Los más afectados: migrantes, mujeres y niños

Salud mental, un reto pendiente para el gobierno de AMLO

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Las poblaciones vulnerables en México siguen sufriendo las consecuencias de la violencia estatal, la del narcotráfico y la doméstica. Néstor Rubiano, encargado de la misión de salud mental de Médicos sin Fronteras en el país, explica las deficiencias del gobierno nacional a la hora de atenderlos.

México es uno de los países más violentos de la región, no solo por la guerra alrededor del narcotráfico, sino por las altas cifras de violencia familiar y de género, y de feminicidios. A esto se suma el elevado flujo de migración que sale desde el triángulo norte centroamericano (Guatemala, Honduras y El Salvador) hacia Estados Unidos.

Los números son escabrosos: por poner un ejemplo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) informó, el pasado miércoles, que México sumó 983 feminicidios solo el año pasado. Según la organización Semáforo Delictivo, en su informe acumulado al tercer trimestre del año la tasa de homicidios por 100.000 homicidios rozaba los 24.000.

Las cifras del resto de indicadores tampoco son alentadoras. El gobierno informa que ya son 77.945 desaparecidos desde 2006, de los cuales 19.450 son niños, niñas, adolescentes y mujeres. Para rematar, desde ese año el número de asesinatos en el país ronda las 250.000 víctimas.

Médicos sin Fronteras ha hecho un cuidadoso trabajo en México intentando llegar a zonas calientes, plagadas de conflicto armado o con poblaciones migrantes que necesitan atención médica. El año pasado expandieron su misión “a lo largo de la frontera con EE. UU., una zona peligrosa en la que quedaron atrapadas miles de personas, a las que el sistema de protección para solicitantes de asilo ya no ayuda y que sufren las consecuencias de políticas antiinmigratorias basadas en la penalización, la disuasión y la retención”.

En conversación con El Espectador, Néstor Rubiano, encargado de la misión de salud mental de MSF en México, quien ha trabajado con migrantes y poblaciones rurales en el estado de Guerrero, explicó cómo ha sido su trabajo durante la crisis sanitaria, los retos que se han encontrado y el panorama de las poblaciones vulnerables en el país.

¿Qué tanto apoyo hay por parte del gobierno mexicano en temas de salud mental para poblaciones vulnerables?

México no tiene una política de salud mental. Desde ahí empezamos sin base alguna. La tasa de impunidad en México con relación a otros delitos es mucho mayor que en Colombia, por ejemplo. Ahí hay otro elemento que pone en mayor vulnerabilidad a las personas, porque si la tasa de impunidad frente a la desaparición es del 99 %, el mensaje que le mandas al que está haciendo esos actos es que no pasa nada.

El otro elemento es que nosotros si estamos acá es porque no hubo una respuesta del gobierno frente a estas situaciones, o la respuesta fue inadecuada o inoperante. Frente a los migrantes en particular hay una ley de migración. Si uno la lee con juicio incluye los derechos humanos, pero solo en papel porque en la práctica hay una persecución a la migración, un estigma, una militarización, y uno queda con muchas dudas frente a ella, porque no vale la pena tenerla escrita cuando no se materializa.

Lo mismo ocurre en el estado de Guerrero, uno de los más violentos del territorio mexicano. Esto ha sido así desde siempre. ¿Cuáles son las políticas de salud? No las hay, hay zonas donde nosotros vamos en donde ni siquiera hay un médico contratado habiendo la infraestructura. Es fácil para la Secretaría de Salud decir que no entra nadie, pero es que no pasa porque no es poner el médico allá y dejarlo abandonado y solo, se le tienen que garantizar otras acciones para que pueda operar.

¿Cómo son los procedimientos para llegar a las comunidades?

Los médicos son los que evalúan las necesidades, hacen acuerdos con las comunidades, ellas aceptan o no y se hace el trabajo. Eso permite que de cara a los actores armados no tengamos agenda política y empezamos con un gran margen de maniobra. Se atiende a toda la población civil, sin importar sexo, tendencia política o religiosa. Nosotros estamos en zonas de conflicto, de guerra, pero no estamos allí para señalar a los actores armados. Eso sí, al ser testigos de violaciones a derechos humanos o no acceso a la salud, hablamos en favor de las víctimas.

Nosotros bajo estos tres principios llegamos a la comunidad, nos presentamos, hablamos con transparencia, lo que hacemos, quiénes somos, lo que no hacemos, y ellos deciden si nos aceptan o no. A escala estatal, las autoridades saben que Médicos sin Fronteras está en esos países, pero es un tema aparte, no pasamos ningún tipo de información de contexto o seguridad a ninguna institución.

¿Cuáles son los grandes retos con los migrantes y la población rural?

Uno de los grandes retos es que las comunidades han sido sumamente violentadas a lo largo de muchos años. Son comunidades que están bastante fragmentadas, donde el actor armado los ha perseguido, los ha estigmatizado. Con actor armado me refiero tanto a quienes hacen parte de fuerzas del Estado como a los que no. Se les señala por una u otra razón, esto hace que las comunidades no solo se enfrenten a una violencia directa, sino a una violencia indirecta. La sociedad también los señala. Esas son las violencias directas e indirectas.

También hay una violencia estructural y es que no hay servicios de atención que favorezcan procesos de restablecimiento de tejido comunitario, que no hay acceso en la atención de salud mental clínica para las personas o familias que lo requieran. Ese abandono general de las comunidades completa ese triángulo de violencia en el que viven.

¿Cómo funcionan los equipos?

Nuestros equipos están conformados por lo que son las APS (atención primaria en salud), conformadas por médicos, psicólogos, enfermeros, trabajador social y un compañero logístico. Esto significa que algunas veces si alguien necesita algo más allá de la atención primaria en salud, se hace una remisión interna para los pacientes que necesitan algún tratamiento farmacológico, por ejemplo, o pacientes que necesitan remisión a tercer nivel para hospitalización; el trabajador social los acompaña.

Dentro de las comunidades, en algunas partes, se puede hacer algún trabajo básico de psicología social comunitaria, como lo son formaciones, trabajo con líderes, rescate de liderazgo y rescate de algunas costumbres que se han perdido a raíz de la violencia. Esto es más o menos lo que hacemos desde el área de salud mental.

Las desapariciones son uno de los crímenes más duros de superar. ¿Cómo tratarlos desde la salud mental?

Tanto en México como en Colombia se viven altísimas cifras de muertos y desapariciones por la violencia. La situación acá es bastante preocupante, porque no solo es el acto de la desaparición, sino que hay 99 % de impunidad frente al delito y luego hay una constante revictimización a las familias. Sumado a eso, el fenómeno no se ha abordado ni se ha entendido desde una lógica mucho más transdisciplinaria, porque no es un tratamiento únicamente de psicología.

Con el familiar del desaparecido lo que usted no haga que no le ayude a él a buscar a su familiar, nada va a servir. Allí tiene que entrar antropología, la parte jurídica y trabajo social. En ese sentido, cuando nos llegan tratamos de vincularnos con otros actores que sí hacen ese tipo de servicios, para no dar una respuesta parcial.

Otra cosa es que para el familiar, el desaparecido está y no está, porque no se sabe si está vivo. No hablamos de un proceso de un duelo al que uno se despide de algo o de alguien, por lo que es una doble vida la que la persona lleva constantemente. Eso termina fracturando a las familias, casi que de manera transgeneracional. De hecho, muchas familias lo que hacen es que destinan todos sus recursos para ir en búsqueda de su familiar, y en esa lógica hay muchas instituciones y personas que se aprovechan de las circunstancias y los engañan. Es una constante.

¿Hay poblaciones más vulnerables que otras?

Sin duda alguna, mujeres, niños y población de la tercera edad están mayor riesgo, así como la comunidad LGBT. Esta última desde edades muy tempranas está sufriendo mucha violencia desde su casa y luego se expone a una violencia directa. Son grupos con particular vulnerabilidad. Es un tema cultural, por el hecho de que se les ataque y no se les acepte, nuestras estructuras culturales no los acepta y les impone que deben ser hombres o mujeres heterosexuales. Por otro lado, están expuestos a lo que es la violencia directa, porque a muchos los fuerzan a trabajar como esclavos o esclavas sexuales, por ejemplo.

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