Sólo el 36 % de los chilenos confía en la Iglesia católica

¿Por qué Chile no quiere al papa?

Francisco arribó ayer a tierras chilenas. Su llegada estuvo precedida de protestas, ataques a iglesias y muchas críticas. Según un informe de Latinobarómetro, después de ser uno de los países más católicos hoy sólo el 45% se declara de este credo. ¿Qué pasó?

Varias fachadas de iglesias en Chile fueron pintadas con mensajes en contra de la visita del papa Francisco. / EFE

De todos los países de América Latina, Chile es donde el papa Francisco y la Iglesia católica tienen la peor valoración. De acuerdo con un informe realizado por Latinobarómetro, una ONG chilena, el pontífice recibe una calificación de 5,3 por parte de los chilenos, frente a un 6,8 del promedio regional (18 países que participaron en el informe).

No sólo eso: de acuerdo con la encuesta, Chile es el país en el que la Iglesia católica ha perdido más fieles. Mientras que en 1995 el 74 % de los chilenos se declaraban católicos, hoy apenas el 45 % pertenece a este credo. Un 38 % de los encuestados se consideraron “ateos o agnósticos”, convirtiendo a este país en uno de los más seculares de América Latina junto a Uruguay (41 %).

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Por eso la visita del papa, que comenzó ayer, estuvo precedida de muchas críticas. La principal (y que se repite en todos llos destinos papales, incluido Colombia) fue el costo.

El valor total de la visita del pontífice, que estará en Chile del 15 al 18 de enero, asciende a cerca de 18 millones de dólares, un monto que financian la Iglesia católica y el Estado chileno. La primera aporta 6,5 millones de dólares, mientras que el Estado paga en seguridad y logística los 11,5 millones de dólares restantes.

El sacerdote jesuita Felipe Berríos, uno de los religiosos más influyentes del país, considera que el rechazo ciudadano que, según algunas encuestas, despierta el costo del viaje del papa, se debe a la “molestia” por el alejamiento de la Iglesia con respecto a la sociedad.

La sombra sexual

Tiene razón, pero hay una razón más fuerte detrás del rechazo. Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, afirma que lo que pasa en Chile se explica por los casos de pedofilia que han devastado al país desde que en 2010 se destapó el caso del obispo Fernando Karadima, condenado por el Vaticano por abuso sexual de menores.

Desde que llegó al trono de Pedro –marzo 13 de 2013–, el papa Francisco ha pedido perdón varias veces a las víctimas de los abusos de algunos sacerdotes y por el silencio cómplice de la jerarquía eclesiástica. En septiembre del año pasado, el papa subió el tono. Dijo que “cuando se haya probado que un religioso ha cometido abusos sobre un menor no podrá presentar recurso alguno a su condena y aseguró que jamás le concederá la gracia”.

Pero sus palabras se contradicen, por lo menos, en Chile. El Vaticano declaró culpable de abuso sexual a Karadima y lo condenó a retirarse “a una vida de oración y penitencia”. También le prohibió celebrar misas en público. Lo que indigna a los chilenos es que, a pesar de eso, han circulado fotos de Karadima dando misa.

Las acusaciones en contra de este influyente cura chileno se presentaron ante la Iglesia católica del país en 2004, pero no se abrió ninguna investigación hasta que las víctimas —después de haber sido presionadas para guardar silencio durante años— hicieron público el abuso.

El caso destapó una terrible realidad en Chile: casi 80 sacerdotes, diáconos y hasta una monja fueron acusados de abusar de menores desde el año 2000, según una base de datos de la ONG estadounidense Bishop Accountability.

“La Iglesia católica chilena reacciona exactamente igual que el resto del mundo, ante los abusos sexuales”, dice a la AFP José Andrés Murillo, uno de los denunciantes de Karadima y director de la Fundación para la Confianza, que batalla contra el abuso infantil en Chile.

Murillo percibe gestos contradictorios. “Cuando Francisco es elegido papa, da señales de sentido común (....). Pero al mismo tiempo no cambian los protocolos, no hay acciones concretas que vayan acorde con las palabras de tolerancia cero”.

Se refiere a que quienes debieron juzgar y castigar a Karadiman no lo hicieron y encubrieron sus crímenes. Juan Barros, nombrado obispo por el Vaticano, fue uno de ellos.

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Una carta del papa fechada en 2015 y filtrada por la agencia AP planteaba la concesión de un año sabático a Barros y los obispos Horacio Valenzuela y Tomislav Koljatic, también señalados como encubridores de Karadima.

Consciente del ambiente que le espera, los estragos el caso Karadima y la caída del catolicismo, el papa eligió como lema de su visita: “Mi paz os doy”. Sin embargo, junto a los millones de devotos incondicionales (se calcula que llegará un millón de extranjeros a verlo) lo recibirá un país muy diferente al que conoció en sus años de seminarista.

Luego de ingresar a la Compañía de Jesús, en 1958, Francisco completó en Chile su formación religiosa, como hacían todos los aspirantes al sacerdocio latinoamericanos. Durante un año, Francisco aprendió con los jesuitas chilenos, latín, griego, literatura e historia.

Pero de esa Iglesia de la dictadura, crítica y comprometida en la que se formó el pontífice queda poco. Hoy se ha trocado en una iglesia conservadora y acusada de abusos sexuales.

“El papa Francisco necesita confrontar resueltamente esta falta de justicia y rendición de cuentas durante su visita”, le reclaman importantes voces chilenas. “El papa Francisco podría, en este viaje, ayudar a exorcizar nuestros fantasmas y aliviar las heridas de Chile”, planteó el profesor Ariel Dorfman en The New York Times.