Opinión

Torre de Tokio: culto al suicidio

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Una columna para acercar a los colombianos a la cultura japonesa.

Aunque el número de suicidios anuales bajó del récord de 34 mil casos en 2003 a los 20 mil de 2019, Japón arrastra el estigma de ser un país donde quitarse la vida es un acto tolerado y honorable.

La fama como país de suicidas se origina en su antigua liturgia para acabar con la propia existencia, conocida en occidente como hara-kiri, y que en su forma completa se llama seppuku. La infausta ceremonia se inicia con un corte de vientre y culmina con la decapitación del suicida por parte de un asistente que, con un tajo limpio de espada, pone fin al sufrimiento y evita los poco estéticos estertores del cuerpo despidiéndose de sus funciones vitales.

Leyendas, novelas, cuentos, obras de teatro y películas, además de manga y anime, recrean suicidios de guerreros samuráis y también de pilotos kamikazes, parejas de amantes incomprendidos o escritores de éxito desilusionados que se asfixian con gas en sus casas. (Aquí puede leer más columnas sobre Japón).

La más célebre historia de samuráis de todos los tiempos contiene 48 suicidios. Narra la saga de 47 samuráis que en el siglo XVIII se quitaron la vida tras vengar la muerte de su señor feudal, quien había sido condenado al suicidio por haberse negado a ser humillado por un despótico funcionario encargado del protocolo imperial.

Jorge Luis Borges detalló el suceso, alabó el honor suicida de los 47 capitanes y en un cuento titulado El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, lo incluyó en su Historia mundial de la infamia.

El más célebre suicidio ritual del siglo XX fue protagonizado por el escritor Yukio Mishima, en 1970. Junto a sus seguidores, que habían formado un pseudo ejército nacionalista, el autor de Confesiones de una máscara ocupó el despacho de un alto militar, pronunció una arenga patriótica ante las escépticas tropas, se abrió el vientre y fue decapitado por uno de sus jóvenes colegas.

Recién iniciadas las redes sociales, hubo en Japón un auge de suicidios pactados por personas que se juntaban dentro de un automóvil, lo llenaban de algún humo tóxico o se mataban tomando pastillas letales.

Un método de suicidio común en las grandes ciudades consiste en arrojarse a un tren cuando entra en la estación. El retraso en el tráfico de pasajeros que conlleva la interrupción en las vías por la recogida del cadáver puede generar demandas a la familia del muerto con las que las empresas de transporte buscan disuadir a los futuros suicidas.

La obligada visita al monte Fuji adquiere un tono morboso si el turista inicia su recorrido por el llamado “Bosque de los suicidios” o Aokigahara, una laberíntica floresta elegida por los que quieren imitar a los protagonistas de una célebre novela romántica de los años sesenta, en la que un par de amantes terminan allí con sus vidas. En la ruta hay avisos con números telefónicos para pedir auxilio psicológico, en un recordatorio de que, aun en el país donde la tradición honra el suicidio, es mucho mejor seguir vivo.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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