Mururoa: recuerdos de un paraíso nuclear

Noticias destacadas de El Mundo

En 1996 concluyó el programa nuclear francés. En repetidas ocasiones la comunidad internacional ha denunciado las terribles secuelas que dejaron las pruebas atómicas en la salud de los nativos y el ecosistema del Pacífico Sur.

A plena luz del día, el cielo se iluminó. El destello pudo verse en toda el Pacífico Sur, seguido por un rugido estremecedor y una enorme nube que se levantó hacia los cielos. El 24 de agosto de 1968, a las 5:30 de la tarde, Francia se convirtió en la quinta potencia termonuclear de la historia.

El entonces mandatario francés, Charles de Gaulle, ante los reportes que traían sus funcionarios sobre el éxito de la bomba de hidrógeno en tierras lejanas, dijo: “Ningún país sin bombas atómicas puede considerarse independiente”.

Veintitrés años atrás, en 1945, él mismo había marcado el camino para que su país ingresara a la lista de fabricantes de armamento nuclear. Entonces, Francia acababa de repeler a los nazis que ocuparon su territorio durante la Segunda Guerra Mundial. Con el recuerdo aún vivo de los invasores, el presidente ordenó la creación de la Comisaría de Energía Atómica, el primer paso para desarrollar un programa nuclear que garantizara la independencia del suelo galo y disuadiera a las nuevas potencias mundiales (Estados Unidos y la Unión Soviética) de atacar los intereses franceses.

Para 1949 ya se habían construido las primeras plantas nucleares, capaces de producir hasta ocho bombas al año. Casi una década después, en 1958, la capacidad bélica francesa llegaba a tal punto, que De Gaulle decidió crear la Force de Frappe (Fuerza de Disuasión), un ente nuclear independiente de la OTAN (vista en aquel tiempo como un apéndice del Departamento de Estado de EE.UU.). Ese mismo año, el gobierno francés se puso como meta realizar su primer ensayo nuclear para 1960. El lugar del experimento ya estaba decidido: la porción del desierto del Sahara que le corresponde a Argelia, entonces colonia francesa al norte de África.

El 13 de febrero de 1960, en el oasis Reganne, 692 kilómetros al sur de la provincia de Bechar, estalló la primera bomba nuclear con bandera francesa. Bajo el nombre clave de Gerboise Bleue (Roedor Azul) liberó 65 kilotones de energía. Ese mismo año fueron realizadas otras cuatro pruebas atmosféricas (explosiones al aire libre). Varios países africanos presionaron a París para que frenara sus pruebas nucleares; además, las partículas radiactivas eran llevadas por el viento hacia el norte y alcanzaban tierras galas. Sin embargo, los científicos encontraron una alternativa: ensayos nucleares subterráneos. Trece de ellos fueron realizados entre 1961 y 1966.

Las presiones internacionales crecieron y Francia tuvo que buscar un nuevo destino para probar su armamento. En 1962 lo encontró.

Al sur del Océano Pacífico, en Oceanía, se encuentra la Polinesia Francesa, un conjunto de 118 islas (la mayoría de ellas atolones) que son administrados desde París. Allí llegaron, hacia 1963, alrededor de 15.000 hombres con la misión de continuar el programa nuclear francés. Escogieron como sitio de prueba a Mururoa y Fangataufa, dos atolones sin registro de vida humana.


El primer artefacto nuclear que estalló en la zona se llamó Aldebarán (la estrella más brillante en la constelación de Tauro). Se accionó el 2 de julio de 1966 sobre una barcaza en el centro de la laguna de Mururoa. Los vientos cambiaron y llevaron las partículas radiactivas a las islas cercanas, pero nadie le avisó de este imprevisto a la población nativa.

Por entonces, el planeta vivía una frenética carrera armamentista nuclear, controlada por Inglaterra, EE.UU. y los soviéticos. China dio la sorpresa a comienzos de los años 60, cuando estalló su primera bomba termonuclear. Francia se sintió amenazada. A la par que adecuaba el terreno en Mururoa, comenzó a desarrollar la tecnología que le permitiera entrar a ese selecto club: la bomba de hidrógeno.

Tras cinco años de avances, los científicos franceses desarrollaron la bomba que explotó hoy hace 40 años. Se le llamó Canopus (la estrella más brillante de la constelación Carina). El dispositivo, que pesaba unas tres toneladas, fue lanzado por un dirigible sobre el atolón de Fangataufa.

La explosión liberó una energía de 2,6 megatones, dos veces la fuerza de la bomba francesa más poderosa, y su columna de fuego absorbió la laguna; la onda explosiva arrasó todo lo que encontró a su paso. Un trabajador francés de la misión declaró: “No quedó nada. No había casas, ni construcciones, ni árboles, nada. El lugar entero tuvo que ser evacuado debido a la contaminación radiactiva”.

La nueva capacidad destructiva de los galos alarmó al mundo entero. De inmediato, Australia y Nueva Zelanda lanzaron una campaña diplomática de presión internacional que encontró eco en la Corte Internacional de Justicia, que en 1973 ordenó a París cesar las pruebas atmosféricas en el Pacífico Sur. El presidente Giscard d’Estaing respondió al pedido: dos años después comenzaron a realizarse en Mururoa y Fangataufa ensayos nucleares subterráneos, algo que demostró ser más limpio a nivel ambiental, pero de elevados costos económicos.

Las organizaciones ambientales se sumaron a las protestas impulsando embargos económicos contra los productos franceses. En la Polinesia comenzaron a surgir sentimientos independentistas.

Hacia el final del siglo XX, cuando la Guerra Fría terminó y la carrera armamentista dejó de ser una prioridad mundial, Francia se encontró con una oposición internacional bien organizada y cientos de cabezas nucleares en su inventario. Además, las explosiones dejaron sus huellas: en Mururoa podían encontrarse grietas de hasta tres kilómetros de longitud y medio metro de ancho, además de 148 pozos de casi un kilómetro de profundidad. París se enfrentaba a la amenaza de que la radiación contenida en el subsuelo se liberara al mar.

En 1996, Francia dio por terminado su programa nuclear firmando varios tratados de desarme, que incluyeron campañas de limpieza radiactiva. La prensa mundial y el gobierno de Nueva Zelanda denunciaron que Mururoa y Fangataufa se desmoronaban, mientras el presidente Jaques Chirac y la Agencia Internacional de Energía Atómica negaban las acusaciones. Algunos científicos sostienen que el daño ambiental es severo, tanto, que las pruebas nucleares tendrían que ver en el tsunami que destruyó al Pacífico Sur en 2004.


Hace 42 años, cuando la legión extranjera llegaba a Oceanía, los franceses lo presintieron. Pierre Lacoste, asesor de Estrategia Militar, le dijo a la prensa en 1966: “Estadounidenses y soviéticos pueden destruir la Tierra mil veces. A Francia sólo le bastaría con una, y sería suficiente”.

Crónicas de un inodoro nuclear

A finales de agosto de 1995,  el periodista Enric González viajó a la Polinesia francesa, para narrar desde allá, la vida de los habitantes de este lejano reducto del imperio francés, destinado durante la guerra fría a ser el “retrete atómico” de Francia.

González encontró entre los isleños del archipiélago, siempre la misma historia: “casos de cáncer, las mismas deformaciones congénitas, las mismas historias de peces emponzoñados que repiten otros”, contó entonces el cronista.

La Polinesia francesa fue escenario durante cuarenta años de  47 pruebas de bombas atómicas atmosféricas realizadas por Francia. “Durante años, los trajes de protección y los jabones antirradiactivos estuvieron reservados a los legionarios y los técnicos llegados de la metrópoli. Los polinesios eran desechables”, rememoraba González.

Los 112 mil habitantes del archipiélago crecieron  entre  la radioactividad. Tahití, la isla más poblada de la Polinesia tiene una de las tasas más altas de esterilidad, abortos involuntarios, malformaciones congénitas y retrasos mentales.

El barco guerrero que nunca llegó al atolón

En 1985 el “Guerrero del arco iris”, el barco pesquero que por siete años había recorrido los océanos del mundo con la insignia Greenpeace en su popa, se hundió en la costa de Nueva Zelanda, antes de zarpar al atolón de Muruoa.

Con 11 tripulantes a bordo, dos explosiones frustraron el plan de los ecologistas de llegar a las inmediaciones del archipiélago para impedir, como lo hicieron muchas otras veces contra la cacería de focas y ballenas, y la contaminación del océano con desechos radiactivos, que el gobierno francés prosiguiera con sus ensayos nucleares en este archipiélago del Pacífico.

Un fotógrafo de la organización murió en el atentado.

En 1986, con ayuda de las autoridades neozelandesas, la ONU determinó que dos agentes secretos franceses efectuaron el atentado. Francia tuvo que indemnizar a la organización y a los agraviados neozelandeses.

Greenpeace tiene hoy tres barcos. Uno de ellos se llama “Rainbow Warrior II”. Su predecesor descansa en el Pacífico.

Comparte en redes:

Temas Relacionados

Bomba atómica