TREINTA AÑOS DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

“Por curiosidad y casualidad fui testigo de un evento que cambió la historia”

Luis Guillermo Ordóñez, editor de Deportes de El Espectador estuvo en Berlín el 9 de noviembre de 1989. Así recuerda los hechos que cambiaron el destino de Alemania y del mundo.

En esta foto de archivo tomada el 13 de noviembre de 1989, un berlinés occidental (R) le da la bienvenida a un berlinés oriental mientras vierte champán en su automóvil. AFP

En los primeros días de noviembre de 1989 la estación de trenes de Berlín (Zoo Bahnhof) colapsó. Como nunca, miles de turistas de todos los rincones de Europa, especialmente jóvenes, llegaron a la ciudad para ser testigos de un evento que marcó la historia. Yo, con 17 años, estaba ahí por pura curiosidad y casualidad, pues a esas alturas de la vida lo único que me preocupaba era jugar al fútbol.

Hacía varios días que los medios oficiales de Alemania del Este hablaban de la posibilidad de que el gobierno comunista autorizara a sus ciudadanos la salida al exterior sin las restricciones que estaban vigentes. El régimen afrontaba una dura crisis social y económica que había generado malestar y protestas de la población.

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Se suponía que el viernes 10 se haría el anuncio oficial, que simbólicamente significaba la caída del Muro de Berlín, una pared de más de tres metros de alto que dividía desde la Segunda Guerra Mundial a la Alemania Democrática de la Federal. Realmente no eran 150 kilómetros de concreto, pues en varios sectores había mallas y cercas de alambre.

Yo estaba en un año de intercambio en Bélgica y ante la noticia organicé un viaje relámpago con un grupo de amigos y un presupuesto muy limitado. Viajar en tren era económico y como tenía permiso de residencia en un país europeo no necesité visa para cruzar la frontera. En esa época cada país usaba su propia moneda y Alemania era de los más costosos del Viejo Continente. Uno cargaba el dinero en efectivo, porque no se encontraban muchos cajeros automáticos y era complicado el cambio de divisas.

Al llegar a la capital alemana, del lado occidental, nos sorprendimos por la cantidad de gente que había en las calles. La posibilidad de que se autorizara la libre circulación ilusionaba mucho a los berlineses, la mayoría con familiares y amigos del otro lado de la ciudad. Para ellos, el muro significó siempre una vergüenza. Sin embargo, había mucha tensión porque la información era escasa y contradictoria. En ese tiempo no existían los celulares y mucho menos internet.

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La noche del jueves 9, mientras buscábamos hospedaje, se rumoraba que alemanes del este ya estaban cruzando la frontera por los puestos de control, incluso por el Checkpoint Charlie, en la calle Friedrich, el más famoso porque era el que utilizaban los extranjeros. Sin embargo, la gente local decía que eso era poco probable, pues los controles eran rigurosos y la guardia implacable. Aunque los soldados ya no les disparaban a quienes intentaban traspasar el muro somo un par de décadas antes, sí los detenían y castigaban con severidad.

Tras ubicarnos en un albergue juvenil salimos a dar una vuelta y quisimos acercarnos a de la Puerta de Brandemburgo, uno de los lugares icónicos de Berlín. Pero fue imposible llegar, porque miles de personas ya invadían los alrededores del con banderas y pitos. Lo mismo pasaba en los otros puestos fronterizos.

Prudentemente, con mis amigos decidimos tomar otro rumbo y esperar a ver qué pasaba. El frío para esa época ya era intenso, pero no tanto como para calmar el ímpetu de la gente, que se tomó las calles aledañas a los puestos fronterizos. Con miedo y a la vez con decisión, muchos jóvenes comenzaron a subirse al muro y a cantar. Los más osados trataban incluso de tumbarlo, con piedras, palos y martillos.

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Por fortuna la policía de lado y lado no reaccionó de manera violenta. Antes de la media noche en las transmisiones de televisión ya habían confirmado que los alemanes del este estaban pasando sin problemas al lado occidental, que estaba hecho un carnaval.

Al día siguiente el ambiente era de fiesta. Cientos de miles de personas cruzaron del este al oeste y fueron recibidos con gritos de “bienvenidos a la libertad”, por familiares y amigos. Había, incluso, bares regalando cerveza para unirse a la celebración. Y desde muy temprano se veían excavadoras tumbando partes del muro y gente guardando pedazos de concreto como recuerdo.

Yo conseguí uno, pintado como un grafiti. Lo guardé como un tesoro durante unas semanas, pero después en algún trasteo lo perdí. De regreso a mi casa, en Rijkevorsel, un pueblo de 10 mil habitantes en la provincia de Amberes, escuché en el tren una conversación que me hizo comprender la magnitud de lo que había sucedido.

Un par de ancianos belgas que vivieron la Segunda Guerra Mundial como jóvenes, comentaban que 40 años después del final de la II Guerra Mundial todavía se angustiaban al escuchar un avión pasar. A sus mentes llegaban los recuerdos de los bombardeos y sus largas jornadas en escondidos en los sótanos de sus casas.

Decían, como en efecto ocurrió después, que ese era el comienzo del final de la Guerra Fría y la gran oportunidad para la reunificación alemana, aunque fue un proceso complicado y tardó varios años en concretarse, porque las diferencias entre las economías y mentalidades de oriente y occidente eran grandes. Y la Alemania Federal tampoco era el paraíso que se creía.

Regresé a Berlín varias veces después, pero ninguna visita me impactó tanto como la de 2006, a propósito del Mundial de Fútbol. Sentí, ahí sí, a una Nación reconciliada, redimida de sus pecados y con la misma pujanza de siempre. Sin embargo, después de tantos años, las heridas todavía no han curado. Aunque las nuevas generaciones no hablan de la supremacía de la raza aria, tampoco aceptan con unanimidad, muchas veces con argumentos de mucho peso ante el fenómeno de la inmigración masiva,  la política multicultural que han intentado promover sus gobiernos. En 1989 tumbaron el muro, pero la barrera aún existe.

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-Luis Guillermo Ordóñez

El Mundo

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