“Jerusalén es la capital de Israel”: presidente de EE. UU.

Trump desata la tormenta en Oriente Medio

Jerusalén, ciudad santa para tres religiones, es un barril de pólvora en Oriente Medio y un movimiento en falso puede desencadenar una guerra. ¿Qué puede pasar tras el anuncio de Donald Trump?

Saeb Erakat, jefe negociador palestino, sigue el discurso de Donald Trump en el que reconoció a Jerusalén como capital de Israel. / AFP

De nada sirvieron las advertencias de los países musulmanes, de la Unión Europea, ni el llamado desesperado del papa Francisco. Donald Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel y ordenó un plan para trasladar ahí su embajada.

Una decisión que, según analistas, debería tener un impacto diplomático limitado, ya que sólo concierne a Estados Unidos e Israel, pero que provocará efectos en todo Oriente Medio. ¿Por qué? Jerusalén es un símbolo histórico reclamado por israelíes y palestinos. Estos últimos aspiran a declarar a Jerusalén Este (donde está la Ciudad Vieja y los lugares santos para judíos, musulmanes y cristianos) como capital de su futuro Estado. La comunidad internacional nunca reconoció a Jerusalén como capital de Israel y considera Jerusalén Este como un territorio ocupado. Israel, por su parte, proclama todo Jerusalén, Oeste y Este como su capital “eterna e indivisible”. Ante la dificultad de resolver el dilema, la comunidad internacional edificó desde hace décadas sus embajadas en Tel Aviv y dejó a la ciudad sagrada en una especie de limbo, cuyo estatus sólo podía (hasta ahora) negociarse entre israelíes y palestinos.

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Con su declaración, Trump desató la tormenta, según analistas. Aunque se escudó diciendo que es un “reconocimiento de una realidad histórica (...) Israel es una nación soberana y Jerusalén es la sede de su gobierno, Parlamento y Corte Suprema. Estamos aceptando lo obvio”, esas “obviedades” cambian años de equilibrios diplomáticos en la zona y ponen a los actores del conflicto en un nuevo escenario. Claro, en donde Israel lleva la ventaja y Palestina, entra perdiendo.

Según el presidente palestino, Mahmoud Abás, esto es un golpe mortal para un proceso de paz, que en honor a la verdad estaba en un punto muerto desde hace mucho. “Mediante estas decisiones lamentables, Estados Unidos boicotea deliberadamente todos los esfuerzos de paz y proclama que abandona el papel de patrocinador del proceso de paz que ejerció en las últimas décadas”, dijo.

El movimiento islamista Hamás, que controla la franja de Gaza, amenazó con una nueva Intifada (rebelión popular), y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) calificó la medida como el “beso de la muerte” para la paz.

El presidente trató de calmar los ánimos asegurando que su decisión no debe interpretarse como una falta de compromiso con el proceso de paz entre israelíes y palestinos. “Estados Unidos apoyará una solución de dos Estados si eso es lo que acuerdan las dos partes”, agregó en su discurso.

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Pero en lo que coinciden expertos, mandatarios y exnegociadores del proceso de paz es que Estados Unidos dejó de ser un actor confiable. Desde hacía nueve meses el yerno de Trump, Jared Kushner, negociaba tras bambalinas un acuerdo de paz que ahora queda sin futuro. “No fue lo único que arriesgó Trump: el plan de acercar Israel a países de mayoría suní, como Egipto, Arabia Saudita y Jordania, con la intención de hacer frente común contra Irán queda hecho trizas”, explicaron analistas al periódico The Guardian.

Pero Trump se justificó. Según explicó durante el anuncio, este movimiento está “pensado desde hace tiempo” y responde a una estrategia clara: “Si durante años no se han obtenido frutos en el proceso de paz entre israelíes y palestinos es porque hay que cambiar las cosas. Repetir la misma fórmula sería un error. Este acto es la manera de conseguir la paz”.

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, calificó como “histórica” la declaración y agradeció a Trump “su valiente decisión”.

Trump concluyó su discurso diciendo que: “Es tiempo de diálogo, no de violencia”. Unas palabras que pierden sentido cuando quien las dice es un presidente que no escuchó las advertencias de aliados y líderes mundiales sobre Jerusalén.