En las elecciones presidenciales de Francia también se planteó el debate

Servicio militar: ¿volver al pasado?

Varios líderes europeos han empezado a hablar sobre la necesidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio en un escenario internacional cada vez más convulsionado. Suecia ya lo hizo.

El restablecimiento del servicio militar obligatorio en Suecia a mediados de marzo de este año dejó desconcertados a amplios sectores políticos y sociales y prendió las alarmas entre grupos pacifistas, antimilitaristas y analistas de la seguridad internacional. No sólo porque esta institución es vista como un retroceso entre los sectores más progresistas, ya que limita las libertades individuales, sino porque ese país escandinavo se ha caracterizado por el celo con el que protege su soberanía por medio de una neutralidad histórica y preparación militar. Lo cual puede ser —según algunos observadores— un síntoma de que algo no anda nada bien a nivel internacional.

Pero lo que parecería una excentricidad de este país nórdico, no lo es del todo, ya que varios líderes y movimientos políticos, que van desde el centro hasta la derecha en el contexto europeo, han empezado a hablar abierta y explícitamente sobre la necesidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio frente a un escenario internacional cada vez más convulsionado, lleno de amenazas convencionales y no convencionales. De este modo, el reto que ha impuesto el islam radical en el territorio europeo, sumado a la creciente presión de los autoritarismos competitivos de Rusia y Turquía en las fronteras del Viejo Continente, parece que están incidiendo en los círculos políticos y sociales sobre la favorabilidad hacia la conscripción obligatoria.

En esta línea, el candidato francés por el partido de centro, Emmanuel Macron, el más opcionado para ocupar la presidencia francesa en las elecciones que tendrán lugar el próximo 7 de mayo, se pronunció al respecto hace algunas semanas, señalando la necesidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio al menos por un mes entre los jóvenes franceses de 18 a 21 años, incluyendo hombres y mujeres, para crear cierta cohesión democrática y preparación militar. Aunque visto como una jugada para ganar los votos de los conservadores y sectores de derecha, muestra una realidad cada vez más evidente: la creciente preocupación por la seguridad continental.

En el caso de Suecia se esgrimen necesidades de “mano de obra militar”, pues ya no muchos jóvenes están dispuestos a servir bajo banderas y los voluntarios no son suficientes para cubrir los requerimientos de la defensa nacional. Por esta razón, en los próximos meses serán seleccionados 4.000 hombres y mujeres de entre la población en edad militar. Este giro está relacionado directamente con la incertidumbre que han generado los inesperados movimientos de las fuerzas armadas rusas en el mar Báltico y Europa del Este. Al respecto, Ucrania y Lituania son países que ya se adelantaron a esta tendencia y en 2014 y 2015, respectivamente, restablecieron la obligatoriedad.

El llamamiento a restablecer la conscripción obligatoria muestra un quiebre en el interior de la sociedad europea, pues si bien algunos países han mantenido el servicio militar obligatorio como la principal fuente de una mano de obra militar, como Noruega, Finlandia, Austria y Dinamarca, la mayoría de los soldados (hombres y mujeres) se presentan voluntariamente a servir en los ejércitos de sus respectivos países, dados los beneficios que este servicio trae luego del licenciamiento. De este modo, uno de los grandes avances de la Europa democrática liberal —y los países occidentales en su conjunto— hacia finales del siglo XX fue lograr que se diera por terminado el servicio militar obligatorio, que en su concepción clásica implicaba forzar contra su voluntad a los ciudadanos a servir en los ejércitos de sus respectivos países por un período, incluyendo la posibilidad de ir a combate para matar o morir en nombre de su país. A lo largo del siglo XIX y el XX este fue el rasgo más evidente de la militarización de las sociedades occidentales, y no es en vano que en los períodos previos a la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el aumento de reclutamiento obligatorio fuera una preocupación para políticos y expertos.

El fin de los ejércitos de masas y el tránsito hacia ejércitos profesionales se dio como parte de un profundo debate entre sociedad, políticos y militares sobre la efectividad de combate de fuerzas conformadas por conscriptos vs. soldados voluntarios remunerados (profesionales). Dos experiencias militares inclinaron la balanza hacia el fin del servicio militar obligatorio a finales del siglo XX: la Guerra de Vietnam, que mostró la poca disposición con que los reclutas estadounidenses participaron en el conflicto, y la Guerra de las Malvinas, en la que el ejército profesional británico mostró su experticia contra el ejército argentino, conformado por conscriptos.

De este modo, la discusión acerca del restablecimiento del servicio militar obligatorio actualmente va de la mano de dos grandes debates. En primer lugar, la preocupación por el auge de los partidos de derecha, muchos de los cuales incluyen en su discurso un llamado a la militarización a la vieja usanza, buscando romper con las ataduras que ha impuesto la Unión Europea y la entrega de la defensa nacional a un sistema multinacional encabezado por la OTAN, siendo una de las soluciones el empoderamiento de los militares y el servicio militar obligatorio. Este último es la forma más adecuada para crear un sentimiento nacional y una capacidad de combate propia y autónoma frente a las amenazas internas y externas.

En segundo lugar, la guerra contra el terrorismo enseñó las falencias del ejército conformado por soldados profesionales para las democracias occidentales: primero, los políticos no tenían casi ningún escrúpulo a la hora de enviar los ejércitos conformados por profesionales a las acciones militares más insensatas; segundo, sin una sociedad civil y políticos muy enterados del uso del poder militar, los militares sobredimensionaron el peligro de las amenazas y la respuesta sobre estas, y tercero, las acciones militares simultáneas mostraron que no había suficiente personal militar para llevarlas a cabo y que el voluntariado no era suficiente.

Así, y más allá de las razones de tipo nacionalista, ha empezado a reaparecer una corriente que aboga por un ejército conformado por ciudadanos-soldados provenientes del servicio militar obligatorio, quienes al adquirir los rudimentos de la vida militar se conviertan en garantes de la democracia, evitando los excesos de políticos y militares en acciones armadas.

Colombia, inmersa en un proceso de posconflicto, no es ajena a este debate. Una de las promesas de la pasada campaña presidencial tuvo que ver con la eliminación del servicio militar obligatorio si se firmaba un acuerdo de paz con las Farc. Sin embargo, esto quedó en veremos debido a la necesidad de personal para enfrentar las posibles amenazas que surjan en este escenario y la imposibilidad fiscal de tener un ejército enteramente profesional. El problema sigue radicando en que la obligatoriedad y universalidad del servicio militar nunca se ha cumplido, y que este deber sólo ha recaído en los sectores más populares, lo cual le ha restado legitimidad y credibilidad entre la ciudadanía. Un reclutamiento más transparente y representativo del conjunto de la sociedad. Es necesario un real compromiso de la sociedad para discutir el asunto y una legislación más acorde al nuevo contexto con las excepciones, alternativas y beneficios que sean del caso.

* Investigador de la Universidad Sergio Arboleda.

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