Trump, Uribe y las pasiones colectivas

¿Qué es lo que explica la pasión de los uribistas y los antiuribistas? ¿Cómo se puede explicar que las encuestas midiendo el apoyo por Trump no estén por debajo del 35%? ¿Qué pasó en el Reino Unido cuando Theresa May decidió someterse a elecciones y perdió su mayoría absoluta? ¿Cómo lo podemos entender?

Donald Trump, presidente de EE.UU. AFP

La respuesta tiene que ver con nuestra dotación cerebral. Si el propósito de la vida en general es la reproducción, para poder hacerlo, antes que todo, el organismo tiene que mantenerse vivo. Los animales de todo tipo, desde los renacuajos hasta, sí, los seres humanos, tienen, como parte de su herencia evolutiva una combinación de estrategias para eso.

Por un lado, algunos animales llegan a la vida “programados” para reconocer y evitar sus depredadores. Si el animal en cuestión vive en un terreno o ecosistema más o menos restringido, es probable que haya desarrollado la capacidad de reconocer de manera instintiva a sus enemigos. Una alternativa, o tal vez un complemento, es el de los animales cuyo terreno o ecosistema es menos restringida.

Dado que pueden deambular por varias partes, sus depredadores pueden variar con el terreno. No ha sido posible desarrollar una capacidad instintiva para tantos enemigos tan variables. Así que estos animales no pueden depender solo de sus instintos; han desarrollado un cerebro capaz de aprender qué es un enemigo y qué no en terrenos nuevos y no conocidos.

Los seres humanos tenemos una mezcla de capacidades. Algunos científicos han argumentado que, por ejemplo, tenemos un miedo innato (es decir, instintivo) a los serpientes, por ejemplo. Así que, el entrever una rama de árbol caída en el piso parcialmente escondida por unas matas mientras caminamos por el sendero en el bosque nos hace reaccionar, nos hace sentir algo como miedo.

Puede que dentro de unas fracciones de segundo nos demos cuenta de que es una rama y no un serpiente. Pero como dicen los científicos cognitivos, más vale prevenir que lamentar.

Por otra parte, los seres humanos, siendo criaturas capaces de ir de terreno a terreno, de un ecosistema a otro, sin límites, tenemos que poder aprender sobre nuevos estímulos, nuevos entes con que nos podemos topar mientras deambulamos por dondequiera. Este aprendizaje es asociativo. En otras palabras, no es lógico. Su razón es experiencial no analítica. Y es muy poderoso. Mucho más poderoso, mucho más imperioso, que el aprendizaje lógico y analítico.

Entonces, para poder sobrevivir, los seres humanos gozamos de la capacidad de aprender sobre los peligros en nuestro entorno, un entorno siempre cambiante. Pero no menos importante, además de la capacidad de aprender sobre sus posibles enemigos, tenemos la capacidad de aprender sobre posibles amigos, entendidos como aliados.

Es decir, una defensa para varios animales es la capacidad de aprender sobre nuevos peligros. Otra defensa es unirnos y andar con amigos, con otros que, por un lado, no son, precisamente, enemigos y por otro son, además de amigos, aliados, defensores: cuánto más, menos peligro. Nosotros contra ellos.

Ahora bien, cualquier animal “sabe” esto. Manadas, rebaños, parvadas, bancos, nidos, son todos formas de protección. Lo hacen por instinto. Los seres humanos también, podría decirse, lo hacemos por instinto.

La diferencia clavísima es que los grupos humanos a los cuales los individuos humanos se aferran no son—aunque aparezcan serlo según los racistas y nacionalistas—grupos raciales, o de sexo o género, o nacionales, o de clase. Son grupos coyunturales. Puesto en otras palabras: cualquier ser humano se aferrará al grupo que cree que lo defenderá en un momento dado.

Me explico. Se ha dicho que no hay ateos en las trincheras. Tampoco hay racistas o sexistas u homófobos. Afuera—de vuelta en el pueblo o la ciudad o hasta en el campamento no más—sí los hay. Pero bajo fuego enemigo, no señor. ¿Por qué? Porque bajo fuego enemigo yo me aferró a los que me puedan defender.

¿Y qué tiene que ver todo esto con las preguntas con las cuales este escrito empezó? Todísimo. Estamos en una época en la que todos nos sentimos bajo fuego enemigo y todos, seamos del lado de Trump o no, de Uribe o no, Brexit o no, nos aferramos a aquellas personas que creemos nos van a defender. Hemos aprendido por asociación a distinguir entre aquellos que nos van a defender y aquellos que nos quieren, según nuestra visión (sin importar si esto concuerde con la realidad o no), acabar.

En Colombia la historia reciente es literal en este sentido. Pero algo muy especial de los seres humanos es que no solo tememos nuestra muerte física (literal); más terrible aún es la manera en la que temamos nuestra muerte simbólica. Según la perspectiva de los partidarios de un Trump o de un Uribe, existen unos enemigos empeñados en su contra, y por eso se aferran a (los de) Trump y (los de) Uribe.

Lo bueno es que aferrarse a un grupo, invocarlo como propio, sentirse parte esencial de él, no sea eterno. Si muchos siguen creyendo que Trump o Uribe (y las agrupaciones aglutinadas alrededor de ellos) son sus defensores, son muchos también los antiguos partidarios que ven ahora esos movimientos como una amenaza. El caso del Reino Unido es ejemplar en este sentido.

El partido Conservador iba a arrasar, supuestamente, en las elecciones que la Primera Ministra May convocó en abril para junio de este año. La táctica suposo que el electorado se sintió amenazado por las propuestas del partido Laborista. Totalmente al contrario, empero, el partido Laborista llevó a cabo una campaña que pintaba al partido Conservador como una amenaza para the many (los muchos), y el protector solamente de the few (los pocos).

Así, aunque éste no ganara, avanzó mucho, a costa del partido Conservador que no ganó la súper mayoría que esperaba (contra casi todo pronóstico), y como si fuera poco, perdió su mayoría absoluta.

Las identificaciones colectivas o grupales son apasionantes porque se afianzan en estructuras y necesidades evolutivas; su razón es la supervivencia. Pero siendo una especie simbólica, para los seres humanos estas identificaciones no son naturales sino culturales. Son fundamentales, sí, y por eso difíciles de cambiar.

Pero si el fenómeno de la agrupación, de la identificación colectiva es natural, un producto de la necesidad de sobrevivir, al ser humano, es igualmente indiscutible que este proceso, en este animal cultural por naturaleza, se fundamenta no en afinidades y predisposiciones naturales como en el caso de los elefantes o bacalaos, sino en asociaciones significativas, en yuxtaposiciones históricas y coyunturales, en signos, símbolos e interpretaciones, en creencias y valoraciones, todas producidas, elaboradas, ingeniadas por nosotros mismos.

Da esperanza que todo esto, hecho por nosotros, esté sujeto a cambio si hay voluntad de cambiarlo, como lo que pasó en el Reino Unido demuestra.

Profesor asociado, estudios culturales
Depto. de Lenguas y Cultura
Universidad de los Andes