Lo que el 2017 nos enseñó

¿Nos acostumbramos al terrorismo?

El ataque a una discoteca en Estambul durante Noche Vieja inauguró este año. A partir de entonces, 30 atentados en promedio, se registraron cada mes. Un asunto de dimensión global, con un contexto local.

Uno intenta recorrer las Ramblas de Barcelona para ver si hay algún resto de lo que ha sido uno de los atentados que más conmocionaron al mundo en este 2017 y casi no encuentra nada. Las patrullas de los Mossos d’Esquadra están más presentes, algunas flores aisladas colgando en algún poste, y nada más. Las Ramblas han vuelto a su rutina: turistas, souvenirs baratos, turistas, restaurantes de comida congelada para turistas, algún residente del barrio Gótico y del Raval. Todo sigue, justamente. ¿Nos hemos acostumbrado a muertes y atentados? Mejor dicho, se han vuelto parte integrante del panorama global, con lo que hay que convivir por el momento.

Además, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, el atentado de Barcelona ha sido desde el punto de vista estadístico casi superfluo si lo comparamos con los otros atentados que ocurrieron a lo largo de 2017. Si sólo miramos el listado de los atentados de este año con más de cien víctimas, encontraremos Siria, Afganistán, Nigeria, Somalia, Libia, Egipto y Pakistán. O sea, todos países de mayoría musulmana. Ninguna ciudad europea, ninguna estadounidense, ninguna de América Latina u Oceanía. O sea, lo que queda es África, Asia y Oriente Medio. Un 2017 con una media de 30 atentados cada mes, cuyo estreno ha sido el ataque a una discoteca en Estambul durante Noche Vieja. El mayor, y del que casi no se habla, es el de Mogadiscio, donde poco a poco la cuenta de los muertos, que empezó sobre los trescientos, se disparó hasta más de 500 personas.

Los múltiples atentados en diferentes latitudes dejan cada año que pasa más claro que, si bien la cuestión es global, el contexto local juega un papel fundamental. Los ataques contra la mezquita sufí en el Sinaí, una región abandonada por el Estado egipcio, las bombas de los talibanes contra las reclutas del ejército paquistaní, los individuos al margen de la sociedad en Europa o Estados Unidos con pasados de criminales comunes. Carros bombas, cuchillos, ataques a reclutas en fila, mercados, mezquitas, conciertos, luchas contra gobiernos, ataques a los infieles occidentales o chiitas. Las formas se reproducen, las razones las hacen el contexto en la mayoría de los casos.

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Es innegable que el Estado Islámico (EI) y otros grupos afines que se esconden detrás de supuestos principios de la religión musulmana han sido su cara más visible y representativa. Una organización que, a diferencia de lo que hacía Al Qaeda en su momento de auge, no participa directamente en las operaciones militares en los diferentes rincones del globo, sino únicamente propone un modelo que imitar. No obstante la usual espera espasmódica por la posible reivindicación de EI después de cada atentado, la mayoría de ellos son autónomos y reflejan cuestiones locales. Tampoco es claro que el recién y progresivo proceso de disolución del Estado Islámico a nivel territorial en Siria e Irak lleve al fin del mismo EI o de los episodios de terror en todo el mundo. Al contrario, la impresión es que se está cantando victoria demasiado pronto.

El terror no es solo de musulmanes

Pero el terror no es sólo provocado por desviados intérpretes de la fe musulmana. Es reprochable que cuando think tanks, instituciones o medios publican informes sobre el terrorismo global, casi el único enfoque sean los grupos de carácter islámico. Estados Unidos es el ejemplo más revelador. Definir como desequilibrado a quien meticulosamente planeó desde su habitación de hotel la matanza en un concierto de folk rock de más de 50 personas es fundamentalmente incorrecto. Quizás no tenía una ideología bien definida, pero tenía claramente un objetivo que a grandes líneas compartía con los que rondan en la galaxia EI: sembrar el miedo en la sociedad. Como en el caso del hombre blanco y estadounidense que las autoridades de Estados Unidos encontraron en octubre en el aeropuerto de Nashville cargando una bolsa con nitrato de amonio y clavos, listo para una masacre. Casi no apareció en los medios; Trump no tuiteó nada al respecto. El problema es también darles menos importancia a estos episodios, esquivando así la posibilidad de entender mejor las mil formas de este fenómeno global.

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Los eventos de 2017 también llevan a cuestionar la misma palabra terrorismo, útil para clasificar y descalificar, pero inútil para comprender el fenómeno y sus múltiples formas. ¿Cómo podemos llamar a los bombardeos selectivos perpetrados por Estados Unidos, Rusia o Arabia Saudita y que llevaron a matanzas de familias enteras en Siria o Yemen? ¿O cómo llamamos a los 2.300 muertos en Filipinas que el presidente Duterte causó en una supuesta cruzada antidrogas, muchos de ellos a través de ejecuciones sumarias?

Estas perspectivas más amplias llevan también a cuestionar la situación en América Latina. ¿Es esta porción del mundo una isla feliz en este asombroso panorama? Esta sigue siendo la única región a nivel mundial que no ha sido golpeada por el EI u otros grupos islámicos, a pesar de que sigan produciéndose pseudoinformes que indican la “penetración” del EI en la región, así como se decía sin fundamentos hace unos años sobre Al Qaeda. Trinidad y Tobago es el único país del continente que despierta alguna preocupación por ser uno de los países desde donde más militantes salieron para Siria e Irak a luchar para el califato de Al Baghdadi. Pero Trinidad y Tobago también tiene una tradición de islam político autóctona, que además abandonó las armas hace más de dos décadas.

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América Latina abre otro interrogante sobre si habría que incluir en una supuesta definición de terrorismo el terror cotidiano que viven muchas comunidades aisladas de los centros de poder institucionales frente a organizaciones criminales y actores armados ilegales. Y buena parte del continente está lleno de estas. Si se incluyeran aquellos atentados que tienen el objetivo de asustar a una comunidad, que es uno de los objetivos principales del así llamado terrorismo, el panorama latinoamericano aparecería más sombrío. Entonces sí, no tenemos que ir lejos, ya que basta mirar a Colombia y los continuos asesinatos de líderes sociales, constatar que en México el terror es diario en muchas zonas del país y donde el objetivo de los criminales es justamente someter a la población con el miedo para seguir con sus negocios, o los desplazados forzados en El Salvador, víctimas de las guerras entre maras y entre éstas y el Estado.

Las soluciones no son sencillas, pero se intuye lo que no sirve. Las medidas de Trump de bloquear el acceso de migrantes de países específicos con mayoría musulmana recuerdan cuando Bush, después de 2001, se lanzó en una cruzada “contra el terror” contra varios países, olvidando que el 90 % de los que cumplieron el operativo el 11 de septiembre eran ciudadanos de un país aliado: Arabia Saudita. La guerra contra el terror de Bush, lo vemos después de 16 años, no alcanzó un buen resultado.

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El 2017 nos enseñó que es necesaria una perspectiva amplia para entender todos los matices de este fenómeno global y nos recuerda la necesidad de rechazar las explicaciones simplistas o las soluciones populistas. La tarea pendiente del 2018 es seguir en el camino de entender que el terror es un problema global, que a menudo sienta sus bases en los contextos locales. Asumido esto, quizá se puede empezar a hablar de soluciones reales.

* Doctor en estudios culturales, analista de política internacional y fundador de @uicly, boletín de acercamiento crítico a la información internacional.

 

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