La gira del presidente de Estados Unidos

¿Qué está buscando Trump en Asia?

El mandatario ya hizo su primera parada en Japón, en donde jugó golf con Shinzo Abe, su homólogo japonés, y aseguró que está muy pendiente, desde lejos, de los pormenores de la masacre en Texas.

Leyenda / EFE

Seis meses después de la visita a sus aliados en el Golfo Pérsico, la segunda gira asiática del mandatario estadounidense lo lleva a Japón, Corea, China, Vietnam y Filipinas. Esta vez, el ejercicio político del respeto con los adversarios se impone de manera más manifiesta, al tiempo que la diplomacia económica tendrá un espacio considerable en la agenda presidencial. No otra cosa cabe esperar de un empresario investido con la máxima responsabilidad administrativa de su país.

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En primer lugar, para satisfacer una opinión pública interna que depositó su confianza –aunque no de manera mayoritaria– en el nuevo tipo de liderazgo, Donald Trump necesita mantener el halo de hombre recio y certero.

Siendo tan de buen recibo entre sus conciudadanos la idea de un Estados Unidos que se hace obedecer, crearle un cerco a Corea del Norte hasta llegar a asfixiar su régimen, aparece como el primer objetivo del extenso recorrido.

Esta concertación política con los vecinos de Kim Jong-un no estuvo en consideración en los primeros meses del ejercicio presidencial, cuando decidió los bombardeos en Afganistán y Siria.

Van quedando atrás las amenazas de ataque y destrucción total de Norcorea, no obstante los ensayos continuos de la bomba atómica y misiles de largo alcance por parte del joven Kim. Además de los frenos internos, la posición firme de ciertos mandatarios ha sido determinante para hacer caer en razón a un negociante tan impulsivo como arrogante. Por un lado, el presidente Moon Jae-in, en Corea del Sur, un hombre pacifista probado, insiste en que cualquier medida contra el país vecino y hermano por parte de Estados Unidos le sea consultada primero. Fue él el primero en obtener logros antes de la visita: impedir que el huésped se acercara a la frontera con el norte, en Panmunjon, como estaba previsto. Sería un acto provocador, y es que de iniciarse una guerra, su pueblo pondría el mayor número de víctimas. A cambio, permitió la instalación de baterías antimisiles estadounidenses en su país.

El segundo apaciguador es Xi Jinping, el presidente chino, quien hoy por hoy representa la cordura en el tratamiento de los problemas globales. Fue quien se levantó en Davos, en enero, para defender las medidas contra el cambio climático y para contrarrestar la ofensiva proteccionista del estadounidense. Luego, en la visita a Estados Unidos le hizo conocer a su homólogo los efectos devastadores para la economía regional que acarrearía cualquier incendio en Norcorea. No es para menos, ya que entre China, Vietnam y el resto de Asia Oriental se reparte la mitad de la inversión manufacturera estadounidense en el exterior, que si bien representa trabajo e ingresos para esos países, no es menos significativa la rentabilidad para las empresas estadounidenses y el beneficio en bienes de bajo costo para las multitudes de los shopping centers. Además, China, Japón, Corea y Taiwán aportan tres cuartas partes de la financiación externa de Washington, cuyo total de 53 billones de dólares corresponde a un tercio del PIB anual del país.

En segundo término, mucho más allá del asunto norcoreano, cuya capacidad nuclear está maximizada para alarmar a los televidentes en todo el mundo, con su ofensiva verbal el gobernante en Pyongyang hace el juego perfecto a los propósitos de fondo: mantener en alto la industria militar de Estados Unidos. El modelo se repite una y otra vez: así como la gira de mayo por el Golfo Pérsico puso un grupo de países en contra de Irán, esta vez el objetivo es el cerco a Norcorea, y ¿cómo lograrlo? Por medio de equipo sofisticado. Y así como la factura por la venta de bombarderos y armas a Arabia Saudita durante la visita de Trump alcanzó los 110 mil millones de dólares, esta vez, es de esperar que los cheques no se queden cortos frente a esa cifra.

Por lo menos cuatro de los seis países visitados concretarán adquisiciones abultadas de armas y equipos estadounidenses, y reforzarán los acuerdos estratégicos. Desde ya, en Japón, el primer ministro Abe insiste en reformar la constitución, con el fin de elevar el gasto de defensa por encima del 1 % del PIB, lo cual significa profundizar la remilitarización del archipiélago, con portaaviones y sistemas antimisiles. Vietnam lo hace para asegurar el comercio con Estados Unidos y Filipinas por la demencial arremetida de su presidente Rodrigo Duterte contra los narcotraficantes locales, que supera las seis mil muertes a manos de la policía, sin hacer ningún reclamo por los paraísos fiscales donde se lavan las ganancia del reprobable comercio.

En cambio, con Surcorea y China la situación es distinta. Con el primero, si bien el acuerdo de seguridad mutua da lugar a la asistencia permanente y al estacionamiento de 27 mil efectivos estadounidenses en Seúl, la promesa negociadora con el vecino por parte del presidente Moon, lo inhibe de reforzar la seguridad con bombarderos y misiles extranjeros, más allá del sistema antimisiles ya concertado. Ello con el fin de mantener la puerta del diálogo con Kim Jong-un abierta. Los chinos, por su parte, son muy conscientes que desde tiempo atrás, inclusive con Barack Obama, la obsesión de departamento de defensa en Washington con el régimen norcoreano no es otra cosa que la mampara que oculta el plan de acercar aún más el muro militar hacia Pekín y contener la alegada expansión china. Por cierto, Rusia, aliado de China, conoce bien el tinglado y se opone a cualquier escaramuza temeraria contra Kim.

En tercer lugar, la agenda tendría que abordar el desbalance comercial. Ese punto compromete ante todo a los chinos, que logran un superávit de 300 mil millones de dólares anuales. China fue el país más atacado en la campaña presidencial de Trump. Lo trató de “robar” el trabajo de los trabajadores estadounidenses y de “empobrecerlos”. Esa demonización, sin duda, tuvo mucho éxito en los deprimidos estados del centro que pusieron los votos claves para la victoria. Tras la visita presidencial a Estados Unidos en abril y para aplacar a su homólogo, el gobierno chino amplió la compra de carne y cereales a su socio, y extendió las inversiones. Son probables paquetes adicionales de compras masivas de alimentos e inversiones en los estados azotados por los huracanes Irma y María, con el fin de preservar un intercambio fluido de bienes y servicios entre ambos.

La parte grupal de la gira, compuesta por las reuniones del foro Cooperación de Asia Pacífico, en Vietnam, y las reuniones de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático y la cumbre de Asia Oriental-Estados Unidos en Filipinas, vienen a ser un tópico de menor calibre para un empresario reacio a soportar camisas de fuerza. De hecho, todas esas organizaciones fueron recibidas con un portazo, cuando el constructor-presidente arribó al poder y canceló el Tratado de Asociación Transpacífico, cuya negociación les había tomado diez años. Es que para un hombre de negocios nato, lo importante son los resultados contantes y sonantes. Tanto él, como Bush en su momento frente a Sadam Hussein, sabe bien a estas alturas en su oficina oval que es más la ficción que la capacidad nuclear norcoreana, territorio bien lejos por demás de Estados Unidos, pero, sostener activa la producción bélica y las exportaciones por encima de los 50 o 60 mil millones anuales no está en cuestión. Esa sí es diplomacia económica dura.

* Universidad Externado de Colombia.