El fracaso de los militares al frente de la pandemia

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Filipinas e Indonesia son los dos únicos países del Sudeste Asiático que no han frenado la curva de contagios de COVID-19. ¿Qué tienen en común? Sus gobiernos han puesto a militares a dirigir la respuesta a la crisis sanitaria, en la que médicos y científicos están jugando un papel secundario.

Con casi 300.000 casos, Filipina encabeza los contagios en la región, seguido de Indonesia con más de 262.000 infecciones; mientras que el archipiélago indonesio lidera las muertes con más de 10.000 y el filipino ocupa la segunda posición, con más de 5.000.

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Analistas consultados por Efe coinciden en que en ambos países -los únicos del Sudeste Asiático en los que los contagios alcanzan los seis dígitos-, los militares han concebido la pandemia como “una insurgencia a la que aplastar” en vez de una crisis sanitaria que requiere soluciones a largo plazo.

Problemas como la superpoblación, unos sistemas de salud precarios o unos estados débiles sin infraestructuras adecuadas en muchos rincones de estas dos naciones insulares también han entorpecido sus respuestas, frente al éxito logrado por vecinos como Tailandia o Vietnam.

Uniformados vs. científicos

Antes de la pandemia, el presidente filipino, Rodrigo Duterte ya había colocado a generales retirados en puestos clave, pero la crisis sanitaria ha servido para que éstos asuman el protagonismo, al imponer restrictivas medidas de confinamiento con una alta presencia de uniformados en las calles para asegurar su cumplimiento.

“Duterte es un presidente de paz y orden y ha demostrado no tener respuestas frente a la actual crisis, más allá de su habitual cruzada contra los críticos y apoyarse en los miembros de su gabinete que son generales retirados”, indicó a EFE la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Filipina, Maria Ela Atienza.

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El jefe del grupo de trabajo contra la COVID-19 es Carlito Galvez, antiguo jefe de las Fuerzas Armadas y actual asesor de paz del mandatario, y otros miembros son los ministros de Defensa e Interior, Delfin Lorenzana y Eduardo Año, generales retirados que también ocuparon el puesto más alto del Ejército.

Filipinas impuso una estricta cuarentena que continúa en la capital después de más de seis meses, la más larga del mundo, donde se concentra la mayoría de los contagios, pero “las restricciones no han contenido la pandemia por la falta de respuestas médicas eficientes, como test masivos, rastreo de contactos y correcto aislamiento de los casos positivos”, indicó Atienza.

Duterte y su equipo han abogado por prolongar indefinidamente el confinamiento en Manila y esperar a la llegada de la vacuna, mientras la presencia de soldado en las calles ha sido caldo de cultivo de abusos, con más de 100.000 detenidos por saltarse la cuarentena, la mayoría por salir a buscar ingresos en la peor crisis en el país en tres décadas.

La comunidad científica filipina ha criticado en repetidas ocasiones la “errática” respuesta oficial a la pandemia, sin haber sido escuchados, mientras exigen la creación de un grupo asesor científico implicado en las decisiones.

“Seguimos defendiendo un grupo científico asesor, similar a los que se han creado en otros países. Lo ideal sería que este grupo de expertos se reuniese periódicamente con quienes diseñan las políticas”, indicó a EFE Guido David, del centro de análisis de datos de la Universidad de Filipinas, que elabora semanalmente las proyecciones de la curva de contagios.

Caos de datos en Indonesia

A 2.700 kilómetros de Manila, se vive una historia similar en Yakarta donde el presidente indonesio, Joko Widodo, también ha puesto a generales al frente de la batalla contra la pandemia y el grupo de trabajo contra la COVID-19 está liderado por el teniente general Doni Monardo, que además dirige la agencia contra desastres del país.

Otra figura destacada en la respuesta al coronavirus es Terawan Agus Putranto, ministro de Sanidad y general retirado, que al principio de la pandemia, cuando Indonesia no había confirmado ningún caso, dijo que la ausencia del virus se debía a que la población rezaba mucho, mientras el presidente recomendaba el uso de homeopatía contra el mismo.

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Los escollos para controlar la pandemia han sido la “burocracia, la falta de transparencia y el retraso en confirmar datos en Indonesia”, que “se lo está jugando todo a la llegada de la vacuna”, explicó a EFE Muhammad Habib, investigador del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Indonesia.

“Nuestras estadísticas han contribuido a empeorar la situación. Rara vez se actualizan y hay falta de compromiso para hacerlo. Nuestros datos epidemiológicos tampoco están completos. No tenemos un sistema como otros países para obligar a cada paciente positivo a compartir su historial de viajes y contactos”, apuntó Habib.

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Ante el caos de los datos, nació la iniciativa popular KawalCovid91.id, un movimiento que trata de recopilar datos de las diferentes regiones para obtener una visión más fidedigna de la pandemia frente a las estadísticas del gobierno, “que niega la ciencia y la necesidad de una intervención temprana”.

Varios expertos achacan el papel de los militares a la necesidad de Widodo de apuntalar su poder, debido a su frágil apoyo popular, incluso dentro de su partido, aunque Habib opina que “el rol del Ejército frente a la pandemia es necesario para construir hospitales de campaña, repartir material médico o hacer cumplir los protocolos de prevención” en un país fragmentado en 17.500 islas. EFE

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