¿Por qué no funciona la democracia en Kenia?

La historia se vuelve a repetir en Kenia. En esta ocasión los viejos conflictos étnicos y dificultades tecnológicas están detrás del estallido de violencia

AFP

No es la primera vez que Kenia termina en medio de una oleada de violencia después de una jornada electoral.

En 1991, durante las primeras elecciones multipartidistas del país, los políticos de la etnia kalenjin, la más numerosa del país y la que, por lo tanto, históricamente ha tenido más representación en el gobierno, entrenó y armó a sus seguidores. La idea era evitar que los miembros de las comunidades luo, luhya y kikuyu votaran por candidatos de oposición, es decir, por políticos que no eran kalejin.  

La violencia a comienzos de los 90 dejó 1.500 personas muertas y otras 300.000 desplazadas, pero no bastó para aprender la lección. La misma historia se repitió en 2007 cuando el proceso electoral desembocó en otro baño de sangre con mil personas muertas y medio millón de desplazados.

En 2008, los kenianos conjuraron la violencia con la la formación de un gobierno de coalición.  En 2013, la llegada a la presidencia de Uhuru Kenyatta, un kikuyu, y su fórmula vicepresidencial, William Ruto, un Kalenjin, parecía ser una señal de que la  violencia se había vuelto algo del pasado, pero no fue así.

Entre fuertes disturbios que han dejado al menos cinco muertos, este jueves, la coalición opositora liderada por Raila Odinga desconoció los resultados de las elecciones del martes 8 de agosto y le pidió a la Comisión Electoral de ese país que declare a su líder como nuevo presidente de Kenia.

Cuando le preguntan a Gabrielle Lynch, profesora de política comprada en la Universidad de Warwick, por qué la violencia regresó en estas elecciones la académica explica que: “Tanto en 2007 como a comienzos de los 90, el epicentro de la violencia fue el Valle de Rift, donde históricamente ha habido confrontaciones entre los kalenjin y kikuyu”. A pesar de que en los últimos años el país fue gobernado por la alianza entre Kenyatta y Ruto, que contribuyeron a cerrar la brehca entre kalenjin y kikuyu, “el gobierno de coalición no ayudó a asegurar la paz en el resto de regiones del país, que se sienten excluidas del poder y económicamente marginadas”, dice Lynch.

A los problemas étnicos se suman las dificultades que han experimentado otros procesos electorales recientes al rededor del mundo.

Según la Súper Alianza Nacional (NASA), el partido del opositor  Raila Odinga, los resultados que este martes le volvieron a dar la victoria a Kenyatta con cerca del 50% de los votos “son fraudulentos y están basados en un hackeo", un argumento que ha cobrado fuerza a raíz con el misterioso asesinato de Chris Msando, quien estaba al frente del sistema electrónico con el que se llevarían a cabo las elecciones y apareció muerto, sin un brazo y conseñales de tortura el lunes 31 de julio.

“El asesinato de Msando es el incidente más espantoso de este año electoral” dijo Muthoni Wanyeki, directora de Amnistía Internacional para África Oriental que además insistió en que el asesinato del funcionario no era el único acto de violencia que precedió a las elecciones: “Numerosos altos cargos y políticos han hecho declaraciones amenazantes que vulneran los derechos de las personas a la libertad de expresión y al acceso a la información”, dijo la activista.

En efecto, antes de que los kenianos fueran convocados a las urnas, Joe Mucheru, ministro de Información, Comunicación y Tecnología del gabinete de Kenyatta, amenazó con revocar las licencias de los medios  que emitieran en directo los resultados de las elecciones.

Los eventos de Kenia recuerdan otros impases tecnológicos en procesos electorales recientes. En Venezuela, por ejemplo, los resultados de la polémica Asamblea Nacional Constituyente fueron controvertidos por Smartmatic, la empresa encargada de la plataforma digital que se usó en las elecciones. También pasó en EE.UU. donde, según Bloomberg, los puestos de votación de al menos 39 estados fueron blanco de ciberataques desde Rusia.

“Muchos kikuyu temen que, si Raila Odinga llega al poder, su comunidad será castigada por los errores de sus líderes y perderán los recursos y cargos que antes les eran asignados”, dice la profesora Lynch. A ese miedo se le contrapone la ira de los seguidores de Odinga que prometieron recrudecer las protestas hasta sacar a Kenyatta del poder. Con esto, a pesar de que hay ingredientes nuevos, como el hackeo electoral y una taza de desempleo del 22.2% entre los jóvenes, Kenia parecería a punto de sufrir otra oleada de violencia desatada por conflictos étnicos. 

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