“Mis enemigos estaban fuera de la casa”: primera mujer trans en el Congreso uruguayo

Los papás de Michelle Suárez cambiaron su futuro. Gracias a ellos está haciendo historia: es la primera mujer transexual en ocupar el cargo de senadora en América Latina.

Michelle Suárez aspira a impulsar desde su banca en el Senado, un proyecto de Ley para personas trans. / AP

No es la primera vez que Uruguay demuestra que va adelante del continente. También fue el primero en aprobar el matrimonio igualitario. ¿Qué tiene Uruguay que no tenemos el resto?

Fundamentalmente, porque nos tomamos en serio que este es un país laico. Casi que hace parte de la idiosincrasia. No sólo lo ves en la separación clara entre el Estado y la Iglesia, sino que en las escuelas esto es algo que se defiende acérrimamente. Los elementos religiosos no tienen aquí el peso que tienen en el resto de América Latina. Mira lo que pasó en Brasil. Han llegado a tal punto que el poder judicial aprobó tratamientos para curar la homosexualidad. La Organización Mundial de la Salud plantea desde hace años que las orientaciones sexuales no son enfermedades, no son patologías. Que pase esto es un enorme retroceso. Lo que hicieron, otra vez, fue imponer la opinión moral de una persona o de un grupo de personas, frente a la ciencia, el sentido común y la ley.

¿Cómo reaccionó su familia cuando habló de su identidad femenina?

Las historias de las mujeres trans, siempre, absolutamente siempre, parecen cortadas con la misma tijera: desde muy temprana edad aparece el desarraigo del seno familiar. Quedar sin protección alguna de la familia, en plena adolescencia, te expone a una serie de cosas. Son menores de edad que quedan por fuera del sistema educativo, que se vuelven mano de obra no calificada. Todo eso termina con personas acorraladas, que encuentran en el trabajo sexual la única herramienta para sobrevivir. En mi caso, la única gran diferencia fue el apoyo de mi familia. El que mi padre y mi madre me hubieran apoyado, y que los enemigos estuvieron afuera, hizo yo pudiera pararme de una forma diferente ante los demás, me dio herramientas educativas que me brindaron una posición distinta.

¿Qué recuerdos tiene de esa infancia y adolescencia al lado de la familia?

Nací en la ciudad de Pando, en el departamento de Canelones, en el interior de Uruguay, y viví toda mi vida en Salinas, que es en el mismo departamento, pero es un balneario, está en la Costa.

En realidad yo tengo la suerte de vivir en la casa que era de mi padre. Yo viví toda mi vida en esa misma casa, que ya era de mis padres desde hace mucho antes de que yo naciera y de que ellos se casaran. Mi casa es como una caja de recuerdos, porque por estos rincones están absolutamente todas las imágenes de mi niñez: cuando mi madre me enseñó a andar en bicicleta, cuando mi madre me puso mi primera túnica. Recuerdo mucho lo que era andar con ella y con todas las mascotas que teníamos por este barrio sin visitantes permanentes, eran más bien casas de verano y la gente iba de paso. Mi casa es mi hogar, pero al mismo tiempo es el lugar de los recuerdos.

¿Cuándo descubrió que lo suyo es la política?

Yo aterricé en esto a principios del 2010, por una razón sumamente personal. Mi madre murió el 20 de noviembre de 2009. Y ante esa circunstancia, me sentía completamente ahogada, avasallada por el dolor. Y, la verdad, yo no sabía cómo manejarlo. Tenía una amiga que me dijo que por qué no me acercaba a su colectivo que trataba el tema de la diversidad. Pensé que el peor de los casos era que no me gustara y me fuera mal.

Cuando empecé a asistir, me di cuenta de que el área de trabajo más abandonada era la del Derecho. No había abogados, ni estudiantes de Derecho avanzados en la oficina. Los temas de Derecho estaban casi que arrumados en un rincón, y entre ellos, el que se consideraba más complicado era la modificación del estatuto del matrimonio. Ahí empecé a trabajar.

¿Qué significó para usted haber hecho parte de ese proceso?

En el proyecto del matrimonio empezamos a trabajar en forma desde el 2012. En el 2013, que fue cuando se aprobó, descubrí lo maravilloso que era participar del proceso colectivo y poder dejar el ego de lado para pensar en el bien común. El año preelectoral me puso en una disyuntiva. Si bien ya habíamos tenido una independencia técnica, los derechos se luchan todos los días, y el cambio en los vientos políticos –o sea, que no estuviera la izquierda en el poder– podía ser un retroceso de esos derechos.

Entonces tenía dos posibilidades: o involucrarme, o ser una mera espectadora y atenerme a lo que pasara. Por tranquilidad y responsabilidad empecé a trabajar en el partido Comunista del Uruguay, Frente Amplio, que es el partido de gobierno.

¿Ha sentido que tiene problemas para hacerse escuchar en el universo político?

En realidad yo llegué a la política después de tener una fuerte actividad en la sociedad civil, más precisamente a través del movimiento Ovejas Negras. Por lo tanto, cuando yo llego a la política, lo hago ya con un bagaje que era conocido públicamente. Esto hizo que se me facilitara el trabajo y pudiera moverme. Sin embargo, hay unas cifras muy dicientes: las mujeres somos más del 50 % de la población en Uruguay, pero sólo la minoría ocupa cargos de representación o de decisión, a tal punto que en este momento se está tratando en el parlamento una ley de representación para asegurar un mínimo.

¿Cuál va a ser su bandera política ahora que está en el Congreso?

En este momento, y es la razón por la que quería entrar como dirigente, lo que quiero es poder convertir en ley el proyecto que dé acciones afirmativas para la población trans, que básicamente implica un conjunto de medidas coherentes que están dedicados en forma específica a la población trans como grupo vulnerable histórico, que ha tenido problemas en garantizar sus derechos fundamentales y se buscan medidas para que se puedan sortear y para eso hay un abanico de herramientas jurídicas que se pretende usar. La meta es la inclusión.