolanos en el interior del país que en el Caribe”, dice Fernández.

Sin embargo, el aislamiento es solo una de las condiciones que afrontan los niños. La mayoría de los menores que llegan al país ya viene afrontando choques emocionales, físicos y mentales desde antes de la salida de Venezuela. Muchos de ellos llegan con cuadros de desnutrición, han sufrido maltrato, situaciones de riesgo durante el viaje e incluso una porción de ellos han sido obligados a trabajar.

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“Hay mucha incertidumbre, por parte de los niños y de sus familias, mucho miedo en general. A los niños no se les prepara para la migración. Hay rabia, tristeza por lo que significa dejar tu país, tus amigos, tus cosas. Y se enfrentan también a que la tensión y el estrés de los padres, por no conseguir trabajo o alimento, se transmite a los hijos o se transforma en ocasiones en violencia contra ellos”, dice Abel Saraiba, coordinador del Programa Creciendo sin Violencia del Cecodap en Venezuela. Esto conduce a que su adaptación sea más difícil aún, rechazando aspectos tan básicos como la comida hasta más complejos como el sistema educativo.

Hay que resaltar en este ámbito que la educación en los dos países tiene una categorización diferente, y que por ello muchos menores llegan desorientados al sistema nacional, teniendo que validar algunos cursos o verse en la obligación de descender a un grado anterior en casos más problemáticos. Esto puede repercutir en las emociones del estudiante que, sin tener idea de la diferencia de los modelos, puede sentirse sumido en el fracaso.

"Hay algunos síntomas que se pueden reconocer observando un patrón de cambios en los niños. Los niños comienzan a dormir mucho o muy poco. También en la alimentación: el niño comía mucho y ahora come menos o viceversa. Por otro lado, los niños pueden mostrarse más rebeldes o desobedientes de lo que eran. Hay otros cambios que los padres no logran entender que son los del comportamiento regresivo: el niño comienza a hacerse pipí de nuevo en la cama, a chuparse el dedo, que comienza a comportarse de maneras que ya había superado en términos de su desarrollo porque son respuestas normales del estrés en las que el niño busca reaccionar de la forma en la que reaccionaba en otro momento de su vida en el que se sentía más protegido", dice Abel Saraiba.

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En el ámbito escolar se encuentra uno de los principales retos, pues ni siquiera los educadores saben en muchas ocasiones a lo que se enfrentan, tanto en la región como en cualquier lugar del mundo. Jenny Caroline Herbst, maestra de una Clase de Bienvenida para recién llegados a Alemania, le contó a la UNESCO que tuvo un alumno que estuvo detenido en Iraq: “si le gritabas, salía corriendo de la habitación y no regresaba. No he recibido ningún tipo de formación específica. Y sí, me sentí abrumada. A menudo, los maestros no se dan cuenta de que los niños traumatizados no pueden aprender como los otros niños. Estos niños a menudo se han convertido en jefes del hogar y a menudo carecen de un entorno seguro en el que sanar de su trauma”.

Resultado de imagen para gustavo torrijos venezuela site:elespectador.comCientos de miles de niños han tenido que enfrentarse a un nuevo entorno, pero lo que es más grave: han sido forzados a dejar el suyo. Foto: Gustavo Torrijos - El Espectador

Valery, la hija de Catalina y Juan, venezolanos que migraron a Cúcuta en el último año, sufrió para adaptarse a su nuevo entorno por el gran cambio a un nuevo colegio. Si el paso de una institución a otra es de por sí traumático para algunos menores, es aún peor cuando este se hace en un país diferente. La niña comenzó a hacer berrinches y a manifestar dolores estomacales. Además, tuvo conflictos con su profesora y los niños a su alrededor. El psicólogo Juan Perdomo explica en La Opinión que estos síntomas, de no abordarse a tiempo, podrían conducir a un trastorno depresivo, y que por ello no se deben subestimar estas actitudes. Los padres deben prestar atención a ellos y trabajar junto con los orientadores escolares para ayudar a los menores a adaptarse a su nuevo entorno.

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“En casa implementamos hábitos en cada una de sus actividades o deberes. Dedicamos una hora para jugar, ya sea en la casa o en el parque, y hemos incluido videollamadas con sus tíos y primos que están en Perú, España y Argentina y hemos excluido el azúcar de su alimentación”, explicó la madre de la menor. Estas conductas, de la mano de la ayuda de las orientadoras de su colegio, ayudaron a que presentara un cambio positivo y se adaptara mejor a su entorno.

Sin embargo, como explica Fernández Niño, hay un gran problema para ayudar a combatir estos problemas: “la atención en salud mental no está garantizada para los colombianos, y si no está garantizada para ellos, mucho menos para los migrantes irregulares”. El sistema de salud colombiano presenta grandes fallas, y aunque la atención en salud mental está en la agenda, hay una deuda histórica con la atención en este tema, como dice el Instituto Nacional de Psiquiatría. Las soluciones, además, van más allá de ofrecer respuestas a las conocidas enfermedades o trastornos como depresión, ansiedad o estrés postraumático.

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“Hay que favorecer la integración, la convivencia y la construcción de redes sociales que son la base de la salud mental, y que disminuyen la probabilidad de que alguien tenga un trastorno antes de que aparezca”, dice Fernández Niño. “Lo ideal es que al niño se le dé acompañamiento temprano mientras está viviendo el proceso de adaptación al nuevo país. Una de las recomendaciones que hacemos a los países receptores es que puedan hacer un acompañamiento temprano de manera que favorezcamos que esa adaptación se produzca lo más pronto posible”, agrega Saraiba.

“Es importante reconocer los trastornos mentales propiamente dichos. Sin embargo, la salud mental va más allá de los trastornos clínicos floridos. Una atención mental más alta incluye favorecer la integración, la convivencia y la construcción de redes sociales que son la base de la salud mental y que reducen la probabilidad de que alguien desarrolle un trastorno de salud mental. También hay que procurar que los niños conozcan el país receptor, esto depende tanto de migrantes como de receptores”, dice Fernández.

*Los nombres de los menores fueron cambiados para proteger su identidad.

*Este artículo se realizó gracias a la beca Rosalynn Carter para Periodismo en Salud Mental 2018

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Camilo Gómez / @camilogomez8

El Mundo

Migrar siendo niño, un trauma mayor

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